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miércoles, 26 de julio de 2017

Yo soy yo



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Robin (Truls Espedal)

¡Qué bien que hayas venido, petirrojo! pensé que no volvería a ver a ninguno de mis amigos. ¿Han regresado ya las golondrinas? ¿Han nacido los polluelos de los jilgueros y de los verderones? Cuidado con el cuco, ya sabéis que pone sus huevos en otro nido para aprovecharse de los padres. Dame noticias, por favor. Yo estoy bien, solo echaba de menos hablar con alguien. Aquí, entre estas cuatro paredes los minutos se hacen horas, el tiempo resulta una eternidad. ¿Que cuándo saldré de aquí? No lo sé, ni siquiera sé si saldré algún día. Ya sabes cómo se enfadó mamá cuando se organizó el alboroto con los gorriones y los estorninos que se congregaron más y más en el Centro Comercial la tarde que se me ocurrió desmigajar las magdalenas para alimentar a uno que se coló por el tejado de plástico. "¡No, si esto ya me lo temía yo, que me pondrías en ridículo cualquier día!", decía mamá sumida en un mar de llanto, mientras la gente corría despavorida y los empleados trataban de espantar a los pájaros, vociferando y agitando las manos con frenesí. "Basta de darme disgustos. Te llevaré a un internado, que es donde deberías estar desde hace tiempo". ¿Qué culpa tengo yo de recordar el idioma de las aves? Se ve que en el tránsito de una vida a otra conservé mi lenguaje anterior. Comprendo a los pájaros desde que nací, sin embargo con los humanos, aunque entiendo su lenguaje, soy incapaz de comunicarme. Dicen que tengo algún problema en mi cabeza, TEA o ASD en inglés, o algo así... Pobre mamá. Lamento no haber sido la hija que siempre quiso tener.

María José Triguero Miranda

viernes, 31 de marzo de 2017

Solo quiero que me dejen sola








   He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. No sé por qué no me dejan tranquila. ¿Acaso les molesto yo a ellos? Me atosigan con besos y abrazos. Se acercan tanto a mí que sus caras se convierten en globos gigantes. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.


   Ellos no entienden nada. No entienden que me guste jugar sola. Guardarme en los bolsillos piedrecitas del camino; ponerlas una al lado de otra en la alfombra del salón y formar una estrella. Pero ellos no entienden nada. No entienden que, cuando mi hermano Jaime desbarata de una patada mi dibujo, todo se vuelve negro. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.

   Mis padres se empeñan en llevarme a sitios extraños. Señores y señoras con batas blancas me miran por arriba, por abajo. Me dicen: “Haz esto, haz lo otro, date la vuelta, levántate, siéntate, vuelve a levantarte”. Me hacen mil preguntas. Me quedo muda. No los entiendo. Escriben sin parar, fruncen el ceño, discuten en voz alta. Vuela en el aire una palabra extraña: “Asperger, Asperger”. Papá se enfada. Mamá llora. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo. 

  He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. Ya no estoy asustada. Estoy sola, tranquila, feliz. Un petirrojo llega volando. Se posa en mis trenzas y me susurra al oído palabras que solo yo puedo oír.







© Ana Madrigal Muñoz

Todos los derechos reservados

martes, 28 de marzo de 2017

Como los gorriones



Truls Espedal "Robin".

A Pedro le cae bien, incluso le parece guapa, pero no puede decírselo a nadie, porque si lo supieran también se reirían de él. Solo lo sabe su madre, quién le alienta y tranquiliza; “si es eso lo que quieres, hazlo. Que no te importe lo que piensen los demás”.
Esta mañana mientras se lavaba los dientes frente al espejo, se ha observado y se ha sentido mayor. No tanto como sus padres, pero sí como su primo Elio, al que ya le dejan ir solo al cine. Con la boca llena de espuma blanca ha verbalizado su deseo.
En el tiempo de recreo, después del comedor, Pedro huye de nuevo del bullicio del patio; sabe donde encontrarla. Está sentada frente a la verja que linda con el parque, porque a Sara le gusta observar el ir y venir de los gorriones entre las ramas de las jacarandas. Se asusta cuando el niño se sienta a su lado. Empieza a balancear su cuerpo hacia atrás y hacia adelante, sin mirarle en ningún momento, hasta que se calma y se siente segura de nuevo.
Pasan un buen rato mirando a los pájaros, en silencio. Es entretenido verlos, hay uno posado en una rama, acicalándose el plumaje, de repente llega otro y se posa a su lado manteniendo una distancia prudente. Poco a poco se va aproximando, dando saltitos milimétricos; al tercer movimiento el que estaba distraído con sus plumas se percata del acercamiento y sale volando. Pedro aparta la vista de los gorriones cuando Sara se levanta; la ve caminando a paso rápido hacia el punto rojo donde forman la fila, le gusta ser la primera… Él sabe que le llevará tiempo, que tiene que acercarse a ella con cuidado.
Autora: Ana Pascual Pérez.

Pájaros en la cabeza.

Imagen n°10
Título: "Robin" de Truls Espedal.
Título  del relato: Pájaros en la cabeza.

¡Qué pesados son los mayores! Me  pregunto  qué   tendrán  en sus cabezas... 
Se pasan todo el día pendientes de las obligaciones, incluso me han mandado un montón de ellas  con la excusa de que tengo que llegar a ser una persona de provecho: que si debo hacer mi cama, que si una señorita que se precie debe cepillarse el pelo, que si debo mantener mi ropa limpia, que si mi habitación debe de estar ordenada, etc.
Creo que los mayores no comprenden lo complicado que es ser niño, ¿de verdad lo fueron? No sé yo...  El  único que me entiende es abuelo Robin, ¡seguro que él sí fue un niño! Pero el pobre es tan viejo que no creo que lo recuerde. Abuelo siempre le dice a mis padres: ¡Dejad a la chiquilla que se divierta, tiene edad de ello!
Y es que no comprenden, por ejemplo, que no puedo estar perdiendo el tiempo en cepillarme el pelo; para ganar la batalla  al enemigo necesito llevar mis trenzas, así  es como mejor se lucha. ¿Y cómo  creerán  que puedo mantener mi ropa limpia si tengo que estar enfrentándome a terribles dragones y rescatando a príncipes y caballeros en apuros? ¡Eso es imposible!
Lo de la habitación  ordenada es el remate de los tomates. Que  me expliquen cómo se  puede construir un fuerte que te proteja de los tiranos, los hechiceros y de los días de tempestad y tener la habitación  ordenada. ¡No se puede, de verdad!  Con la de horas y cosas  que se necesita  para construir un fuerte perfecto que no se destruya con el más  mínimo  temblor de la batalla.
En fin, pienso que los mayores nunca serán  personas de provecho con esas ideas,  ¡si hasta hacen la cama todas las mañanas para deshacerlas otra vez por la noche!  La verdad... yo no los tendría  en mi batallón.
© Orgav
Todos los derechos reservados.

La niña de las trenzas en rama


Robin de Truls Espedal

Roberta recogía pájaros solitarios lo mismo que mucha gente recoge gatos callejeros o cachorros de perro que nadie quiere. Desde niña se entendía mejor con los gorriones y con las palomas que con los niños de su edad o incluso con las personas mayores. La única que parecía comprender su amor por los seres alados era Aurora, su abuela. Solo ante ella, Roberta se sentía libre de actuar sin vergüenza ni culpa, sin esa extraña sensación de que la dieran por loca cada vez que atraía a estas pequeñas criaturas.
El mejor momento era siempre el paseo por el bosque cuando iban las dos juntas. Aurora contaba que entonces, Roberta estiraba sus largas trenzas y siempre aparecía algún gorrión dispuesto a posarse en ellas. Durante mucho tiempo me negué a creer estas cosas, convencida de que solo eran cuentos de una abuela que adoraba a su única nieta. Cuando entré en su casa como asistenta, me pareció que Roberta era una joven como cualquier otra, que sentía pasión por los animales y cursaba el último curso de veterinaria en la ciudad vecina.
No volví a pensar en el tema hasta después de la muerte de Aurora, cuando su hija me mandó recoger su habitación y hallé, en uno de los cajones del armario, una extraña fotografía. En la imagen podía verse a una niña de espaldas, con las dos trenzas elevadas en horizontal y, sobre una de ellas, posando con la misma naturalidad que si estuviera en la rama de un árbol, un pequeño petirrojo.

                                                             © MVF