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martes, 7 de marzo de 2017

La luz de los recuerdos



Escena de noche de Peter Paul Rubens

La abuela la llevaba de la mano. Así la recordaba ella; una abuela algo más joven que la que ahora veía. 
Se le acumulaban los recuerdos esa noche, tan frescos y tan hermosos, que le dolían. Sí, porque ya no podría vivirlos como antes.
Recordaba sus paseos con la anciana mientras le hablaba de la naturaleza, de las propiedades medicinales de las hierbas que iban encontrando por el camino, de las estrellas, del sol, que era la luz que nos alumbraba a todos.
Pero ahora, los ojos de la abuela no percibían la luz. Ella era ahora la luz de sus ojos. Era sus manos, las manos que con tanto amor habían cultivado un pequeño jardín de rosas, solo para ella.
Cada noche, la niña encendía una vela y se la acercaba para que notara su calor; para que supiera que no estaba a oscuras. Se le acumulaban los recuerdos en esas noches frías, en que la anciana la arropaba y le contaba cuentos.
A la débil luz de una vela, ella le leía y su abuela ponía toda su atención en escucharla. Le contaba historias y cuentos inventados por ella y eso les hacía feliz a las dos. Se reían, se abrazaban y se despedían hasta la mañana siguiente. La vela se apagaba y en el humo desaparecían recuerdos llenos de amor.
                                                                                       
                                                                                              ©María Manrique Fabelo.

domingo, 5 de marzo de 2017

A- Bisabuela y setas, B- Primera visita al museo

Imagen 3 (Primera opción)
Escena de noche: Autor, Peter Paul Rubens.

BISABUELA Y SETAS

Como mi abuelo está enfermo y la abuela le tiene que cuidar me han traído a casa de la bisabuela, en el pueblo. La bisabuela se llama Marutxi, cada vez que la veo es más pequeña y la ropa le queda más grande, pero sigue oliendo a romero y a galletas, tiene la piel tostada por el sol, fina, casi transparente, llena de arrugas y venitas azules, sus caricias son suaves como de alas de mariposa y su voz es bajita y temblona como ella.
Su casa no es muy grande y se enfría a medida que te alejas de la chimenea, pero en su cama la magia de las botellas llenas de agua caliente nos dan calor en los pies y en la espalda mientras me duermo acurrucado a su lado.
Marutxi vive sola con sus recuerdos y un gran perro mastín al que llama Tarzán, los dos deben tener la misma edad porque andan y miran igual.
El año pasado murió el bisabuelo pero ella sigue hablándole como si estuviera en la habitación de al lado.
Marutxi me enseña cosas que nadie más sabe en mi colegio, me enseña cómo encender mi vela con su vela, como coger los huevos de las gallinas sin despertarlas y como encontrar setas a los pies de los árboles del bosque, me enseña a cogerlas y a colocarlas en la cesta. Los árboles, por la mañana, huelen a tierra mojada y dejan pasar los primeros rayos del sol para que les calienten las raíces; Marutxi me mira y señala con la vara de avellano hacia un lugar cercano, enseguida las veo asomar y voy a por ellas. Volvemos a casa despacio con las cestas llenas y, mientras me lavo las manos huelo a setas fritas y oigo el crepitar de los huevos en la sartén.

Autora: Amaya Puente de Muñozguren
Obra registrada, todos los derechos reservados.

Imagen 3, (Segunda opción)
Escena de noche, Autor: Peter Paul Rubens.

PRIMERA VISITA AL MUSEO
Hoy nos vamos de excursión al museo, dice la "profe" que es un sitio lleno de imágenes que se han parado en el tiempo, "Imágenes que pintó un artista", no sé muy bien qué quiere decir con eso pero como me gusta tanto pintar quiero verlo. Nuestra profesora lleva un paraguas amarillo, cerrado, y dice que no debemos alejarnos de él. lo llevará en alto para que lo veamos. Luisita, mi novia, me agarra de la mano, (como sólo tiene siete años la tengo que cuidar); nos reímos al ver las figuras de señores y señoras desnudos en la entrada del Museo, ella se pone colorada, yo también.
Llegamos frente a un cuadro que representa a una mujer anciana y un niño, la "profe" nos explica algunas cosas sobre el autor y los materiales que utilizó. Yo, de repente, me quedo solo ante el cuadro, no veo ni oigo a nadie; nos hemos quedado solos los tres, les entiendo, huelo los aromas de polvo y campo de sus ropas, noto la distinta temperatura de sus pieles, siento la luz y el calor que viene de la vela que nos alumbra, acerco mis dedos y noto la llama que me quema la palma de la mano.
En algún lugar lejano alguien grita mi nombre, cierro la mano y con el calor de la vela en ella busco el paraguas amarillo de mi "profe".

Autora: Amaya Puente de Muñozguren.

Todos los derechos reservados. Obra registrada

sábado, 18 de febrero de 2017

La fiesta de las candelas







   El fin de la guerra trajo la desgracia a Gretel. El día que se firmó el armisticio, llegó un mensajero portando la noticia de la muerte de su hijo en el campo de batalla; su nuera falleció semanas después al dar a luz a Rupert; años de pertinaz sequía agostaron las tierras que su esposo le dejó al morir y hubo de vender lo poco que le quedaba para saciar el hambre voraz de acreedores sin escrúpulos.

  Estrenó, pues, ancianidad pidiendo limosna. Ella, que había sido siempre orgullosa, apelaba a la compasión de sus vecinos para que a su nieto no le faltase un mendrugo de pan. Por las noches, algún alma caritativa les daba cobijo: Un pajar era para ellos tan fabuloso como el palacio de un príncipe.

  Pero un edicto del rey prohibiendo la mendicidad les arrebató la pizca de dicha que aún les quedaba y hubieron de abandonar la aldea pues nadie se atrevía a socorrerlos y despertar la ira del monarca.

  Una noche que cargaban su desesperanza tras recorrer muchos caminos, avistaron una luz a lo lejos. Gretel se dejó arrastrar por Rupert y quedó deslumbrada con la algarabía de un campamento de zíngaros que celebraban su fiesta. El niño perdió el habla al ver la danza alrededor de la lumbre. Insumisa a toda autoridad, una gitana les tendió una vela y los invitó a unirse a sus cánticos. 

  Nunca más se supo de ellos pero, desde entonces, cada dos de febrero se iluminan unas estrellas gemelas en el firmamento que alumbran el camino de los que no tienen hogar. 



Ana Madrigal Muñoz 





La bruja Filandona

"Escena de noche" de Pedro Pablo Rubens


Ricardito era el único de la familia y del colegio que creía en las brujas.
Contaba, a quien le quisiera escuchar, que casi todas las noches se sentaba en el borde de su cama la bruja Filandona. En realidad, tenía el aspecto de su tía-abuela Esperanza, su voz y hasta su aroma a incienso rancio, pero Ricardito sabía que no era ella, porque a lo largo del día nunca hablaba, ni sonreía, ni le prestaba la más mínima atención.
La primera vez, Filandona le explicó que venía de tierras de León. Allí se reunían los abuelos a contar historias y cuentos por la noche, casi siempre de terror, junto al fuego. Pero a ella, por miedo a sus brujerías, nunca la dejaron participar, obligándola a hilar alejada del grupo. Es por ello que buscó un alma infantil que quisiera escucharla, y decidió poseer el cuerpo de su tía , y pasar las noches junto a él ayudándole a dormir. Misión fracasada, porque el niño solo quería escuchar Garbancito. Una y otra vez. El único que le emocionaba. Ella, harta, amenazaba tras el cuento: “Niño, si no duermes, vendrá el hombre del saco. Al pequeño todo esto le parecían pamplinas. Pretextos para no darle el capricho.
Hasta que una tarde llamaron a la puerta, y escondido tras los pantalones de su hermano mayor, escuchó una voz grave, vio unos zapatos raídos y… ¡Un gran saco! Filandona tenía razón, el hombre del saco había intentado entrar. El miedo le produjo temblor de piernas, tartamudeo continuo, y una decisión firme de, a partir de ese momento, dejar narrar a Filandona todo lo que quisiera. Con tal de evitar las terroríficas visitas…
No hubo ocasión . Esa noche durmió en otra cama. Su padre lo llevó al cuarto del hermano durante varios días. Que la tía estaba muy malita, le dijeron. Filandona no volvió. Jamás pudo confirmarle que al fin creía en los hombres del saco y en los ogros traga-niños. Alguna vez sospechó si no sería Esperanza la que iba a susurrarle a la luz de la vela. Pero lo desechó enseguida. Ella no tenía poderes, ni hablaba nunca con él. De hecho, ni se dignó despedirse.
Manoli Asenjo.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Velando sueños


Escena de noche (Peter Paul Rubens)

Abuela Inés creía que encender velas ayudaba a las ideas a cobrar forma. Decía que cualquier sueño, por imposible que pareciese, tenía su hueco en la imaginación, y para encontrar la salida necesitaba luz, mucha luz. Si alguna vez me sorprendía pensativa, con cara de preocupación o llorosa, me hacía una seña para que la siguiese. Yo trataba de disimular, porque en casa todos decían que no hiciese caso a la abuela, que tenía floja la cabeza desde que se cayera por coger moras, y continuaba un tiempo con la tarea que tenía entre manos antes de seguirla. Las dos sabíamos que las cabezas flojas son las que mejor ven todo tipo de ideas, porque estas cosas vienen de otros mundos, y en las cabezas duras no entran.

Abuela tenía su propio ritual, en el que me invitaba a describir mi idea, con todo lujo de detalles, en las hojas de un cuadernillo hasta completarlo. Después doblábamos cada cuartilla, echándolas en su cesta de mimbre a la espera de la media noche. A la hora indicada, encendíamos unas cuántas velas y quemábamos las cuartillas en un plato de acero que colocábamos sobre una toalla mojada. Abuela Inés decía que, con los cuatro elementos representados, la idea abandonaba el mundo de la imaginación y se concretaba.

Aún hoy, tropecientos años después de la muerte de abuela Inés, en cada víspera de su aniversario, escribo nuevos deseos al tiempo que me parece verla, a la luz de las velas, con su cesta de mimbre llena de moras, aquellas que en su día se le escaparon de las manos.
                                                                                                                   
                                                                                                                       © Manoli VF

lunes, 13 de febrero de 2017

El infante.

Imagen 3. "Escena de Noche" de Pedro Pablo Rubens.
Título: El infante.
Aquella tarde, papá se enfadó  conmigo. Regresé  a casa con los pantalones rasgados y llenos de barro. Le dije que había  sido un soldado  de tierra que salvó  su vida y la del pelotón  gracias a las trincheras, pero él  no lo comprendió. Inquirió  el porqué de mi comportamiento y no supe que más  decir. Me recriminó a voces mi aspecto  y el de mi ropa y se marchó, no sin antes darme un bofetón...
Papá  no me entendía. Siempre me miraba con ojos extraños  y con aquella expresión de rabia, era como si me culpase de algo... Desde que mamá  se marchó, creo que dejó  de quererme...
Con abuela todo era  diferente. Mi vida era diferente... Entré  en el salón  y allí estaba ella, sentada en la mecedora junto a la ténue luz de una vela. Entre sollozos, me acerqué  a ella y la besé.
Sus dedos pulgar, índice y corazón envolvieron mi  barbilla y, con aquella dulzura que le caracterizaba, levantó mi cara. En medio de un amago de seriedad, me miró a los ojos y me dijo: "querido, cada día  estás  más  hermoso y más cerca de ser todo un caballero".  De seguida, aquella fingida seriedad se rompía   con nuestras risas, mientras me apapachaba en su regazo... 
Abuela me recordaba a la primavera. Ella siempre olía  a flores, a jazmín  y azahar...  a suave lluvia mañanera... La piel de sus manos era fina, de tacto como la seda y emanaban  un  calor reconfortante. Cada vez que me acurrucaba entre sus brazos, me hacía sentír seguro, querido... en paz con el mundo. Me hacía olvidar cualquier mal que me hubiera podido pasar...
Tras los besos y los arrumacos, me dijo que fuese a por unas velas y que me  sentase a su lado y sin dudarlo, cumplí mi cometido. Entonces, se llevó  la mano al bolsillo de su delantal y me dijo: "vamos a ver que tenemos hoy por aquí..." De seguido, sacó  la mano bien cerrada, como si no quisiese que se le escapase algo. ¿Estás  preparado?- me preguntó- y yo, emocionado, le contesté que  sí.  Cuando abuela abrió su  mano, comenzó  la magia... 
Abuela no tenía nada en sus manos pero, a su vez, lo tenía todo para mí... Cada tarde, a la caída del sol, con el pretexto de hacerme olvidar las penas  endosadas o con la simple intencion de pasar un rato juntos, buscaba en su bolsillo una aventura que contarme, una nueva historia que vivir... 

© Orgav  (Verónica Orozco García)
Todos los derechos reservados.