miércoles, 10 de enero de 2018

Rojo y blanco

Se arrastra por la nieve campo a través, cojeando y marcando unas huellas irregulares. Lleva la pierna vendada y el dolor persiste. Ha abandonado el aliento gélido de las trincheras, en donde ha visto el rostro de la muerte. Solo anhela el refugio del vientre cálido y abultado de la esposa.
Mientras el aire frío llena por primera vez los pulmones del niño, la bala en la nuca deja un rastro de sangre sobre el hielo.





Gerhard Richter

viernes, 5 de enero de 2018

MILAGROS DE NAVIDAD



-Solo por esta vez, te lo suplico, será mi regalo de Navidad, no te pediré nada más. Nunca.
-He dicho que no, y no insistas más. Repitió la madre de Marta después de que la muchacha volviera a reiterarle por enésima vez su deseo de invitar a Pepa, una indigente amiga suya, a cenar y a dormir la noche de Nochebuena.
-¿Por qué no? Pepa es buena y educada. Te prometo que no se llevará ni romperá nada,  dormirá conmigo en mi habitación. Mamá, tú siempre has sido buena conmigo. Siempre ha habido diálogo entre nosotras.  ¿Qué tal si hacemos un trato? Si nieva no te negarás a que venga Pepa a casa, ¿verdad? Tú eres compasiva y piadosa, no puedes decir que no…
-¿Nevar?... pero qué dices, estás como una cabra. Mira este sol radiante a las 12 del mediodía, además, ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo? Es una mendiga, una indigente, está sucia, seguramente huele mal, no conoce nuestras costumbres. Ella no es como nosotros, ¿Cuándo te vas a convencer?
-¡No tienes razón, mamá! Es una persona. ¡Hipócritas, eso es lo que sois todos! Mucho decir que si la Navidad es para amarse, reconciliarse y repartir amor, muchas reuniones, comidas y regalos… todo fachada, pura mentira.
-¿Se puede saber qué mosca te ha picado? Sabes que yo no soy así, y más desde…
Marta no escuchó las últimas palabras de su madre porque salió de casa dando un portazo.  La madre se quedó pensando en lo que había sido su vida últimamente, sola con su hija, esa adolescente de quince años a quien no  lograba comprender. Había accedido siempre a sus deseos sin tratar de imponerle nada: estudios, hobbies, viajes, ropa. Disfrutaban de una posición acomodada y ello les permitía  todo un mundo de recursos impensables para otras chicas de su edad y así se lo pagaba. No entendía cómo desde el verano anterior había podido hacer amistad con aquella mendiga,  aquella indigente que un día apareció en la acera como por encanto y se coló en la vida de su hija. Pensó denunciar el hecho a la policía pero se contuvo al comprender que la mujer no hacía daño a nadie, no podían detenerla por permanecer junto a la tienda de lujo contigua a su portal con un cartón en el que expresaba su penuria y un vaso de plástico en el que recogía las monedas que buenamente podía obtener de los transeúntes que frecuentaban tan distinguido distrito. ¡Ah, esa niña, cómo la hacía sufrir! Desde que su marido la dejó por una jovencita odiaba las Fiestas de Navidad, y ella aún se lo ponía más difícil. La vida había sido muy dura, ella que siempre había sido una fervorosa creyente, ¿cómo podía ser que Dios la hubiese castigado así? Primero le quitaba a su marido y luego su hija por quien tanto había luchado, le salía contestataria y rebelde. Ella había creído en los milagros, ¿Por qué no había uno para ella? Si él regresara… -No, de ningún modo, no estaba dispuesta a perdonar esa afrenta. Aunque tal vez, si mostraba verdadero arrepentimiento y deseo de recuperar a su familia, tal vez… quién sabe.
Tan ensimismada se encontraba que no oyó entrar de nuevo a su hija.
-¡Mamá, mamá,  asómate, pronto, está nevando!
-Es verdad, qué raro. En ese momento llamaron al timbre.

La chica de servicio le anunció la visita de un caballero… Sí existían los milagros. Sí, estaba arrepentido y después de todo, era Nochebuena. Ya decidiría después si le dejaba volver o no pero hoy serían uno… no, dos más a la mesa.

miércoles, 3 de enero de 2018

Respirando libertad

Después de toda la noche sin dormir, con el cuerpo entumecido por el dolor y el corazón hecho pedazos hoy tomé mi resolución. Aún no había amanecido cuando me he acercado al lecho donde la bestia, ajena a su terrible sentencia, perturbaba el silencio del alba con sus espantosos ronquidos. No fue tarea difícil y a ello contribuyó el buen oficio del herrero que afiló la herramienta de ejecución. Un golpe certero bastó para seccionarle la yugular y culminar así sus tristes días y mi aciago destino hasta aquella mañana.
He salido cerrando de un portazo. He arrojado el cuchillo ensangrentado a la entrada de la casa, he limpiado mis manos en la nieve virgen, percibiendo un temblor de vitalidad y he echado a correr camino abajo huyendo de los perros asesinos que querían arrancarme el alma y el corazón. Ahora sigo corriendo sin saber por qué. No sé por cuanto tiempo disfrutaré de mi libertad, pero lo que nunca jamás podrán arrancarme es mi dignidad, como decía Víctor Frankl, aunque encierren a un hombre en la celda más oscura, siempre podrá éste recurrir a sus pensamientos, a sus recuerdos de la niñez, ello lo salvará en las horas más negras. Ahora me cuesta respirar. El aire helado de la sierra me abrasa los pulmones, incide en mi rostro como cuchillos de cristal y siento su rigor que me recuerda que estoy viva y que por fin soy libre.

La imagen puede contener: nube, montaña, exterior y naturaleza

Incierto futuro

La sirena me despierta con su violento ulular. Escucho susurros y quejidos. ¿Donde estoy? Yo recorría amables prados al borde de un río y hacía acopio de piedras blancas, lisas, planas, oblongas, la forma ideal para lanzarlas contra la superficie del agua y provocar ese pequeño milagro de hacerlas rebotar, como hacía con Cris, mi pequeña. ¿Qué será ahora de ella? Me duele pensar, me quema el alma. Solo quiero quedarme aquí, en este austero camastro, enroscarme sobre mí misma como un gato. 
Tic-tac, tic-tac, el tiempo pasa pero yo me cubro totalmente, me escondo bajo la ropa de la exigua litera. Siento el tacto cálido, áspero, acartonado, de las sábanas y he decidido que voy a quedarme aquí. Quizás con algo de suerte mi ausencia pase inadvertida y podré volver al verde prado y a mi bello sueño, y la realidad será solo una pesadilla que pasará. Todo pasará. Seguro que mañana todo irá bien.

La vasija de barro


El barro está blando. Está mojado, el barro es cálido, suave, moldeable, se estremece con regocijo a la cadencia del torno, se diría que tiene un corazón que late, que bulle, que trata de sacar a flote la vida que palpita muy dentro, esa vida que lucha y contribuye a adoptar esa forma que yo, jugando a crear, quiero infundirle con mis manos. Es como un niño recién nacido, la misma piel: pegajosa, húmeda, suave, rosada y cálida, el mismo peso, con fundamento pero liviano, no excesivo, cediendo a la gravedad, ley inherente a su condición terrestre, asumiendo su forma, su esencia, con orgullo, como carta de presentación al mundo, convencido de su lugar en el planeta.

Al conformar la vasija soy responsable de su esencia en este mundo. El niño, la vasija y yo, todos hemos partido del mismo origen: la tierra. Todos estamos sujetos a la misma gravedad y a la levedad del tiempo, ligados a la rueda de la vida, que al detenerse, suspende con ella el pálpito del ser y pasamos a otra dimensión, pero ¿Adónde? sólo queda el despojo, la corteza inerte, la escoria. Todos somos una amalgama de tierra, agua, fuego y aire y todo se convierte en nada y todo me da igual, me dejo llevar; el viento sopla fuerte y la energía creada vuelve a ser materia dotada de vida. Y así el ciclo vuelve a comenzar.

MJT. Fotos subidas de Internet.

La Carta de Aziz


A ti me dirijo, madre querida y añorada, más que las recompensas y delicias que Alá promete a sus fieles en el paraíso. Has de saber que me causó gran desconsuelo tener que abandonar nuestro amado pueblo, incluso arriesgando mi vida, al amparo de la oscuridad de la noche, mas no concebía otro proceder mi consternado juicio. La inesperada carga de otra familia sobre mis hombros y la perentoria necesidad de sostener nuestra ya mísera existencia, me llevó a tomar tan drástica resolución. 

No te importunaré demasiado con el relato de mi sorprendente y arriesgada aventura, atravesar las áridas montañas dejó en mi cuerpo la huella indeleble de lacerantes heridas en pies y manos debido a lo precario de mi humilde equipamiento. Agradezco al Altísimo que una piadosa mujer me las vendase por caridad.

Tampoco detallaré el trato humillante y vejatorio infligido por los amos del tráfico. Punzante sin duda, aguda y extenuante fue la batalla que debí librar con mis propios pares por un mísero hueco en la frágil embarcación. 

Pero eso no es nada, madre mía, comparado con el inaccesible muro de descomunal altitud provisto de múltiples hileras de rígido alambre de espino cuyas púas se clavaban sin piedad en nuestros magros miembros, ya debilitados por la ardua travesía. 

Con todo, ni las piedras del desierto, ni la crueldad de mis enemigos, ni el penetrante y frío azote de las olas en la noche y al riguroso sol, ni las punzantes púas del feroz guardián, serían comparables al trato inhumano de quienes se llaman mis semejantes. Tan terrible experiencia quedó clavada en mi alma y en mi cuerpo como el alambre espinoso y ojalá que cuando recibas esta carta aún viva para guardarla en mi memoria y pueda contarla a mis nietos, si Dios me permite algún día regresar a la tierra amada y verme rodeado de mis seres queridos.

Tu hijo que te ama con veneración,
Aziz.