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| Alicia Muñoz Alabau |
Recibimos en el blog a una autora vocacional, Alicia Muñoz Alabau, para la que la escritura es mucho más que una afición o profesión: una forma de estar en el mundo. Escritora valenciana y compañera, con la que he coincidido a veces en antologías, ya que forma parte del nutrido grupo cultural Valencia Escribe (al igual que una servidora), y que, generosamente, nos ha hablado de su proceso creativo y compartido algunas de sus creaciones. Dejamos que Alicia tome la palabra:
No hay exactamente un
comienzo de mi yo como escritora, desde siempre me recuerdo escribiendo. Era
una lectora voraz y los libros me sirvieron de refugio desde niña, pero además
necesitaba escribir mis propias historias, transformando las que leía o, en
muchas ocasiones, como desahogo para poder interpretar mis sentimientos y
entenderme un poco más a mí misma. Durante muchos años, esos escritos fueron
exclusivamente míos, totalmente privados y celosamente escondidos. No pensaba
que pudieran interesar a nadie y pensaba que a través de ellos me exponía
demasiado, por eso me daba mucho pudor sacarlos a la luz.
No fue hasta 2006 cuando
algo que había escrito y que pretendía ser un homenaje a la fortaleza femenina
(sobre todo a mi madre) se convirtió en un relato que me pareció bastante digno
como para presentarlo a un concurso. Ganar el segundo premio fue el empujón
que, al parecer, necesitaba. Sentirme valorada de esa manera me infundió
confianza y, poco a poco, el relato original fue convirtiéndose en novela. Así
nació Ponerse alas, publicada por ed. Atlantis en 2012. La novela,
que trataba de las mujeres como cuidadoras y de las redes invisibles de ayuda
que consiguen tejer gracias a la amistad, tuvo muy buena aceptación, pero sobre
todo, me permitió conocer a personas maravillosas vinculadas al mundo literario
y participar en grupos de autores y antologías que me han proporcionado grandes
satisfacciones. En 2016, publiqué De dolientes y duelos, con ed.
Neopatria, un conjunto de relatos que exploraban los procesos de la pérdida y
el duelo. Todo un mosaico de emociones que se desplegaban pasando desde la
hecatombe emocional hasta la indiferencia, pasando por el replanteamiento o la
renovación.
Y también con ed.
Neopatria, vio la luz el poemario Dos mitades y un cuarto, escrito
mano a mano con mi amigo Alberto Soler, médico psiquiatra y escritor, en 2017.
Podríamos decir que fue la experiencia que me convertía, a ojos de los demás,
en poeta. Creo que la poesía había habitado en mí en todo momento, pero solo de
forma muy tímida y esporádica se había hecho explícita. Con la recopilación de
poemas que quedaron plasmados en ese libro, me di cuenta de lo mucho que había
escrito y lo poco que había tenido en cuenta esa faceta mía. A partir de
entonces, el cuerpo no he dejado de pedirme poesía y no he dejado de sentirme
afortunada por ello, ya que la inspiración me parece un proceso mágico a través
del cual la inquietud se convierte en serenidad y el desconcierto en alivio. En
cierto sentido, podría decir también que mi escritura surge del dolor y es una
manifestación que me libera.
Mi sensibilidad me ha
hecho ser extremadamente permeable a todo tipo de situaciones y emociones, creo
que percibo rasgos muy sutiles de mi entorno y vivo de manera muy intensa todo
lo que ocurre a mi alrededor, de ahí que la escritura me sea de gran ayuda como
terapia para plasmar todo aquello que no logro entender ni interpretar de modo
racional. Se trata de un vuelco creativo que nunca deja de sorprenderme, de un
rasgo definitorio de mi personalidad que se ha convertido en algo esencial; sin
escribir, simplemente no sería yo. La escritura es mi aliento, mi vida, una experiencia
totalmente imprescindible, me resulta más necesaria que comer.
Mi publicación más
reciente en solitario ha sido 94 lunares, ed. OléLibros, Según
Elga Reátegui en el prólogo: “…poemario intenso, caótico y arrebatado donde
muestra a pecho abierto la libertad y la satisfacción de amar a su modo, con su
terca entrega y pasión desbordada (…) La poeta imagina y recrea a su antojo a
partir de experiencias que pueden o no ser propias, pero que expone con tanto
realismo e intensidad, que nos creemos y sentimos todo lo que comparte”.
Por otro lado,
compartiendo espacio en antologías junto a otros escritores, he publicado más
de veinte relatos, con los grupos Generación
Bibliocafé y Valencia Escribe, y
con la editorial solidaria Vinatea, Treinta
Mujeres Fascinantes en la Historia de Valencia y Mujeres en construcción (perdonen las molestias). Formo parte de la
Plataforma de Escritoras del Mediterráneo y durante 2020 he publicado en la
antología Creadoras Mediterráneas
Modernas y Contemporáneas (con un breve ensayo sobre Zenobia Camprubí), en los dos volúmenes de VisiBiliz-Arte (mujeres en el arte y
mujeres pintoras) y en el libro número veinte de Generación Bibliocafé, 2070:
Relatos líquidos. En el blog Proyecto Metamorfosis (la palabra puede
cambiar el mundo), he publicado algunos artículos breves de filosofía.
Acepto encantada todos
esos retos colectivos y disfruto muchísimo con el encuentro y el aprendizaje
gracias a otros compañeros, ahí la creación se convierte en un juego porque has
de atenerte a los temas, la extensión, etc., sin embargo lo que me nace porque es aquello
que llevo impregnado en la piel es la poesía y a ella dedico mis momentos más
íntimos y personales, ahí es donde se encuentran todos mis gritos silenciados y
mis suspiros.
Fragmento de un relato
inédito:
“ Sé que no me quieres porque nunca me acariciaste sin
motivo, nunca nos miramos con complicidad en medio del gentío, nunca se
entrelazaron nuestras manos bajo la mesa de un restaurante, nunca apretaste mi
muslo en medio de una comida familiar, nunca se te notaron las ganas de besarme
sin motivo alguno. Pacientemente soporté la espera, ingenua y ciegamente. Creí
que lo tenía todo contigo y no tenía nada. Quise creer que esa era la forma en
la que tú querías, que a lo mejor no sabías querer de otra manera, que así
querían los tíos muy machos… qué sé yo cuántos consuelos absurdos.
Me esmeraba en no enfadarte y dejabas bien claro que
odiabas que te dijera que te quería, pero yo intentaba hacértelo saber de todas
las formas posibles. Tenía confianza, confiaba en que mi insistencia tendría
recompensa, me decía a mí misma que tenía que ser paciente, que el agua acaba
horadando la piedra y que, del mismo modo, mi ternura acabaría calando en tu
pétreo corazón. Me decía a mí misma que me querías, pero que no sabías
demostrarlo… esperando que tus ojos negros me quisieran mirar de otro modo
algún día.
Y no sé cómo ha ocurrido, la verdad, pero te
juro que no ha sido premeditado ni nada de eso. Creo que un día sin más me
levanté y mientras daba vueltas y más vueltas al café con leche, se me fue
volando la cabeza al ritmo de la cucharilla y me vi de repente contemplando el
cielo por la ventana de la cocina y conforme se movían las nubes fui
escribiendo mentalmente lo que de verdad sentía.
No
iba a saber cómo hacerte ver que lo nuestro tenía que acabar porque tú no me
querías, porque en realidad nunca me habías querido. Te habías acomodado a mis
piernas, a mis manos y habías echado raíces en mi ropa, pensando que cada vez
que me vestía un pantalón, una falda, una camisa, te llevaba conmigo. Y es por
eso que hoy encuentras mi armario y mis cajones vacíos, y por lo que estarás
leyendo (supongo) estas hojas que dejé sobre la mesa. Porque no me atrevía a
decirte nada cara a cara, que ya sabes que me aterrorizan tus ataques de mal
genio, pero como ves, es algo que viene de lejos. Que creo que tampoco te
extrañará tanto, vamos, que digo yo que a lo mejor me echas un poco de menos,
pero que se te pasará seguro en poco tiempo…, teniendo en cuenta que no me
quieres, que nunca me quisiste, y que en el fondo eso es algo que vas a
reconocer, aunque te joda.”
Poema inédito
Qué somos…
Dos soledades
que se encuentran,
dos soledades,
eso somos.
Dos miradas
en pausa,
dos corazones
con sed de agua,
dos amantes
en expectativa
de que llegará el
momento
de una entrega
entre las sábanas.
Dos cuerpos
repletos de
dolores intensos
que cavaron
grietas
en las dobleces
del alma.
Dos pieles
cuajadas de
nervios
a la espera
del aluvión
gratuito
de caricias
robadas.
Dos pupilas
dilatadas
ebrias de pasión y
duelo.
Dos iris
hambrientos
en perpetuo estado
de atrevimiento.
Diez huellas
dactilares
entrelazadas.
Relato publicado en la antología ¿Cuánto
pesa un libro?, Generación Bibliocafé, abril 2017
A solas
He
mantenido la habitación en penumbra. Abrí los ojos esta mañana, pero no quise
despertar. Me aferré a la almohada para ver si aún reposaba allí tu recuerdo, o
tu olor, algún rastro de ti, algo tuyo. No desayuné ni siquiera. Sabes que no
puedo ponerme en marcha si no desayuno. Pero, hoy no voy a salir a la vida
hasta que mis lágrimas se sequen solas.
Pasaron
las horas y no amanecía. Había salido el sol, eso era cierto, pero nada parecía
indicar que se acercara un nuevo día. Todo permanecía igual, todo era lo mismo.
Decidí no amanecer yo tampoco. Dormitaba a ratos, sollozaba, mantenía la mirada
fija en ningún sitio. Intuí una claridad amenazante a través de las rendijas de
la persiana. Pero, hoy mis lágrimas van a secarse en soledad.
En
soledad digo, ¿lo entiendes? Que no voy a llamarte, ni escribirte, ni
arrastrarme como tantas otras veces. Que voy a resistir aquí, parapetada entre
las sábanas que cobijaron tanto despropósito, tanta desazón, tanta locura. Que
sacudiré la cama tantas veces como haga falta, para esparcir el calor de tu
pasión por el ambiente y respirar ese aire contaminado de ti hasta que me
ahogue. Porque hoy voy a secar, por fin, mis lágrimas.
Que
no es responsabilidad tuya. Que ya me dejaste claro que te marcharías cada día
que estuvieras conmigo. Y tuve que acostumbrarme a esa oscuridad. Ese hueco
profundo que se producía cada vez que cerrabas la puerta y yo volvía a sentir
que realmente solo era un entretenimiento para ti. Y, al fin y al cabo, se
supone que ya soy una adulta y que no debería engancharme a un tío tras otro,
que debería convertirme en mi mejor amiga. Hoy voy a dejar que mis lágrimas se
sequen y no tomaré decisiones hasta que esa sequía me alcance toda.
No
escribiré, no te nombraré ni dejaré tu huella en mi literatura, no serás mi
inspiración nunca más, no quedarás plasmado en mis páginas lo mismo que has
hecho en mis emociones. No querré tenerte en mi recuerdo ni hallarás el honor
de entreverte esculpido por mis palabras. Voy a renunciar a las letras que
hablan de ti por autoprescripción facultativa, voy a intentar sobreponerme, voy
a salir de este encierro de escritura dañina en el que había sucumbido porque
todos mis poemas eran tú.
Venías
a verme, yo me ilusionaba, me abandonaba a ti y permanecía entregada a esa
utilización interesada que hacías de mí, de mi energía, de mi voz, de mi
cuerpo. Te empeñabas en que te recitara. Siempre querías escucharme antes de
hacerme el amor, o mejor dicho, de follarme. Eso era algo que me encantaba. Más
que el sexo aún. Había mucho más morbo, me recorrían mucha más inquietud y
estremecimiento cuando te detenías a oírme que cuando me penetrabas. Fumabas.
Entornabas un poco los ojos como entrando en trance y movías levemente la
cabeza al ritmo de la música de mis poemas mientras el humo del cigarro
maltrataba tu iris verdoso. Te acariciabas la perilla y me lanzabas miradas de
deseo que yo recogía y transformaba en acordes y rimas repletos de voces rotas.
Whisky y deseo. Yo, antes de conocerte, odiaba el whisky. Después, lo
convertiste en un elixir imprescindible. De nuestras citas y de tus ausencias.
Palabras,
lágrimas y whisky. Al final he tenido que regarlas con algo. No había tomado
nada en todo el día y dicen que, por lo menos, hay que hidratarse. Pero, en
definitiva, creo que acabarán por secarse, de un modo u otro. Mis lágrimas,
digo.
Otro
whisky y volveré a la cama. No he encendido el teléfono, no he abierto la
ventana. Ojalá se haya hecho ya de noche y pueda alardear del triunfo de haber
sobrevivido un día sin ti. Con reparo, suavemente, repaso mis párpados y mis
ojeras con la yema de los dedos para comprobar que la humedad persiste.
Desconocía que aún estuviera llorando, pero al parecer, se me está resistiendo
el sentimiento. Un sentimiento que desconocía, pero en esta sombra gris y fría
de hoy, tu figura se me desdibuja. Comienzo a pensar en que, la última vez que
te marchaste al ponerse el sol, apenas me habías besado. Simplemente te abalanzaste
sobre mí con prisa, de modo salvaje, con esa transformación que a veces te
poseía y que yo solía confundir con apasionamiento, cuando no con amor. Tal vez
uno. Quizá sólo me diste un beso fugaz en el cuello en el transcurso de aquel
par de horas de feliz desdicha. Porque eso eras para mí, felicidad fingida,
consuelo momentáneo, ilusorio, aunque con consentimiento, todo poesía.
Y ahora he querido, por fin, llorar a
solas. Purgar todo ese veneno que me diste y dejar tiempo para que se sequen
las lágrimas. Aunque sé que todo este concienzudo propósito tan solo me durará
hasta el momento en el que de nuevo llames a mi puerta.
Alicia Muñoz Alabau
94 Lunares (Olelibros)