jueves, 13 de abril de 2017

La voluntad de Carol


La imagen puede contener: una o varias personas, calzado, árbol y exterior
La niña sin miedo de Kristen Visbal, frente a El toro de Wall Street
de Arturo Di Modica (Fotografía de Federica Valabrega)

Algo había en la mirada de Carol que hacía amilanar hasta al más fiero animal. Cuando la niña se plantaba no había fuerza en el mundo capaz de moverla. Ni sus padres ni ningún miembro de la familia entendía de dónde había sacado semejante coraje. Que era una niña que sabía lo que quería y de un espíritu indomable era vox populi en el vecindario, pero que además era más valiente que el miedo, solo alcanzaron a saberlo aquel primer domingo de junio, cuando uno de los toros se escapó de la plaza de Ronda y sembró el pánico en las calles de la ciudad. En cuanto la policía ordenó desalojar la zona, Carol se escurrió de la mano de su padre y se plantó delante del toro, erguida y desafiante, con toda la fuerza del universo concentrada en sus ojos retando al animal. Entonces, todos los que allí estaban pudieron asistir al prodigio de ver al astado retroceder ante la niña y, contra todo pronóstico, arrodillarse ante la magnitud de su voluntad.


                                                                                                      Manoli VF©

Esculpiendo letras


Con este nombre iniciamos un nuevo ejercicio, en el que subiremos textos basados en esculturas de diferentes artistas.

Fotografía número1: Nos muestra, en esta ocasión, dos esculturas:

La niña sin miedo de Kristen Visbal y El toro de Wall Street de Arturo Di Modica, la foto está realizada por la fotógrafa Federica Valabrega. Ambas esculturas son un icono, y la idea de enfrentarlas partió de la firma State Street como parte de su campaña de llamamiento a las empresas con motivo del día internacional de la mujer, para incentivar la contratación e igualdad femenina.


http://economia.elpais.com/economia/2017/03/08/actualidad/1488994904_101733.html?id_externo_rsoc=FB_CC


La imagen puede contener: una o varias personas, calzado, árbol y exterior
La niña sin miedo de Kristen Visbal, frente a El toro de Wall Street de Arturo Di Modica
(Fotografía de Federica Valabrega)

miércoles, 5 de abril de 2017

La espera





   Desde hacía un año, el destino de Nicola era esperar y aquella tarde no iba a ser una excepción. Él la había llamado a la hora de comer y se había citado con ella a las cuatro. Solo podía verla unos minutos, dijo, antes de reunirse con un cliente. Pero pasaban las cinco y aún no había llegado. Como siempre, la espera vino acompañada de pensamientos angustiosos que la atormentaban sin piedad. ¿Y si no venía? ¿Y si la abandonaba? Sus amigas le decían que tenía que ser valiente, tomar la iniciativa y dejarlo. Pero ella no podía concebir el mañana sin él.

   Lo conoció en la oficina donde trabajó el verano anterior para ganar unos euros que le permitieran pagarse un viaje a Londres. Al principio le hacían sentirse incómoda sus sonrisas insinuantes, los elogios cada vez menos sutiles sobre su vestimenta. Pero, con el tiempo, le acabaron gustando las pícaras bromas de aquel señor de la edad de su padre aunque mucho más atractivo. Cuando al fin aceptó su invitación a comer, ya se había enamorado y todo lo demás, como que tuviera esposa e hijos, dejó de tener importancia.

   Nicola vivía desde entonces en una espera constante. Debía aguardar que la llamase, resistir la tentación de descolgar el teléfono, para que nadie adivinase lo que había entre ellos. Así pasaba días, semanas, devorada por la angustia antes de poder oír su voz a través del auricular. Mientras tanto, se consumía su juventud, su alegría. Le costaba reconocerse en la joven nerviosa en que se había convertido; acuciada siempre por el temor a ser abandonada, a que la otra le ganase la partida.

  Aquella tarde la espera alargaba los minutos tornándolos en eternidad mientras la sospecha del abandono iba adueñándose de ella.

  De pronto, lo vio llegar con paso despistado por la00 alameda. Sus temores se desvanecieron en el aire y una sonrisa llenó de luz su rostro.

© Ana Madrigal Muñoz
Todos los derechos Reservados

UNA IMAGEN, VARIAS HISTORIAS- Descripción del ejercicio 1


Una Imagen varias Historias, es el título que hemos dado a este primer ejercicio que consiste en escribir textos (minificciones) basados en obras famosas de pintores, antiguos y contemporáneos de tema realista, con influencia impresionista o barroca en su mayoría. El denominador común reside en que todas ellas reflejan figuras de mujeres, de cualquier edad o/y condición. Los cuadros y pintores en los que nos hemos inspirado para escribir son:

Edward Hopper (Nyack, 1882)

Pintor estadounidense célebre por sus retratos de la soledad de la vida de clase media estadounidense contemporánea, de estilo realista y perteneciente a la escuela Ashcam que acabaría desembocando en el expresionismo abstracto. Nadie cómo él para pintar la inmovilidad a través del detalle.
https://es.wikipedia.org/wiki/Edward_Hopper


Cuadros:La Autómata (Imagen 1) Habitación de hotel (Imagen 9)


La autómata (E.Hopper)
Habitación de hotel (E. Hopper)


Liu Yaming (Nei Jiang, provincia de Si Chuan, 1962)

Es un artista profesional con su estudio en Shang Wan, Beijing. Sin duda, uno de los mejores pintores chinos actuales, de estilo expresionista, que ha sido bautizado como "realismo de seda". La obra utilizada como inspiración en la imagen 2 pertenece a su álbum Cuaderno de retazos.
http://trianarts.com/pintores-chinos-el-realismo-de-seda-de-liu-yuanshou/#sthash.4yKKZ5Lc.dpbs

Del Álbum: Cuaderno de retazos (Liu Yaming)



Peter Paul Rubens ( 1577Amberes, Flandes)

Pedro Pablo Rubens, en español, fue un pintor barroco de la escuela flamenca que vivió en la denominada edad de oro. Famoso por el dinamismo y color de sus pinturas, fue también el pintor favorito del rey Felipe IV, para el que pintó numerosas escenas de la vida de palacio. La imagen 3 del ejercicio corresponde a Escena de noche
    https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Pablo_Rubens


Escena de noche (Peter Paul Rubens)


Joaquín Sorolla (Valencia 1863)

Joaquín Sorolla y Bastida fue un pintor español. Artista prolífico, dejó más de 2200 obras catalogadas. Su obra madura ha sido etiquetada como impresionista, postimpresionista y luminista. Influido notablemente por el impresionismo y por pintores de la talla de Van Gogh y Manet su pintura es un punto de referencia en el arte de los pintores actuales. Los cuadros en que nos hemos basado  en las imágenes 4 y 5 son dos de sus obras más conocidas: ¡Otra Margarita! de clara temática de denuncia social y Paseo a orillas del mar.
https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Pablo_Rubens

¡Otra Margarita! (Joaquín Sorolla)

Paseo a orillas del mar (Joaquín Sorolla)


Richard Johnson

Artista contemporáneo nacido en Chicago, que destaca muy pronto en el campo del arte y consigue una beca en la academia americana del arte. Destaca por la luminosidad y calidad lirica de su obra. El cuadro en el que nos hemos basado en la imagen 6 es el que lleva por nombre Morning in Venice.
http://www.taringa.net/posts/arte/15298057/Richard-S-Johnson-Momentos-compartidos-Pintor.html



Morning in Venice (Richard Johnson)


Johannes Vermeer

Johannes Vermeer van Delft, llamado por sus contemporáneos Joannis ver Meer o Joannis van der Meer e incluso Jan ver Meer, es uno de los pintores neerlandeses más reconocidos del arte Barroco. Vivió durante la llamada Edad de Oro. Su cuadro La joven de la perla, es uno de los más famosos que ha sido versionado en cine y novela. Junto al cuadro nos hemos inspirado para la imagen 7 también en una reinterpretación de esta obra, aportada por una de nuestras colaboradoras, María Manrique, cuya hija, Emma, ha posado como modelo.
https://es.wikipedia.org/wiki/Johannes_Vermeer



La joven de la Perla (Johannes Vermeer)

Reinterpretación por Francisco Arteaga:
modelo Emma Fernández Manrique



Gustave Caillebotte (1848, París, Francia)

Gustave Caillebotte, fue un pintor francés, coleccionista, mecenas y organizador de exposiciones. Perteneciente al movimiento impresionista, ejerció una notable influencia en esta corriente y son célebres sus pinturas, así como la técnica del puntillismo retratando escenas parisienses. Para la imagen número 8 nos hemos inspirado en el inspirador cuadro Mujer en el tocador.
https://es.wikipedia.org/wiki/Gustave_Caillebotte

Mujer en el tocador (Gustave Caillebotte)



Truls Espedal

Artista noruego contemporáneo, cuya pintura realista no está exenta de surrealismo, ya que gira en torno a la figura humana en su dimensión más onírica.

Truls Espedal nos deja lienzos llenos de combativas expresiones corporales, rostros ocultos a través de los que saca a la luz la parte instintiva del humano, perdida ya la expresión facial.
El humano como un animal más, poses volátiles, aves que comunican, que interactúan con aquél, perfecta simbiosis entre animal y humano, instinto y espíritu, naturaleza compuesta.



Robin (Truls Espedal)




Mijaíl e Inessa Garmash:

Matrimonio de pintores contemporáneos de origen ucraniano, ambos de tendencia impresionista (Inessa de impresionismo romántico) que pintan conjuntamente muchas de sus obras. Tienen una hija llamada Polina, que posa muchas veces como modelo. Su obra está notablemente influenciada por Joaquín Sorolla, y el juego con elementos como la  luz juegan en ella un papel primordial. Esta vez para la imagen número 11 nos hemos basado en un retrato que lleva por nombre: Con cámara y sin cámara.
http://boverijuancarlospintores.blogspot.com.es/2011/03/garmash.html


Con cámara y sin cámara
(Michael e Inessa Garmash)



Ejercicio 1: Una imagen, varias historias. Descripción y reseñas por Manoli VF.

martes, 4 de abril de 2017

Mañana...


Con cámara y sin cámara (Michael e Inessa Garmash)


Ella no lo llamaría bailar. Observa con desgana, casi con desdén, los pasos de sus alumnos. Qué cansado es ceñirse a estos bailes, contemplar, como quien ve llover desde la ventana esperando a que escampe, los torpes movimientos. Ella se siente grácil, ligera como una bailarina del viento. Le gustaría sacudirlos, insuflarles el aliento de la danza libre, en toda su plenitud, pero en la asociación no hay cabida para estas cosas. “Pídeles que bailen lo de siempre. Es lo único que quieren” fueron las palabras de su madre. Así que está ahí, viendo como sus pies se mueven. Bien. Mañana será otro día, piensa. Mañana intentará convencer de nuevo a la directora para que le permita crear su propio grupo de baile. Entonces bailarán al ritmo de los sonidos de la madre naturaleza, entre cascadas de agua y trinar de pájaros, entre olas de mar y repique de metal en los cristales, crujir de madera y hojas secas, roce de cuerpos oliendo a bosque, alas de libertad sobre el beso del viento. Mañana...

                                                                                                                                                                                   © Manoli VF

jueves, 30 de marzo de 2017

Solo quiero que me dejen sola








   He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. No sé por qué no me dejan tranquila. ¿Acaso les molesto yo a ellos? Me atosigan con besos y abrazos. Se acercan tanto a mí que sus caras se convierten en globos gigantes. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.


   Ellos no entienden nada. No entienden que me guste jugar sola. Guardarme en los bolsillos piedrecitas del camino; ponerlas una al lado de otra en la alfombra del salón y formar una estrella. Pero ellos no entienden nada. No entienden que, cuando mi hermano Jaime desbarata de una patada mi dibujo, todo se vuelve negro. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.

   Mis padres se empeñan en llevarme a sitios extraños. Señores y señoras con batas blancas me miran por arriba, por abajo. Me dicen: “Haz esto, haz lo otro, date la vuelta, levántate, siéntate, vuelve a levantarte”. Me hacen mil preguntas. Me quedo muda. No los entiendo. Escriben sin parar, fruncen el ceño, discuten en voz alta. Vuela en el aire una palabra extraña: “Asperger, Asperger”. Papá se enfada. Mamá llora. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo. 

  He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. Ya no estoy asustada. Estoy sola, tranquila, feliz. Un petirrojo llega volando. Se posa en mis trenzas y me susurra al oído palabras que solo yo puedo oír.







© Ana Madrigal Muñoz

Todos los derechos reservados

martes, 28 de marzo de 2017

Como los gorriones



Truls Espedal "Robin".

A Pedro le cae bien, incluso le parece guapa, pero no puede decírselo a nadie, porque si lo supieran también se reirían de él. Solo lo sabe su madre, quién le alienta y tranquiliza; “si es eso lo que quieres, hazlo. Que no te importe lo que piensen los demás”.
Esta mañana mientras se lavaba los dientes frente al espejo, se ha observado y se ha sentido mayor. No tanto como sus padres, pero sí como su primo Elio, al que ya le dejan ir solo al cine. Con la boca llena de espuma blanca ha verbalizado su deseo.
En el tiempo de recreo, después del comedor, Pedro huye de nuevo del bullicio del patio; sabe donde encontrarla. Está sentada frente a la verja que linda con el parque, porque a Sara le gusta observar el ir y venir de los gorriones entre las ramas de las jacarandas. Se asusta cuando el niño se sienta a su lado. Empieza a balancear su cuerpo hacia atrás y hacia adelante, sin mirarle en ningún momento, hasta que se calma y se siente segura de nuevo.
Pasan un buen rato mirando a los pájaros, en silencio. Es entretenido verlos, hay uno posado en una rama, acicalándose el plumaje, de repente llega otro y se posa a su lado manteniendo una distancia prudente. Poco a poco se va aproximando, dando saltitos milimétricos; al tercer movimiento el que estaba distraído con sus plumas se percata del acercamiento y sale volando. Pedro aparta la vista de los gorriones cuando Sara se levanta; la ve caminando a paso rápido hacia el punto rojo donde forman la fila, le gusta ser la primera… Él sabe que le llevará tiempo, que tiene que acercarse a ella con cuidado.
Autora: Ana Pascual Pérez.

Pájaros en la cabeza.

Imagen n°10
Título: "Robin" de Truls Espedal.
Título  del relato: Pájaros en la cabeza.

¡Qué pesados son los mayores! Me  pregunto  qué   tendrán  en sus cabezas... 
Se pasan todo el día pendientes de las obligaciones, incluso me han mandado un montón de ellas  con la excusa de que tengo que llegar a ser una persona de provecho: que si debo hacer mi cama, que si una señorita que se precie debe cepillarse el pelo, que si debo mantener mi ropa limpia, que si mi habitación debe de estar ordenada, etc.
Creo que los mayores no comprenden lo complicado que es ser niño, ¿de verdad lo fueron? No sé yo...  El  único que me entiende es abuelo Robin, ¡seguro que él sí fue un niño! Pero el pobre es tan viejo que no creo que lo recuerde. Abuelo siempre le dice a mis padres: ¡Dejad a la chiquilla que se divierta, tiene edad de ello!
Y es que no comprenden, por ejemplo, que no puedo estar perdiendo el tiempo en cepillarme el pelo; para ganar la batalla  al enemigo necesito llevar mis trenzas, así  es como mejor se lucha. ¿Y cómo  creerán  que puedo mantener mi ropa limpia si tengo que estar enfrentándome a terribles dragones y rescatando a príncipes y caballeros en apuros? ¡Eso es imposible!
Lo de la habitación  ordenada es el remate de los tomates. Que  me expliquen cómo se  puede construir un fuerte que te proteja de los tiranos, los hechiceros y de los días de tempestad y tener la habitación  ordenada. ¡No se puede, de verdad!  Con la de horas y cosas  que se necesita  para construir un fuerte perfecto que no se destruya con el más  mínimo  temblor de la batalla.
En fin, pienso que los mayores nunca serán  personas de provecho con esas ideas,  ¡si hasta hacen la cama todas las mañanas para deshacerlas otra vez por la noche!  La verdad... yo no los tendría  en mi batallón.
© Orgav
Todos los derechos reservados.

lunes, 27 de marzo de 2017

La niña de las trenzas en rama


Robin de Truls Espedal

Roberta recogía pájaros solitarios lo mismo que mucha gente recoge gatos callejeros o cachorros de perro que nadie quiere. Desde niña se entendía mejor con los gorriones y con las palomas que con los niños de su edad o incluso con las personas mayores. La única que parecía comprender su amor por los seres alados era Aurora, su abuela. Solo ante ella, Roberta se sentía libre de actuar sin vergüenza ni culpa, sin esa extraña sensación de que la dieran por loca cada vez que atraía a estas pequeñas criaturas.
El mejor momento era siempre el paseo por el bosque cuando iban las dos juntas. Aurora contaba que entonces, Roberta estiraba sus largas trenzas y siempre aparecía algún gorrión dispuesto a posarse en ellas. Durante mucho tiempo me negué a creer estas cosas, convencida de que solo eran cuentos de una abuela que adoraba a su única nieta. Cuando entré en su casa como asistenta, me pareció que Roberta era una joven como cualquier otra, que sentía pasión por los animales y cursaba el último curso de veterinaria en la ciudad vecina.
No volví a pensar en el tema hasta después de la muerte de Aurora, cuando su hija me mandó recoger su habitación y hallé, en uno de los cajones del armario, una extraña fotografía. En la imagen podía verse a una niña de espaldas, con las dos trenzas elevadas en horizontal y, sobre una de ellas, posando con la misma naturalidad que si estuviera en la rama de un árbol, un pequeño petirrojo.

                                                             © MVF

miércoles, 22 de marzo de 2017

Tiempo, el mejor de los legados

Imagen n° 9
Título de la obra: "Habitación  de hotel".
Pintor: Edward Hopper.

Tiempo, el mejor de los legados.

Ellos se quedaron velando su cuerpo. Yo le dí  un ósculo y me despedí. Sabía  que,  allá  donde estuviese, ella lo entendería, nunca me gustaron esas cosas.

Llegué a la habitación  del hotel y me topé con sus maletas,  la residencia las había enviado.  Casi sin querer, empecé a abrilas; estaban llenas de ropa y viejas fotografías. Todo  olía  a ella, a notas de flores silvestres y a primareva... ¡Qué difícil se hacía!  Entre sus pertenencias, encontré una carta para mí y me embargó la melancolía. Me senté en la cama y comencé a leer:

" Querida Isabel, mi princesa...

Si lees esta carta es porque ya no estoy en vuestras vidas,  pero quiero que sepáis lo mucho que os he querido, que os quiero y que os querré. Siempre he deseado lo mejor para todos vosotros y que vuestras vidas estuviesen completas y felices. Por favor, díselo  así  a tus hermanos.

Quiero que sepas que, lo poco que tengo, lo he dejado repartido entre vosotros, a cada uno según  su necesidad. He decidido dejarle a tu hermana la casa, dado que nada le sale bien, estoy segura de que esto será  un aliciente en su vida. El poco dinero que hay en el banco se lo he dejado a tu hermano Javier para ayudarle a hacer realidad su sueño, su negocio.
Por cierto, en la última cena de navidad, tus hermanos, que te adoran, me han contado que todo te va muy bien, que has conseguido ese puesto tan importante que siempre quisiste y por el que has sacrificado muchos años de tu vida. Me han dicho que tienes una casa grandiosa ¡Un palacio! Seguro que es muy bonita, siempre tuviste muy buen gusto.  He visto, por la foto que me mandaste en navidad, que tu familia es preciosa  ¡Y que mis dos nietos estan muy guapos!  Una pena el no haberlos podido achuchar... nunca llegué  a ir a ese colegio interno donde están  estudiando.

Mi niña, he pensado que estas cosas  son minucias  para ti,  por ello he decidido dejarte  mi mejor legado, mi ley de vida: 
Debes disfrutar más de la vida y de tu tiempo  junto a la familia porque si la compartes con el amor y el cariño de los tuyos, la vida es maravillosa. Piensa que con muy poco también  se puede ser muy feliz, así  como yo  lo fui. Y recuerda que lo más valioso que puede tener una persona es tiempo para estar con sus seres queridos, porque la vida, cuando menos te lo esperas, se termina.

Te quiero mi niña, nunca lo olvides.

PD.: recuerda guardar un poco de tu tiempo para estar con tus hermanos, ellos te necesitan."

Aquellas  palabras de mi madre, siempre serán eco en mi conciencia... con su voz meliflua, digna de un ser  seráfico.

© Orgav  (Verónica Orozco García)
Texto registrado.
Todos los derechos reservados.

Habitación de hotel








   ¿Qué hago tan lejos de casa? Estaba tan aturdida que no sabía lo que hacía. Ahora contemplo las maletas que hice en mi huida y me parecen las de una extraña. No tengo escapatoria. El destino me ha seguido hasta aquí y se ha sentado junto a mí para que no olvide lo que me tiene reservado. 

   De nada sirve buscar distracción en el libro que alguien dejó olvidado en la mesilla. Las palabras bailan una danza macabra ante mis ojos y no logro atraparlas, comprenderlas. Una y otra vez regresan a mi memoria las frases de la mujer que esta mañana dictó mi sentencia. Duras, implacables, con toda su crudeza. ¿Cómo pudo pronunciarlas con tanta frialdad? ¿Será que la costumbre la ha convertido en un ser sin alma?

   Fuera el cielo está vertiendo las lágrimas que mis ojos se niegan a derramar. Debo volver a casa. Mas temo derrumbarme con los abrazos y los besos de mi marido. He de hablar con él, contárselo todo. Pero sé que no soportaré su mirada llena de compasión. Intentará quitarle importancia. Bajará la voz para colmarme el oído de dulces palabras y querrá hacerme creer que lo superaremos si permanecemos juntos. Y yo me aferraré a la ternura de sus caricias. Creeré todo lo que me diga aunque sepa que miente.

   Pero no. No puede ser verdad. Hace unas horas era una mujer con un brillante futuro. Una mujer feliz. Una mujer que creía que bastaba el amor de su marido para ser dichosa. Ahora sé que no es suficiente. 

    Esta mañana salí de casa sin miedo. El sol de abril anunciaba miles de bendiciones. Me esperaba una revisión ginecológica, pero no tenía miedo. Solo era una más, una de tantas. O eso creía.

   Estoy en la habitación de un hotel cualquiera demorando el momento de regresar a casa y contárselo. A mi alrededor revolotean aciagos presagios. Mientras tanto busco en vano las palabras con las que le diré a mi marido que nos queda muy poco para estar juntos. 




Imagen 9: Habitación de hotel, de Edward Hopper


©Ana Madrigal Muñoz
Todos los derechos reservados












lunes, 20 de marzo de 2017

ESTE CIRCO NO ESTÁ EN VENTA


"Habitación de hotel" de Edward Hopper.




Desde que recibí la carta la habré leído unas quince veces, y sigo sin creer lo que dice el abogado. Si estoy aquí es por Gustavo, que insistió: "vete a ver de qué se trata, siempre se puede vender o traspasar como cualquier negocio”.
Yo nunca he heredado nada, bueno si, unos pendientes de mi abuela materna y las alianzas de mis padres. Pero esto, esto debe ser un error, porque yo a este señor no le conozco de nada. Y además, qué podría hacer yo con un circo. Si a mis hijas les asustan los payasos, y Gustavo es alérgico al pelo de los animales.
Yo tampoco me veo montada en un elefante, o peor aún, acostada sobre la arena para que sortee mi cuerpo con sus enormes patas. Luego está el olor a tigre, el oso que bebe cerveza, que me da mucha pena… Tampoco me veo haciendo malabares (soy muy torpe) ni trucos de magia. Y mucho menos lanzando cuchillos al pobre Gustavo (que no tiene muchos reflejos) o escupiendo fuego… lo que no me importaría sería aprender a utilizar el trapecio. Todavía estoy en buena forma, Gustavo siempre me lo dice.
Me compraría un maillot de color blanco, de esos que llevan cristalitos de swarovski. Utilizaría dos trapecios; volaría de uno a otro, haciendo piruetas en el aire. Al principio con red de seguridad, pero con el tiempo sin ella, para darle más emoción. Para sentir corretear la adrenalina por todo mi cuerpo. Sería la estrella, la gran atracción, junto con el domador de tigres, que no sería Gustavo, porque odia a los animales. Y este hombre fornido (el domador) me observaría desde la pista boquiabierto. Yo volaría de un trapecio a otro, seguida por un cañón de luz que haría brillar los swarovskis, y por un instante parecería una estrella fugaz.


Autora: Ana Pascual Pérez.



Próximo destino

Habitación de hotel de Edward Hopper


Hace calor. Aún no he dejado de ser Eilen. Miro la guía de viajes y los diferentes horarios. Próximo destino: Chambéry. Estación de Challes-les-Eaux. Catorce horas desde Madrid y transbordo a mitad de camino. Podría coger el avión hasta el aeropuerto de Lyon, pero necesito ese tiempo. No tengo prisa. Me gusta el tren, aprovecharé para embeberme de información sobre el lugar. También para despojarme del recuerdo de Glasshouse, de la sumisa voz de Eilen y su triste peinado... Hace calor. Espero verme bien con el pelo claro. Después de una semana aquí aún me siento sin fuerzas. Lo peor es siempre este momento, en el que me despido de mi misma. Mañana olerá a nuevo y todo volverá a comenzar: Eilen, Alice, Verónica, Janet, María… todas ellas habitan en mi piel, transpiran por mi cuerpo y asoman a través de mis ojos. Hace calor. He de prepararme para esta cita a ciegas. Otro lugar. Otros rostros. Hasta que, al fin, llegue el día en que decida quedarme y ser solo una. Ahora me llamo Denise. Algún día me llamaré Aurora…
                                                                              
                       
                                                                                     ©Manoli VF


jueves, 16 de marzo de 2017

Audio y monólogo: El corazón delator (E.A.Poe)



Dos interpretaciones del extraordinario relato del gran maestro del cuento.

Un audio y un fabuloso monólogo en escena.







miércoles, 15 de marzo de 2017

Remendando almas

Texto basado en la imagen n°8
Título: Mujer en el tocador.
Autor: Gustave Caillebotte.


Remendando almas.

Tía   Marga era una mujer bonhomia, no hacía  preguntas y  siempre estaba ahí para ayudar. Una vez más, me abrió  las puertas de su casa; era  como entrar en otra época donde reinaba la sobriedad y el silencio.

Llegué  sin maletas, con el corazón desgarrado  y una ristra de lágrimas cosidas a  las mejillas.

-Quédate el tiempo que necesites -me dijo en un tono maternal frustrado.

Tía Marga tenía  experiencia en recomponer  almas. Toda su vida la dedicaba al oficio de dar cobijo espiritual. Decía que no hacía falta lujos, solo  tiempo, una habitación cálida,  una buena sopa y unos baños para meditar.

Mientras los días se descolgaban del calendario de la cocina, las lágrimas se fueron descosiendo. En el exterior, la vida moderna seguía  su ritmo. Allí  dentro, era como si el tiempo se hubiese parado hace ya unas décadas. Nuestras vidas se cruzaban por la casa en un impoluto silencio, no hacía falta  hablar, con la mirada nos entendíamos.

Tia Marga conocía las fases del duelo, sabía cómo actuar, de hecho, cuando llegó el final, ella lo supo antes que yo. 
Aquella mañana, para mí una cualquiera, abrí  los ojos y allí  estaba ella, sentada a un lado de la cama esperando mi despertar:


-Buenos días, hija; ¿cómo estás?

No sé  qué fue, si el ambiente de  aquel lugar, el cariño intrínseco  o la magia de aquellas palabras, pero de pronto sentí  que  la vida volvía  a mí, que mi corazón  volvía  a latir  y que ya no dolía. 

Me levanté, me puse aquella  ropa  con historia y, frente al tocador, me miré  al espejo y decidí  que mi vida continuaba, eso sí, con una nueva melodía...


© Orgav  (Verónica Orozco García)
Todos los derechos reservados.


lunes, 13 de marzo de 2017

El encargo

Mujer en el tocador (Gustave Caillebotte)


Ya estaba hecho y, ahora que había sucedido, lo olvidaría. Como se olvida un dolor de muelas o el ardor de estómago de una mala cena. Se lavó deprisa y se vistió procurando concentrarse en el instante siguiente. Sin mirarse al espejo, para no ver indicios en su rostro de lo que sentía, se abrochó la falda y recogió el dinero. Nunca había tenido en sus manos tantos billetes y, sorprendida de la frialdad y aspereza de su tacto, no pudo resistirse  al impulso de olerlos. No olían a tinta ni a papel, sino a la soledad de aquel cuarto. A la necesidad y al dolor.

Recogió todos los restos y la ropa sucia en un hatillo para enterrarlo en el huerto de la parte de atrás de la casa. No quería llevarse con ella el olor de aquellas cuarenta y ocho horas de trabajo y sufrimiento. Salió despacio, tras comprobar que la respiración de la joven era serena. Lástima que al despertarse no pudiese contemplar, ni por un breve momento, el bello fruto de sus entrañas; el mismo que a otra madre, sin sangre ni dolor, se le daría.


                                                                                   © Manoli VF

sábado, 11 de marzo de 2017

Noche encantada



    Asomó la cabeza y sonrió. El portero se había quedado dormido. Primero sacó el brazo derecho, luego el izquierdo. Un salto y ya estaba en el suelo. Al girar, se llevó por delante la papelera. Por un momento, se detuvo a escuchar. Los ronquidos retumbaban por toda la sala. Se descalzó y, con paso sigiloso, se dirigió a la salida.

   Ya en la calle, la deslumbraron las luces de la ciudad. Con los ojos muy abiertos, contempló los coches que pasaban a toda velocidad. Retrocedió, avanzó unos pasos, se detuvo. Se envolvió bien con el manto, apretó los dientes y empezó a caminar por la avenida. Al llegar junto a la fuente, su mirada quedó prendida en un muchacho que hacía malabares con siete pelotas de colores. El joven le hizo una descarada reverencia. Ella, azorada, corrió hacia el otro lado de la calle y en su huida a punto estuvo de ser atropellada. 

   Permaneció dudosa ante el cartel luminoso de una discoteca. Los jóvenes pasaban ante ella riendo y hablando en voz alta. Se mordió el labio inferior como si no se decidiera a entrar. Un grupo de muchachas la empujaron hacia dentro. El terror se pintó en su cara al ver a la gente que bailaba en la pista. Las luces de colores y la música estridente parecían aturdirla. Hizo ademán de volverse sobre sus pasos pero la detuvieron los primeros acordes de una dulce melodía. Cerró los párpados, extendió las manos y se dejó mecer por ella. La música tocaba sus dedos y recorría su figura hasta llegar al corazón. De pronto, se hizo el silencio. Abrió los ojos. Cientos de rostros la contemplaban admirados. Asustada, salió corriendo a la calle.

   Amanecía cuando llegó al museo.

   —¡Espera! —exclamó alguien a sus espaldas y, al volverse, la cegó el flash de una cámara. 

   Al día siguiente todo el mundo hablaba de lo mismo: La joven de la Perla de Veermer mostraba una expresión pícara que nadie había apreciado hasta entonces.

© Ana Madrigal Muñoz
Todos los derechos reservados




Imagen: Re-interpretación del fotógrafo Francisco Arteaga de la obra de Johannes Vermeer "La joven de la perla" (Modelo: Emma Fernández Manrique)

viernes, 10 de marzo de 2017

DENUNCIA VENECIANA

Sobre el cuadro "Morning in Venice" de Richard S. Johnson





 ¿Y dice usted, signor poliziotto, que quiere saber quién y cómo es él? ¿Que en qué lugar se enamoró de mí, y a qué dedica el tiempo libre? 

Pues él es rubio, barbilampiño de ojos azules; o pelirrojo, con gafotas culo de vaso; también puede ser moreno de ojos negros de sotobarba poblada , luciendo caftán y turbante o fez. A mí me gusta con su melena castaña y fino bigote. Es como lo conocí. Y no se enamoró de mí, yo sí. Me cazó en una tarde de viento en el Puerto de Barcelona; tiempo libre tiene poco, lo emplea en engatusar a todo ser humano que se cruce en su camino y le convenga. Se llama José Armando Perales, Jordi Casals, Ivan Kafka , Scott Sullivan o Abdul Roukamieh, según el documento que toque.

Sea cual sea su nombre, es un ladrón que me ha robado todo: el alma, el pasaporte, la maleta, los zapatos, el reloj de oro, el móvil y los billetes de avión. 

Me prometió un gran viaje con aventura inolvidable a esta Ciudad de los Canales, y lo cumplió. Me ha dejado aquí, descalza, mirando el paisaje sin saber qué hacer. Por eso le he llamado, Mr. Poliziotto, y espero que lo encuentren, dada la gran profusión de datos y detalles claros que le he expuesto para ello.

Pero si no es así, ya me encargaré yo y cuando lo encuentre, me las pagará. Lo pagará muy caro. Gracias, señor.

Manoli Asenjo


jueves, 9 de marzo de 2017

Una sorpresa inesperada




La joven de la perla: Johannes Vermeer. Re- interpretación fotográfica: Francisco Arteaga. Modelo: Emma Fernández Fabelo.



El viaje había sido una auténtica pesadilla; el avión, aparte de salir dos horas después de la hora prevista, no dejó de moverse durante todo el vuelo a causa de las fuertes turbulencias.

Deseaba llegar al hotel, darse una buena ducha, cenar algo ligero y acostarse; lo que le esperaba a la mañana siguiente era muy importante y tenía que estar completamente despejada y descansada.

El Sr. Vermeer  la había llamado dos días antes. No conocía a nadie con ese apellido, pero cuando aquella voz tan agradable se presentó y le preguntó si era la Srta. Estefanía Martín, y ella asintió, lo que escuchó después la dejó completamente petrificada en la silla de su despacho. Tenía que presentarse en aquella ciudad alemana lo antes posible; la conversación duró unos minutos y colgó sin creerse lo que había oído. Aún hoy, y ya arreglada para ir al encuentro de aquél desconocido, dudó un poco y pensó en darse la vuelta y volver a España.



Él la esperaba en su bonito despacho de grandes ventanales y modernas alfombras. Ella entró algo tímida y se dieron la mano; se sentaron ante una enorme mesa de despacho y él sacó de una bella cajita de madera, una pequeña bolsita de terciopelo azul y se la entregó.

" Te pertenece. Tú eres la heredera "

Le habló del famoso cuadro de su antepasado, de la modelo, de las perlas...

" La modelo era una joven española que estuvo al servicio del pintor" le dijo. Hemos buscado a su familia en su país y la única persona, después de mucha investigación es usted. Mi antepasado regaló esos pendientes de perlas por su trabajo de posar para él y por sus años, desde muy joven, cuidando de su casa. Son suyos y de nadie más.

En el viaje de vuelta iba leyendo la historia, al tiempo que se acariciaba uno de los pendientes. Una hermosa y reluciente perla.


                                                                ©María Manrique Fabelo


                                                          




martes, 7 de marzo de 2017

Por una amiga, lo que sea.

¡Voy a matar a Carla, la mato!
-Solo será  un rato- me dijo- no vas a tener ningún  problema; sigue las indicaciones y listo, cuando termines tendrás  un buen dinero en tu cartera...

Llevo quince minutos sentada en la misma posición y ya estoy agotada. He estado media hora en caracterización y vestuario para parecerme a "La joven de la Perla" del pintor Johannes Vermeer. La ropa no es muy pesada pero da mucho calor; lo peor es la postura, estoy sentada de lado pero con la cabeza girada mirando al frente, me va a dar una tortícolis en el cuello y aun faltan veinticinco minutos de exposición  ante toda la clase de bellas artes. Esto es un suplicio, de verdad, estoy rezando para que pase el tiempo más rápido, noto varias sensaciones a la vez en mi cuerpo: calambres, dolores musculares, incluso algún  pequeño tic en uno de los ojos solo de pensar que no llevo ni la mitad del tiempo.

Carla está  acostumbrada pero yo... Me pregunto qué  pensará  mientras está en plena sesión. No he caído en preguntarle, me hubiera venido bien algún  consejo al respecto  porque lo que es mi cabeza, no para, y lo peor es que me muevo sin darme cuenta.

¡Ay, madre mía! ¡Y ahora tengo ganas de hacer pis! ¡Ay Dios! ¡Cómo  me he dejado liar...! Ojalá  pasen pronto los minutos que quedan...

De verdad, cuando vea a Carla se va a enterar... aunque estoy segura de que se va a morir de risa.

- Señorita, por favor, deje de moverse de una vez.

  © Orgav
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Imágenes:
"La joven de la Perla" de Johannes Vermeer
"Reinterpretación de La joven de la Perla" por el fotógrafo Francisco Arteaga
(modelo: Emma Fernández Manrique)

El trueque



La Joven De La Perla (J. Vermeer) y Reinterpretación de la obra por el fotógrafo Francisco Arteaga (Modelo: Emma Fernández Manrique)

Cuando me pidió posar para él no me imaginé lo que pasaría. Me dijo que podía quedarme con todos los complementos con los que me retratase. ¿Cómo diablos iba a saber yo que me buscaría líos? Pagaba bien. Por cada posado ganaba lo mismo que trabajando todo el mes. Una se cansa de ser sirvienta. Jugar a ser la protagonista de un cuadro no está nada mal. Si las cosas se salieron de madre fue solo por mi afán de protagonismo, lo juro.

Si hubiese guardado los ropajes y los pendientes, ella no se habría enterado. Tenía más ropa y joyas de las que podía ponerse y memorizar. Pero no se me ocurrió otra cosa que salir así vestida a la calle. ¡Dios, lo único que pretendía era parecer una señora siquiera por unas pocas horas de mi vida! Pero me topé con ella en el mismo portal ¡Maldita mi suerte! Ni me escuchó ni se anduvo con miramientos:

―¡Desde hoy mismo no pisas más esta casa! ―Gritó con su voz de cacatúa.

Y aquí estoy, señor revisor. No tengo pasaporte ni salvoconducto, porque no me dejó recoger nada, pero puedo empeñar mis pendientes… Entiéndame, necesito cambiar de aires…
                                    
                                                                                     ©Manoli VF

Almas gemelas


La autómata de Edward Hopper

Entró en aquella cafetería porque fue la primera que vio. Podía haber sido otra cualquiera, pero fue esa. Se acercó a la barra frotándose las manos; hacía frío fuera y deseaba con urgencia un café caliente.
Mientras se lo preparaban se fijó en aquella chica del fondo. Le llamó la atención su mirada fija en la taza, su media sonrisa y, sobre todo, tuvo la sensación de que se encontraba muy sola. Igual que él.
Empezó a tomar su café sin dejar de mirarla, pensando qué pasaría si se acercara a hablar con ella. "Quién sabe, puede que necesite hablar con alguien." Bajó un pie del taburete e hizo ademán de acercarse, pero alguien abrió la puerta, entró y se acercó a ella. 

Él pagó su café y salió. La miró de reojo cuándo pasó a su lado y creyó ver una pequeña lágrima rodando por su mejilla. El sabor amargo del café le subió a su boca y juró que mañana lo intentaría. Podía ser. ¿Por qué no?


 
                                                                                       ©María Manrique Fabelo

La luz de los recuerdos



Escena de noche de Peter Paul Rubens

La abuela la llevaba de la mano. Así la recordaba ella; una abuela algo más joven que la que ahora veía. 
Se le acumulaban los recuerdos esa noche, tan frescos y tan hermosos, que le dolían. Sí, porque ya no podría vivirlos como antes.
Recordaba sus paseos con la anciana mientras le hablaba de la naturaleza, de las propiedades medicinales de las hierbas que iban encontrando por el camino, de las estrellas, del sol, que era la luz que nos alumbraba a todos.
Pero ahora, los ojos de la abuela no percibían la luz. Ella era ahora la luz de sus ojos. Era sus manos, las manos que con tanto amor habían cultivado un pequeño jardín de rosas, solo para ella.
Cada noche, la niña encendía una vela y se la acercaba para que notara su calor; para que supiera que no estaba a oscuras. Se le acumulaban los recuerdos en esas noches frías, en que la anciana la arropaba y le contaba cuentos.
A la débil luz de una vela, ella le leía y su abuela ponía toda su atención en escucharla. Le contaba historias y cuentos inventados por ella y eso les hacía feliz a las dos. Se reían, se abrazaban y se despedían hasta la mañana siguiente. La vela se apagaba y en el humo desaparecían recuerdos llenos de amor.
                                                                                       
                                                                                              ©María Manrique Fabelo.