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miércoles, 3 de enero de 2018

La Carta de Aziz


A ti me dirijo, madre querida y añorada, más que las recompensas y delicias que Alá promete a sus fieles en el paraíso. Has de saber que me causó gran desconsuelo tener que abandonar nuestro amado pueblo, incluso arriesgando mi vida, al amparo de la oscuridad de la noche, mas no concebía otro proceder mi consternado juicio. La inesperada carga de otra familia sobre mis hombros y la perentoria necesidad de sostener nuestra ya mísera existencia, me llevó a tomar tan drástica resolución. 


No te importunaré demasiado con el relato de mi sorprendente y arriesgada aventura, atravesar las áridas montañas dejó en mi cuerpo la huella indeleble de lacerantes heridas en pies y manos debido a lo precario de mi humilde equipamiento. Agradezco al Altísimo que una piadosa mujer me las vendase por caridad.



Tampoco detallaré el trato humillante y vejatorio infligido por los amos del tráfico. Punzante sin duda, aguda y extenuante fue la batalla que debí librar con mis propios pares por un mísero hueco en la frágil embarcación. 

Pero eso no es nada, madre mía, comparado con el inaccesible muro de descomunal altitud provisto de múltiples hileras de rígido alambre de espino cuyas púas se clavaban sin piedad en nuestros magros miembros, ya debilitados por la ardua travesía. 

Con todo, ni las piedras del desierto, ni la crueldad de mis enemigos, ni el penetrante y frío azote de las olas en la noche y al riguroso sol, ni las punzantes púas del feroz guardián, serían comparables al trato inhumano de quienes se llaman mis semejantes. Tan terrible experiencia quedó clavada en mi alma y en mi cuerpo como el alambre espinoso y ojalá que cuando recibas esta carta aún viva para guardarla en mi memoria y pueda contarla a mis nietos, si Dios me permite algún día regresar a la tierra amada y verme rodeado de mis seres queridos.

Tu hijo que te ama con veneración,
Aziz.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Sospecha

Una sensación punzante despertó a Kate de madrugada. Sentía la frente atravesada por metales puntiagudos. En el espejo descubrió las primeras incisiones. Eran aguijones lacerantes que le abrían la carne.
Rota de dolor, se cubrió el rostro para ir a Urgencias. Los médicos se sentían incapaces de detener o aliviar aquella extraña dolencia.
"¡Dorian!" Recordó la fuerza de sus garras subiéndole el vestido y clavándole las uñas en las nalgas. Había conseguido zafarse pero la amenazó con arruinar su porvenir como modelo. La agotadora sesión fotográfica había acabado de forma humillante y, además, no publicarían el reportaje.
Cuando dos redactores de la revista forzaron el laboratorio de Dorian, se quedaron helados de espanto: una colección de fotografías femeninas perforadas con alfileres, púas y clavos adornaba las paredes. Todas aquellas modelos habían visto malograda su profesión.
Collage de Ulla Jokisalo 

sábado, 16 de diciembre de 2017

EL MALHECHOR ATRAPADO

Fotocomposición de Estrella Amaranto con imágenes bajadas de la red.

—J.G.A. Despacho de abogados. —respondió al teléfono.

Un leve jadeo y luego silencio es lo único que escuchó. Aquello le produjo cierta inquietud, aunque pensó que podría tratarse de alguna equivocación, de modo que volvió a su quehacer rutinario. 
De nuevo, el teléfono volvió a sonar. Lo descolgó de forma automática repitiendo la misma frase. Una vez más nadie le respondió, aunque volvió a escuchar el mismo resuello.
Comenzó a notar como su garganta se le secaba como un papel de lija. Poco después sintió unos fuertes pinchazos en el pecho seguidos de cierta asfixia.
Escuchó el timbre de la puerta y cuando ya estaba abriéndola se produjo un apagón general, que dejó todo a oscuras, poco después advirtió como un desconocido lo empujaba colocando la punta de su navaja en el cuello, lo que le provocó unas leves incisiones, por las que empezaron a brotar finos chorros de sangre. Sacó un punzón de hielo y procedió a clavárselo en el brazo para que no osara moverse de la silla en que lo había sentado, aunque él trató de defenderse arrojando a su raptor una figura de escayola a la cabeza, que no llegó a rozarle.

—Entrégueme el expediente con la lista de socios de la compañía Atlantic Free Trade —le amenazó el desconocido.

—¡Imposible! Se trata de un documento privado y no estoy autorizado para dárselo —contestó el abogado.

De pronto, Charly saltó desde la ventana abierta hasta la espalda del tipo, que no sabía cómo librarse de sus afiladas garras, clavándoselas profundamente y desgarrándole el jersey, mientras se giraba inútilmente para deshacerse del felino, que continuaba arañándolo sin piedad, lo que permitió que J.G.A. cogiera el punzón de hielo y se lo clavase en la sien, dejándolo abatido en el suelo.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

martes, 12 de diciembre de 2017

El camino que va a la ermita


Santuario de Las Ermitas (Orense)

La niña se ha detenido al borde del camino. El padre se agacha para verle los pies, maltrechos y desollados.
―Se me ha metido otro pincho, papá.
―Ponte los zapatos, hija, que ya estamos cerca―pide el hombre.
―¡No puedo! He de hacer caso a la madrina…
―¿Qué sabrá la madrina? Dios no quiere que sufras…
―¡Pero si me los pongo mamá no se curará! ¡Mira cuánta gente va bajando a la ermita de rodillas!
El padre asiente. Una lágrima muere en sus ojos antes de mojar su cara. Sabe que es inútil que insista. La madrina le ha metido a la pequeña, entre ceja y ceja, la idea del sacrificio. Y todos en casa apoyándola, echándole en cara a él que la niña no cumpla el ofrecimiento. Mira las heridas de sus pies con el corazón hecho añicos.
Cada diez pasos se detiene. Los ha contado. Ahora son seis. Menos mal que ya se divisa la ermita. Cuando llegan es de noche y la niña tampoco quiere ponerse los zapatos.
―Las piedras de la iglesia me alivian, padre.
El hombre ruega, ruega porque se cure su esposa y no se enferme ahora ella.
Pasan la noche en un establo.
―Ponte ya los zapatos, hija.
La niña obedece, más que nada para que su padre se duerma. Una vez que puede oír su respiración tranquila se descalza. Abre la puerta del establo y alarga sus pequeños pies hacia la intemperie:
¡Qué fresca y agradable es la lluvia sobre las heridas!

MVF©

miércoles, 6 de diciembre de 2017

EL FUTBOLERO


Juan era un forofo incombustible de su equipo. El de sus sueños y desvelos. Todos los días saludaba a los jugadores, uno por uno, mirando el gran poster de su habitación; luego, se desprendía del pijama blaugrana y se duchaba, secándose con las toallas, adornadas con sus colores. A la hora de alimentarse disponía del menaje completo, con el escudo grabado en cucharas, tenedores, tazas, ollas…
Cuando Anselmo, su nuevo vecino, aceptó la invitación a comer en su casa, empezaron, afables, su conversación. Pero, como los recuerdos del equipo catalán estaban por toda la casa, Anselmo comenzó a sentirse incómodo. No era seguidor del Barça y, aunque lo fuera, le dijo, no sería capaz de hacer girar toda su vida alrededor de unos hombres dando patadas a un balón. Una vez que finalizó de hablar el incauto, Juan, colérico, introdujo uno de los tenedores de la colección en toda su yugular. Anselmo, sintió ese objeto punzante, inofensivo hacía un rato, cómo desgarraba su vida y su alma.
El fanático lo dejó agonizar, extrajo el tenedor y lo lavó con esmero. Acto seguido lo utilizó para terminar de comer el plato, aún humeante, que había dejado a medias.
(Foto de mi autoría)
[Escribir con los cinco sentidos. El tacto punzante]