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martes, 20 de octubre de 2020

Homenaje Día de las escritoras: Doce meses, doce escritoras a recordar este día

Doce escritoras de ayer y de hoy homenajeadas en el blog por doce compañeras para celebrar el día de las escritoras, octubre 2020


María José Viz: Gloria Fuertes

             Pilar Alejos: Gioconda Belli

         Sol Gómez Arteaga: Ángela Figuera

      Marta Navarro: Ana María Matute
  
      Aurora Rapún: Begoña Abad

         Aurora Losa: Alejandra Pizarnik
      
      Manuela Vicente: Rosalía de Castro

      Vivían Rodríguez: Amanda Berenguer
     
         Verónica Orozco: Ángeles Caso


       Nani Canovaca: Ana María Matute

Marisa Martínez: Carmen Conde

Belén Mateos: Ernestina de Champourcín 




lunes, 19 de octubre de 2020

Ernestina de Champourcín

 Belén Mateos nos recita el poema 'Búscame en ti'




domingo, 18 de octubre de 2020

Leyendo a Alejandra Pizarnik por Aurora Losa

El deseo de las palabras, de Alejandra Pizarnik,  poema recitado por Aurora Losa



Leyendo a Begoña Abad por Aurora Rapún

 Aurora Rapún nos lee el poema La escoba como ejercicio de meditación, de Begoña Abad.





sábado, 17 de octubre de 2020

Leyendo a Gioconda Belli por Pilar Alejos

 Petición, poema de Gioconda Belli (del libro De la costilla de Eva) recitado por Pilar Alejos




Leyendo a Ana María Matute por Marta Navarro

 Fragmento de Olvidado rey Gudú,  de Ana María Matute, por Marta Navarro



Leyendo a Rosalía de Castro por Manuela Vicente Fernández

 Dicen que no hablan las plantas ni las fuentes ni los pájaros 

Rosalía de Castro

Recitado por: Manuela Vicente Fernández








miércoles, 14 de octubre de 2020

Elisa de Armas: Escribir es encontrar lo que no sabes que estás buscando


Elisa de Armas

 Recibimos en el blog a una escritora muy especial en el campo de la minificción, asidua participante en webs sobre el género, tallerista y cuentista excepcional. Estamos hablando de Elisa de Armas, que generosamente nos ha hecho partícipes de su andadura en el campo de las letras.

Elisa, bienvenida a este espacio literario. Háblanos un poco de tus inicios como escritora de ficción.

Yo no gané el concurso de Coca Cola, ni siquiera seleccionaron mi redacción para ir a la final, y esa es una espina que todavía tengo clavada. Quizás por esa desilusión, y salvo algunos escritos y poemas de juventud que nunca me decidí a tirar, fui una escritora muy tardía. Sí fui, en cambio, y gracias sobre todo a mi madre, una lectora precoz y voraz. Desde que me convertí en profesora de Lengua y Literatura estuve interesada por fomentar en mis alumnos el placer de leer y el de escribir, de forma que un día me inscribí en un taller de escritura creativa que impartía Javier Mije en la Biblioteca Pública Infanta Elena de Sevilla con la idea —al menos eso fue lo que me dije a mí misma— de aprender recursos para llevarlos a clase. Javier nos introdujo en el mundo del microrrelato y yo quedé fascinada. Allí experimenté por primera vez esa sensación maravillosa que a veces sentimos los que inventamos historias, la de no comprender de dónde demonios hemos sacado aquello que acabamos de plasmar en el papel. Tras terminar aquel curso fui encontrando en Internet portales que organizaban concursos de micros y me hice asidua participante de algunos de ellos. El más importante para mí fue la Marina de Ficticia, que no es solo un concurso, sino un auténtico taller virtual. Puedo decir que con sus talleristas aprendí casi todo lo que sé de minificción, término que allí se prefiere, y que estoy muy orgullosa de haber sido participante, tallerista (aún lo sigo siendo) y coordinadora durante el año 2018. Despúes vinieron otras webs y otros concursos, como Esta noche te cuento y las divertidísimas Microjustas literarias, pero mi corazón siempre será ficticiano.

                Tengo una relación conflictiva con la escritura, no me resulta fácil encontrar temas de inspiración y eso me frustra bastante; sin embargo, no hay mayor placer para  mí que encontrar una idea, paladearla, darle vueltas en la cabeza e incluso retrasar el momento de ponerme manos a la obra para disfrutar del embarazo antes de que el parto se produzca. Intento ayudar a las musas con los retos que proponen los concursos y sigo frecuentando cursos y  talleres literarios donde, además de adquirir nuevas técnicas, me veo obligada a trabajar y a cumplir plazos.

                Desde el primer momento en que me puse a escribir, vanidosa que es una, sentí la necesidad de dar a conocer mis textos. En aquel momento, hace unos diez años, los blogs estaban en un momento de esplendor y no tardé en crear uno. Fue una época gloriosa en la que los microrrelatistas leíamos nuestras respectivas bitácoras, las comentábamos, programamos nuestros primeros encuentros e incluso  aparecimos en un libro de la editorial Talentura (De antología, 2013) con el nombre de «generación blogger». Después llegaron las redes sociales y los blogs fueron desapareciendo. Yo, aunque agonizante, aún mantengo el mío, Pativanesca. Mis micros y relatos han aparecido en diferentes antologías y tengo un precioso librito digital, No olvides la serpiente (Quarks Ediciones Digitales, 2020). Tras varios intentos fallidos no pierdo la ilusión de encontrar algún día una editorial que publique mis micros en papel.

                Además de microrrelatos he escrito cuentos infantiles y relatos breves y no tan breves. Como esta faceta mía es menos conocida, comparto un relato que me gusta mucho y que fue finalista en el concurso Érase una vez tu historia, organizado por la Caixa y RNE.



 Psicofonías

Un mes después de la muerte de Iván, mi abuela Patro comenzó a hablarme del hombre de los teléfonos«Hay algo que no te deja de rondar. Mira que yo sé de eso, Pauli, es mejor que aclares las cosas.» ¿Aclarar las cosas? Ya era tarde. Si no fuera por la falta de sueño, creo que hasta me hubiera reído. Una noche tras otra me despertaba viendo a Iván caer del andamio, su cuerpo aplastado en la acera como un balón pinchado para siempre. Por mucho que sus colegas dijeran que había habido un fallo en el mecanismo, a mí no se me quitaba de la cabeza que no había cerrado el arnés aposta, por la bronca que tuvimos el día anterior. Alguien le había ido con el cuento de que yo había quedado con Javi y me llamó hecho una fiera. Como estaba un poco harta de tener que darle explicaciones, le colgué el teléfono tres veces. Después me mandó un mensaje amenazándome con cortar y yo, sin pensarlo, solo le dije «¡vale!», imaginando que al día siguiente me llamaría de nuevo y yo le haría comprender que Javi había venido a traerme unos apuntes y a resolverme unas dudas de Matemáticas y que, aunque era jueves, el día que mi madre trabaja hasta las ocho, la abuela Patro había estado allí toda la tarde sin quitarnos ojo. No es que piense que quería matarse por mí, él estaba completamente seguro de que jamás se caería, pero lo de no abrocharse el arnés fue por darme en la cabeza. Desde que entró a trabajar en la obra, yo siempre le hacía prometerme que guardaría todas las normas de seguridad y le contaba cómo el tío Antonio se había quedado cojo por no respetarlas. Ahora Iván, por mi culpa, por no haberle explicado las cosas como fueron, no estaba cojo, sino muerto y enterrado.

            −¿Cómo se va a hablar con los muertos en un puesto y por un teléfono que ni siquiera tiene cable? −le dije desdeñosa a mi abuela, a quien siempre había tenido por una mujer práctica y espabilada. Su respuesta me sorprendió, no tenía ni idea de que supiese nada de espiritismo:

            −Lo importante tal vez no sea el teléfono, Pauli, sino la persona que tiene el poder de establecer el contacto. Hay médiums que usan una bola de cristal o una güija, él usa los aparatos antiguos que vende. Manoli, la del segundo, ha solucionado sus problemas con el hijo que se mató en la moto y yo también tenía unas cosillas que arreglar con abuelo Anselmo. Tú tienes algo que decirle a Iván, anda, ve y quédate tranquila.

            Por más objeciones que le iba poniendo, la abuela encontraba la forma de rebatirlas y, entre unas cosas y otras, seguía sorprendiéndome.

            −Que no, Pauli, que no es un timo −aseguraba cuando yo le decía que el hombre de los teléfonos sería ventrílocuo−. Es la voz del abuelo.  Además, me llama siempre Nena, como hacía él cuando estábamos solos y me dice otras cosas −y entonces se sonrojaba de una forma que la hacía parecer una chiquilla− que nadie puede saber.

            A mí empezaron a intrigarme esas cosas que le decía el abuelo a la abuela y de pronto me di cuenta de no siempre habían sido como yo los recordaba, sentados uno junto a otro en el brasero, paseando del brazo o mirándose cómplices cuando alguno de sus hijos quería meterse demasiado en sus vidas. El caso es que empecé a envidiarlos y a pensar que tras aquella ternura apacible habría habido en otros tiempos un amor −con besos, pasión, celos, peleas y reconciliaciones− que no se había extinguido ni después de la muerte. Cuantas más vueltas daba a aquellas misteriosas palabras del abuelo, más me intrigaba saber cuáles serían las que me permitirían reconocer a Iván, saber que era él, y no un impostor, quien estaba al otro lado, porque lo cierto es que él hablaba poco y siempre me llamaba Pauli, como todo el mundo. Cuando al fin me decidí a ir a ver al hombre de los teléfonos ya no sé si pesaba más en mí aquella curiosidad o el deseo de explicarme y pedirle perdón.

            A la hora del recreo, aprovechando un despiste de la conserje, me escapé del instituto. En cinco minutos me planté en el mercadillo de la calle Feria con los veinte euros que me había dado la abuela aquella mañana en el bolsillo. Reconocí el puesto en seguida. Tras una tabla sostenida por dos caballetes y atiborrada de teléfonos antiguos de distintos modelos y colores, un hombre de la edad de mi padre hablaba por el móvil. Me sorprendió su aspecto: unos vaqueros, una camiseta, el pelo descuidado y la cara mal afeitada lo hacían absolutamente indistinguible de los demás vendedores, nada hacía suponer que tuviese algún tipo de poderes. También me sorprendió que no hubiese una cola aguardando turno para conectarse con el más allá, solo una señora bastante mayor, con aspecto de chiflada, conversaba bajito, agarrando muy fuerte el auricular negro de un aparato polvoriento; pero yo ya estaba decidida.

            −Me han dicho que aquí se puede hablar con los muertos.

            El hombre miró, a derecha e izquierda, como temiendo llamar la atención.

            −Son veinte euros −dijo en un susurro ronco. Cuando se los di me preguntó el nombre del difunto, la edad y el lugar de la muerte, se quedó un momento contemplando su mercancía, eligió un teléfono rojo y, apartándose para que no pudiera ver el número, introdujo siete veces su dedo de uñas sucias en el marcador de disco,  que repiqueteó siete veces mientras volvía su posición inicial.  Después se alejó más. Lo vi hablar entre dientes, gesticular y manotear un rato, hasta que vino hacia mí con gesto de pesadumbre.

            −Es la primera vez que me pasa, pero Iván no quiere ponerse.

            Debió darle pena mi cara de decepción, porque me preguntó:        

            −¿Quieres que te diga lo que me ha dicho?

            Asentí con los ojos y el hombre pronunció, con tono de rabia: «Dile a esa puta que si no me va a dejar tranquilo ni muerto.»

            Entonces supe que había hablado con Iván, porque eso era exactamente lo que Iván habría dicho. Sentí un alivio en el pecho y la seguridad de que aquella noche iba a dormir a pierna suelta, pero, al mismo tiempo, un dolor muy grande que se me derramaba por las mejillas y empapaba la camiseta. El hombre me miró con una mezcla de lástima y simpatía.

            −No puedo cobrarte −me dijo− no has hablado con él.

Sacó los veinte euros arrugados del bolsillo, me los puso en la mano y se despidió:

            −Anda, vete. ¡Y saluda a tu abuela de mi parte!


                                                                      Elisa de Armas


Blog de la autora:

Pativanesca

 

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Lola Sanabria: Escribo para liberar los pájaros de mi cabeza

 

Lola Sanabria


Recibimos en el blog a una autora prolífica y que ha cosechado importantes menciones y éxitos en el campo de la microliteratura y el relato. Estamos hablando de Lola Sanabria que amablemente nos cuenta cómo fueron sus inicios en las letras y cómo la vocación y la libertad de crear ha ido creciendo y evolucionando en su obra.

Dejamos que Lola tome la palabra:

 

La atracción por la escritura viene de lejos, cuando aún era niña, pero se fue hilvanando ya mayor. Comencé con un par de novelas que, más tarde, acabarían en la basura.

Una de ellas la envié a un concurso de una editorial, de cuyo nombre ni me acuerdo. Me llamó el editor y me dijo que hiciera algunos cambios en mi texto, acortarlo, y me ofreció un contrato y escribir para él, supuse que novelitas a su gusto. Lo rechacé. No me veía, ni me veo, escribiendo como un trabajo, bajo presión, de tal a tal hora. Un aburrimiento y una obligación.

Para mí escribir es un espacio de libertad. Expresar lo que siento, lo que me enrabia, aquello que me duele o me produce alegría. Poder matar al vecino del quinto sin consecuencias penales. Foster Wallace decía que con una hora diaria tenía suficiente para escribir. Yo soy más anárquica. No digo que no me someta a una disciplina, pero desde luego ni diaria, ni de horarios, ni de tiempos.

Comencé a participar en el concurso de microrrelatos:  La Ventana de Millás de la Cadena Ser. Y desde entonces escribo con mayor regularidad. Generalmente sobre una idea que me surge a raíz de algún hecho, o un reto. La suelo llevar desarrollada antes de sentarme a escribirla. Pero también me he puesto delante del papel en blanco y he comenzado una historia sin saber por dónde va a seguir y en qué acabará. Esto es más fatigoso, pero cuando encuentro el cauce, me produce satisfacción. Suelo escribir con música.

 

BREVE CURRICULUM PERSONAL:

 El día que cumplí quince años me regalaron una golondrina con un ala rota. Algunos dicen que está enterrada bajo el cemento del patio, pero yo creo que se quedó a vivir dentro de mí para siempre. Después llegarían más y se cumpliría lo que me decía mi madre: «Hija, tienes muchos pájaros en la cabeza».

Nací en un pueblo de Córdoba, en una casa grande llena de gente. El sur, rodeada de personas y con pájaros en la cabeza. Estaba cantado que acabaría inventando historias.

 Premios:

Ha ganado, entre otros:

Primer premio de relatos «Todos somos diferentes» en su edición del 2007.

Finalista de los premios NH Mario Vargas Llosa 2012.

Segundo premio del 58 Concurso de Cuentos Gabriel Miró.

Accésit del XVIII Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve.

Primer Premio de Relato Policiaco de la Semana Negra de Gijón (2012 y 2013).

Finalista del concurso de historias de #Heroínas convocado por Zenda libros y patrocinado por Iberdrola.

Publicaciones:

Partículas en suspensión ( Talentura 2013).  Revistas Confluencia de la Universidad del Norte de Colorado y Litoral, De antología, la logia del microrrelato (Talentura), y otras.


EL PODER DE LAS PALABRAS

Sabíamos que el peligro acechaba en comidas y cenas. Todos conocíamos cuáles eran las palabras prohibidas y qué consecuencias traería pronunciarlas. La nuestra era una familia normal. Con nuestros más y nuestros menos, ninguno faltaba alrededor de la mesa. Comíamos en silencio, masticando cada bocado con una paciencia infinita. Concentrados en la tarea de pinchar y cortar, la cabeza gacha, mirando al plato. No dejábamos ni una miga, ni un recorte, nada. Se despertaba en nosotros una voracidad extrema. Nos habíamos propuesto no hablar para evitar deslices y tentaciones. Porque el hambre venía acompañada de otros apetitos atroces.

Fue un descuido de mamá, seguro. O tal vez es que estaba harta de todo. Quién sabe. Pero que no pesara y midiera bien aquellos filetes desató la tragedia. Y con el te odio repetido como puñales, dejamos un número incontable de cuchilladas en el pecho que tan bien nos había alimentado cuando éramos bebés.

EN MIS MANOS

A pesar de la cara machacada por los golpes y la sangre borboteando como un geiser de la herida de la cabeza, lo reconocí al instante. Estaba siendo una noche agotadora tras lo ocurrido durante aquel concierto; todos estábamos exhaustos. Así las cosas, el protocolo era mero papel mojado a esa hora lindante con el amanecer, cuando la riada humana se había cortado dándonos una tregua. Miré hacia el pasillo: parecía la piel muerta de una culebra. Ni un alma. Algunos estarían recostados en cualquier rincón, otros moverían el palito de plástico blanco dentro de un brebaje negro que simulaba café. En el cielo se aclaraba poco a poco la línea cortada de los edificios. Escuché los ronquidos de la agonía. Lo dejé morir. Luego empujé la camilla por Urgencias. Crimen fue lo que hizo aquel desalmado con mi niña.

DESCARTE

María gira la llave, empuja la hoja de madera y se detiene unos segundos. Le gusta el silencio. Pisos vacíos, muertes recientes. Entra y cierra con un pie. Retumba el portazo. Pinza en el pelo y guantes de goma. Comienza por el cuarto de baño. El fallecido dejó medio rollo de papel higiénico marca el Elefante. Lo saca de la espiga y lo guarda en su bolsa. No están los tiempos para hacer ascos a nada. Limpia bien los sanitarios con lejía. La lejía desinfecta. Aunque el óxido de la bañera se quedará para siempre. Sigue por la cocina. Encuentra un desatascador de goma cuarteada debajo de la pila de cerámica desportillada. Se lo lleva. Le sigue el salón sin muebles, con media cortina raída. La. descuelga, le sacude el polvo y la dobla. Se la queda. Servirá para algo. Por último, la habitación del difunto. En el suelo hay un lápiz carcomido por dientes voraces. Lo echa en el bolsillo de su bata. Pasa el aspirador. Comienza a fregar el suelo. La detiene un ruido de gato arañando que procede del armario. Abre. Una niña depauperada le echa los brazos. La llama mamá. Ella hace cálculos. Costaría mucho mantenerla. La devuelve al fondo del armario. Cierra. Termina de fregar. Sale.

                                                                                                     

                                                                                                      Lola Sanabria García

Blog de la autora


sábado, 3 de octubre de 2020

CUATRO POEMAS DE MARÍA GIL GARCÉS

 

QUIÉN SOY

Quién soy
cuando estoy a solas,
cuando no ejerzo de madre
ni de hija
ni de esposa.
Cuando no soy compañera
amiga
hermana de nadie.
Tan solo una mujer sola.
La que se mira al espejo
y siempre quiere ser otra,
la que bucea en la mente
y no se cambia ni loca.
Cuando no tengo testigos
soy la jueza y tomo parte,
me acuso de mil delitos.
Me absuelvo
Quiero salvarme
La soledad me desnuda,
es imposible taparse.
Me delata
No hay piedad
Esta soy yo nada menos.
Nada más.

TUS DERECHOS
Tienes derecho a guardar silencio
derecho al luto mudo
al llanto sordo
a la pena callada.
Tienes derecho a andar en tu cabeza
así
con esa ropa de ir por casa,
con la pisada triste
aunque hace tiempo
pero hoy
vuelve a la carga.
Tienes derecho a refugiarte en brazos
de un sofá y una manta
aunque te digan que eso va en tu contra,
son bobadas.
Tienes derecho a un aliado
de soledad
de música
de lágrimas,
derecho a un largo encierro
sin testigos
sin ser juzgada.
Estos son tus derechos esenciales
tu mejor coartada
hasta que el corazón cumpla su pena
y pida alas.


COMO EL AIRE
Tú me esperas en casa
aunque llegue muy tarde
aunque venga cansada
y sin ganas de hablar,
y sabes estar lejos
y sabes estar cerca
sin que nadie te diga
qué distancia tomar.
Y yo te espero en casa
aunque llegues muy tarde
aunque vengas cansado
y sin ganas de hablar.
Te oigo cerrar la puerta
con dos vueltas de llave
para que no se escape
nuestra felicidad.
Parece muy pequeña
porque va de puntillas
o se hace la dormida
o finge que se va,
pero lo llena todo
porque es igual que el aire
que no hace falta verlo
para saber que está.

PARA ENTRAR A VIVIR
Busco una libertad que se me escapa
la libertad de ser

sin que me duela
la libertad de amar solo de ida
sin esperar la vuelta.
Libertad fugitiva de la cárcel
de esa esperanza ciega
que convierte deseos
en cadenas.
Libertad sin ventanas a la calle
de interior
bien aislada
sin goteras.

María Gil Garcés

Mari Gil Garcés