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martes, 2 de marzo de 2021
María José Viz Blanco: 'Mujer árbol' un poema de Cristina Requejo
Con motivo del día de la mujer trabajadora, arrancamos esta semana dedicada a la mujer con un video de María José Viz Blanco que nos recita este maravilloso poema de la autora Cristina Requejo:
Mujer árbol
domingo, 28 de febrero de 2021
lunes, 15 de febrero de 2021
Anna López de Artiaga: La escritura es una manera de procesar el mundo
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| Anna López de Artiaga |
Nos complace recibir esta semana en el blog a una compañera de letras, Anna López Artiaga, autora de varias novelas y de amplia trayectoria en el género del microrrelato y del cuento. La prosa de Anna, clara y directa, consigue atraparnos desde los primeros párrafos, como buena cuentista. Agradecemos su generosidad al compartir con nosotros varios de sus micros y dejamos que tome la palabra para hacernos partícipes de su proceso creativo...
Nací en 1966. No recuerdo ver a mis padres leyendo, pero en casa había libros y se los trataba con reverencia. Un Quijote, una Antología poética y algunas novelas de aventuras. Mi padre recitaba de memoria a Calderón, Bécquer, Espronceda... y me compraba cuentos de Andersen en el kiosco. Después llegaron las novelas de Los cinco, Robinson Crusoe, La isla del tesoro, Mujercitas, Agatha Christie, Edgar Allan Poe… Leer se convirtió en pasión y escribir, inventar mis propias historias, me parecía la consecuencia lógica. Así fue como pensé por primera vez en ser escritora.
Me hubiera gustado decir que mi determinación era de hierro, pero se me atravesó el latín y me decidí por la Ciencia. Seguí leyendo, pero aparqué lo de escribir durante bastantes años. Hasta que un día, como con una droga a la que se ha sido adicta, tuve una recaída de la que ya no me he recuperado. Supe que en mi ciudad se convocaba un concurso de relatos, me encerré con el portátil y armé una historia de mujeres que naufragaban en un piso compartido del Raval barcelonés. El resto es la parte de la historia que algunos ya conocéis. Me fascina la literatura breve y participo habitualmente en concursos tan queridos como Esta noche te cuento o La microbiblioteca; pero también me siento cómoda en formatos más largos y he publicado dos novelas.
Leo y escribo por el mismo motivo: por placer. Al principio, la escritura era una manera de procesar el mundo que me rodeaba y entenderlo. Podía haber llevado un diario, pero algo me empujaba a inventar, a crear un mundo propio. Con el tiempo he descubierto que ese proceso de creación era emocionante en sí mismo, que las historias fluían y los personajes parecían tener vida propia. Decidí profundizar, aprender, y me enganché definitivamente. Escritura y lectura se han convertido en dos caras de la misma moneda y ya no entiendo una sin la otra. Escribo sobre lo que veo y lo que me interesa, sobre lo que me emociona y espero que emocione también al lector. Mis historias pueden ser cotidianas o fantásticas, pero siempre procuro que mis personajes respiren y sientan, que estén vivos y se parezcan a cualquiera de vuestros vecinos. Una frase, una conversación captada en el metro, un recuerdo, una noticia… cualquier cosa puede sugerirme el comienzo de un relato. Lo difícil muchas veces es continuar, seguir escribiendo después de esa primera frase dictada por la inspiración. Algunos relatos salen del tirón, pero otras veces hay que trabajar mucho para llegar a un final y poder decir honestamente: “esto es lo que os quería contar”.
Esto de juntar letras me ha dado alguna que otra alegría, he ganado algunos concursos, he conseguido publicar; pero sobre todo me ha permitido conocer a gente excepcional, amigas y amigos escritores con los que compartir y aprender. El contacto con las lectoras y lectores es otro de los tesoros que he podido disfrutar gracias a las redes sociales y a páginas como esta que son una forma maravillosa de acercarnos unas a otras.
Os dejo tres microrelatos para que me vayáis conociendo:
ROSTROS FAMILIARES
Mientras
doña Carmen habla, observo las fotos en marco de plata del aparador. En esta
que señala ahora, se ve a dos niños vestidos de marinero, las manos juntas, los
ojos en plegaria hacia el cielo.
—Son
muy guapos —le digo.
—Ya
tienen trece años —responde—, esa foto es de hace dos.
En la
de al lado, una pareja de novios se intercambia las alianzas. Él la mira con
gesto adusto y ella, ruborizada, se alisa el vestido para disimular la leve
curva del vientre. Son los padres de los gemelos, pienso.
—Nacieron
sietemesinos —apunta ella—, quizá en agosto puedas conocerlos, prometieron
venir en vacaciones.
Yo le
recuerdo que en agosto me voy al pueblo, pero que volveré en setiembre, cada
miércoles, como siempre.
—Sí,
ya me acuerdo —asegura, y recoge las revistas recortadas de encima de la mesa
mientras me guiña un ojo.
Sonríe.
Yo también. Después de merendar, saco una bolsa con revistas nuevas. Ella trae
las tijeras y los marcos de plata. Doña Carmen vuelve las páginas y escoge con
cuidado: esta semana se ha encaprichado de una nieta de trenzas rubias y una
hija empresaria, con traje chaqueta, que el próximo verano la llevará de
crucero.
“EL MUDO”
No son mariposas lo que tengo en el
estómago. Cuando abro la boca, se me escapan destellos dorados y no puedo
sonreír sin que parezca que está amaneciendo. Es poético, sí, pero un gran
inconveniente cuando eres funcionario de prisiones y bebes los vientos por un
interno.
Este,
y no otro, es el amargo origen de mi sobrenombre. Llevo años apretando las
mandíbulas en silencio, imponiendo disciplina con ayuda de un silbato (lo que
me ha valido un segundo mote: el urbano).
Yo
celebraría con gusto sus bromas pero temo que, con la risa, se me vengan todas
las luciérnagas a la boca y consigan la libertad.
TERCERO IZQUIERDA
Se
había mudado hacía ya seis años pero no conocía a ninguno de sus vecinos. De
lunes a viernes trabajaba en la fábrica de sopas instantáneas y, cuando regresaba a casa, sólo tenía ánimo
para pulir el hueco que había forjado en el sofá al calor de la pantalla de
plasma.
Nunca
había hablado con ninguno, los evitaba. Pero sabía que en el entresuelo vivía
una anciana, acelgas con patatas y pescado hervido; en el segundo una pareja
joven, macarrones boloñesa y bistec con patatas; y en el primero, un divorciado
que mataba el hambre a base de precocinados que calentaba en el microondas. La
escalera veintisiete de la calle San Pedro olía a indiferencia y rutina.
Hasta
un domingo de invierno en que el aire se vistió con el perfume de un caldo
paciente y, entornando los ojos, entregó
su pituitaria al éxtasis de los aromas olvidados: garbanzos, zanahoria, sofrito
de cebolla. Los recuerdos que dormían en su infancia invadieron la salita del
tercero derecha y una lágrima escapó temblando de sus ojos. El repicar del mortero
majando las almendras le susurró una promesa de pan frito y abandonó el sofá y
los videojuegos, decidido por fin a pedirle una tacita de arroz a su nuevo
vecino.
Y si
queréis leer algo más…
·
La
sombra del peregrino (Ed.
Célebre 2020). Novela. Finalista del Premi Bellvei Negre.
·
Hoy
tomamos la palabra (Ed. Maluma 2019). Antología de cuentos del
grupo Racó de dones escriptores de Sant Joan Despí.
·
Un
trayecto una historia (ed. Maluma 2018). Antología de relatos de
varios autores.
·
La
memoria del camaleón (Ed. Maluma 2015). Novela. Finalista del VIII
Premio Delta de literatura escrita por mujeres.
· Desde 2013 publico en mi blog Relatos de arena Relatos y sobre todo microrelatos, algunos de los cuales han resultado premiados o finalistas en diferentes certámenes y han sido publicados en volúmenes recopilatorios, como Premi de Relats Breus (Sant Joan Despí 2013 y 2014), Certámen de Cartas de Desamor (Lleida, 2014), La microbiblioteca (Barberà del Vallès 2014 y 2019). También he participado con mayor o menor fortuna en concursos tan queridos como el mítico Wonderland y el extraordinario Esta noche te cuento.
La Sombra Del Peregrino
lunes, 8 de febrero de 2021
Amaia Villa: Escribir es una forma de gestionar la vida
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| Amaia Villa |
Esta semana recibimos en el blog a una invitada muy especial, Amaia Villa, una poeta excepcional que amablemente ha accedido a prestarnos parte de su tiempo y hacernos partícipes de su faceta creativa.
Hola, Amaia, Muchas gracias por acompañarnos. Haciendo honor al título del ejercicio, vamos a comenzar por la pregunta de rigor:
¿Y tú por qué escribes?
Empecé a escribir cuando tenía unos quince años: reflexiones, pequeños poemas, cartas. Creo que fue una manera de ordenarme por dentro, de encontrar la fuerza, de expresar deseos. Fue mucho más tarde cuando me adentré en la técnica haciendo un taller de relato corto en el año dos mil y posteriormente otro de poesía que es lo que más disfruto. La escritura sigue siendo para mí una manera de conocerme y de gestionar la vida. Me ayuda a purgar, a crecer, a direccionarme, a reflexionar sobre el mundo.
Cuéntanos cómo surge tu proceso creativo
Las palabras pueden sacudirme en cualquier lugar, cocinando, en la cama justo en ese segundo previo a quedarse dormida, con la música, caminando por la calle, en una conversación, leyendo un artículo, viendo una película. Cualquier momento u objeto cotidiano puede llevar a la reflexión y a la escritura.
A veces también es fruto de los retos que nos ponemos en un grupo de poetas al que pertenezco.
Suelo escribir un poema en fases. Apunto ideas sueltas cuando me asaltan o cuando doy vueltas a un tema. Después viene el momento de tirar del hilo e ir escribiendo sin mucha cortapisa todo lo que fluye, más tarde (y este paso lo considero imprescindible) viene el momento del pulido, del trabajo de correctora, de dar forma, fijarse en los detalles, meter tijera y deshacerse de tópicos, dar la vuelta a un verso para decirlo de otra manera, hacerlo más potente. Me gustan los juegos de palabras, la ironía , buscar un buen final. Adoro la profundidad y los estratos que nos permite el lenguaje.
TRES POEMAS DE AMAIA VILLA
MODO CONGELADOR
Es más difícil matar a un fantasma que una realidad.
VIRGINIA WOOLF
Los malditos fantasmas hacen fila.
Con su réquiem de Mozart te retan descarados
a mirar los recuerdos y las pústulas.
Tú ni siquiera tiemblas.
La nada quema tanto que no tienes ni miedo.
Repasas cada byte de tu memoria,
cada estancada ciénaga
de sus roídas túnicas.
Les miras a los ojos.
Con dedos insensibles,
desplazas los dolores por el ábaco,
restando los delirios, sumando las derrotas,
y para que no huela el montón de cadáveres
eliges el programa defensivo: Modo congelador.
Según el fabricante, conviene colocar
en el cajón primero -el de enfriamiento rápido-
los muertos más recientes;
son los que más apestan.
NO QUIERO QUE PROMETAS SER AZUL
Quizás algunos piensan,
cuando el cielo está azul completamente,
que es límpido, perfecto,
un lienzo de ordenada suavidad,
de pulcritud sin tara;
Sin embargo se pierden los matices,
el latir del color a borbotones,
el aroma de caos y de mar,
que él y tú brindáis si por la luz se agrieta
la coraza de nubes que os protege.
MAR ADENTRO
Cuando la luz se extingue
y luchas con las sábanas,
los monstruos reorganizan sus orgías.
Te hablan de los EPIS y los ERTES
y tienen secuestradas
las fotos de ese último recreo,
felices junto al mar.
La vida se disfraza de escafandra,
los abrazos son fósiles
y las compras ginkanas
de calculada asepsia.
Sin embargo conservas un reducto
de tierra infranqueable mar adentro
y aunque la libertad parezca muerta,
es solo un espejismo,
está escrita en todas nuestras células,
es una con nosotros,
y ese humilde poder nunca es arrebatable.
Más poemas de la autora en:
Amaia Villa Olabarrieta, Portugalete (Bizkaia) 1970.
Ganadora del premio "José Antonio Ochaita de poesía 2016" convocado por la Diputación de Guadalajara con su primer poemario “Selección natural" publicado por la editorial Raspabook.
Ha participado en diversas antologías poéticas de ámbito regional y nacional entre ellas la antología "Contra. Poesía ante la represión", editada por la coordinadora Anti Represión de la Región de Murcia, así como en algunas revistas literarias, como "Luz cultural". Tuvo su bautismo poético recitando en las "Noches poéticas" de Bilbao.
Dos de sus poemas fueron incluidos en la exposición "Lunática" de la pintora Nuria Velasco que tuvo lugar en el Centro Cultural Pablo Picasso de Torremolinos en 2014. Uno de ellos, “Raíces ", ha quedado expuesto de forma permanente en el Centro de la Mujer de dicha localidad.
Cofundadora del grupo cultural Di-Versos, ha colaborado en la revista cultural digital "Moon Magazine", y participa en diferentes actos culturales como el Encuentro Internacional de Poetas Artemis.
Ama la Naturaleza y a las personas auténticas. Como, a pesar de todos sus intentos, la vida no se dejó dominar, ahora deja que la lleve, hiera o sorprenda y cuando la sacude escribe versos.
jueves, 28 de enero de 2021
Laura Castaño Lluna: La inspiración la encuentro leyendo
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| Laura Castaño Lluna |
Laura Castaño Lluna nació en Valencia (1971), y desde muy niña se sintió atraída por el mundo de los libros. Escribe desde muy joven pero no fue hasta 2018 que comenzó a publicar en antologías. Dejamos que sea ella misma quien nos hable del comienzo de su vocación y de lo que la literatura y la escritura aportan a su día a día:
Los libros siempre han formado parte de mi vida, los he tenido siempre a mano. Desde pequeña los he ido ojeando en las estanterías de mi casa, grandes, pequeños, sobre todo ojeaba los clásicos. Empecé a escribir con catorce o quince años algunos poemas sueltos, pero realmente la escritura llegó a mí hace unos seis años, como terapia para expresar situaciones, anécdotas y sentimientos de una mala etapa de mi vida. Desde entonces, empecé a interesarme por la escritura breve y llegué al género de los microrrelatos y hasta ahora no he dejado de escribir. La escritura me aporta la oportunidad de plasmar sobre el papel unas ideas, que en principio son fugaces, desarrollarlas y darles forma para convertir en literatura. Es un proceso creativo que surge de cualquier situación, pero sobre todo de vivencias. Un simple paseo puede ser el punto de partida si observas detenidamente lo que pasa a tu alrededor, cualquier pequeño detalle puede ser el comienzo de la escritura. Por eso creo que la inspiración hay que buscarla, al margen de las ideas que están dentro de ti. Por Supuesto los libros son la gran inspiración, no hay nada mejor para que las ideas surjan que estar leyendo.
Os mando un par de microrrelatos que he escrito para que me conozcáis un poco mejor:
Campo abierto
En los montes de Toledo uno puede pronunciar recuerdos, sentirse solo y cogerse de la mano de sus tierras de mil y un colores. Puede ser el gigante caballero para jugar a atravesarlas de un solo paso. Y en los atardeceres de verano, donde no hay asfalto, la tierra se levanta porque quiere que la sientas. Y es así como nunca la olvidas.
Hermanos
Desde hace un tiempo comprendí que debo andar sola. Ya recordé entre sonrisas las tardes que pasábamos juntos donde te pedía que te sentases a jugar conmigo a tomar el té para contarte mis secretos. El día que nos llevaron a la feria, me pediste que subiéramos por separado en esas grandes burbujas de aire que flotaban en la piscina y, aunque yo te seguía, anduve perdida como en una vía láctea, entre transparentes y rodantes planetas, donde me vi forzada a encontrar mi propia órbita. Entretanto sé que, como el sol, tú siempre me alumbras.
2018 Mi primera publicación fue en el libro “Para Olimpia” de ACEN (Asociación cultural de Escritoras y Escritores Noveles, como resultado del VI Concurso de relatos cortos. un libro benéfico con el relato “Otra oportunidad”.
Diciembre 2020 PDF colectivo de asistentes al taller de “Como cocinar un microrrelato” de Paola Tena, organizado por la biblioteca pública del Estado de Santa Cruz de Tenerife, con 2 microrrelatos.
En la actualidad participo activamente en Relatos en cadena, programa de Cadena Ser Radio. También publico en Facebook en la página Los Viernes creativos-El Bic naranja y Factoría Micro (microrrelato y micropoesia).
miércoles, 27 de enero de 2021
#MiMejorMaestro Participación el en Concurso de Zenda Iberdrola Mi Mejor Maestro
Don Samuel: Mi primera ventana al mundo
El colegio Teide ocupaba un piso modesto de barrio sin mayores pretensiones. Al entrar olía a las virutas de la madera y a los restos de grafito que quedan al afilar un lápiz. En el comedor, habilitado como clase principal, un montón de pupitres pintarrajeados y dispuestos en filas y columnas se disputaban el escueto recinto, donde indisciplinados alumnos se ocupaban en tirarse bolas de papel, gritando y alborotando, más de lo que mis tiernos oídos estaban acostumbrados a soportar.
El profesor nos llevó a otro cuarto más pequeño, que servía de oficina, e invitó a mi madre a sentarse en la única silla disponible, porque de las dos existentes, una la ocupaban cuadernos y libros apilados.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó, extrayendo un cigarrillo del paquete de Celtas Cortos guardado en su bolsillo, tratando de mostrar cercanía, ante mi resistencia a permanecer allí y mi empeño en ocultar el rostro, entre los pliegues de la falda de mi madre, cuya mano apretaba atemorizada.
-Es muy vergonzosa, -dijo ella, a lo que repuso el profesor:
- ¿Ah sí?, pues la vergüenza era verde y la pació una vaca. -Y rió él solo de su ocurrencia. Yo, como no entendía la frase, seguí en mi actitud de rechazo. Mientras ultimaban los pormenores de mi inscripción, le observé atentamente: Era un hombre muy alto, o a mí me lo parecía, delgado, moreno, de cabello ondulado, con un gracioso rizo que, cayendo sobre su frente, le dulcificaba el rostro. Llevaba unas gafas de pasta de alta graduación, dado el tamaño que conferían a sus ojos. Bigote al estilo años 40, bien recortado, rostro agraciado, de expresión risueña y afectiva. Los dedos largos, huesudos, las últimas falanges del índice y el medio, amarillentas por el tabaco, lo cual emblanquecía el tono de su piel. Cuando terminaron de hablar, mi madre me arrancó de su falda, y yo me quedé con la cabeza gacha, junto al maestro, un completo desconocido, pero cuyo corazón albergaba una inmensa bondad, bajo esa expresión autoritaria que quería imponer, pero que no lograba convencer a sus alumnos.
Al quedarnos solos, tomó con la mano derecha su palmeta, que descansaba sobre la mesa, y golpeó varias veces, con toquecitos suaves, la palma de su mano izquierda, a la vez que decía, intentando demostrarme quién mandaba allí: “Bueno, bueno, Marina... ¿tienes alguna pregunta?, a lo que yo, haciendo gala de un atrevimiento que hoy considero inimaginable, contesté:
- ¿Por qué te llamas Rosamuel?. (Así me sonaba su nombre).
Al oírlo, soltó una sonora carcajada y acercándose, me acarició la cabeza. Me llevó cogida por los hombros a la clase de los alborotadores, y situándome a su derecha, dio un par de sonoras palmadas para hacer el silencio y me presentó a la audiencia con autoridad. “Ésta es Marina, vuestra nueva compañera, sed buenos con ella, es su primer día en el colegio, así que portaos como quisierais que se portaran con vosotros.”
Don Samuel no tenía mesa propia. Se sentaba en una silla y durante gran parte de la mañana, corregía y corregía los cuadernos que se apilaban sobre un pequeño pupitre, y los iba apilando de nuevo, como podía, en otro lado. Mientras tanto, con la mano izquierda sostenía su cigarrillo, que, poco a poco, se iba consumiendo. Bajo el brazo, sujetaba tenazmente la palmeta de madera. A veces, interrumpía su actividad, movía a un lado y otro la cabeza, mostrando resignación, o daba una palmada al aire para imponer silencio. Cuando la planilla o las cuentas estaban corregidas, ponía una B mayúscula con bolígrafo azul, o quizás una R de regular, pero la M raramente figuraba en sus correcciones. A la hora de salir, la una al mediodía y las 6 por la tarde, se ponía en pie, daba una fuerte palmada al aire, y decía con voz firme y potente: “Recoger”, y todos salíamos corriendo como fieras enjauladas.
Presidía la pared principal de la clase una pizarra, siempre abigarrada de frases inconexas, borrones y cuentas sin solución, raramente limpia, excepto a última hora, cuando don Samuel lo borraba todo, para escribir en primera línea la frase de la plana, o las cuentas que debíamos traer solucionadas al día siguiente. A veces, algún alumno servicial se ofrecía a limpiarle la pizarra, y él lo aceptaba alargándole el cepillo con un “gracias”. Cuando se enfadaba de verdad, cosa que raramente sucedía, don Samuel gritaba: “¡Silencio!", y haciendo un “barrido” sobre nuestras atemorizadas cabezas, ordenaba a algún alumno hiperactivo, (aunque antes no eran conocidas tales anomalías conductuales):
-Tú, ¡pon la mano!, y el chico extendía su mano derecha con timidez, o quizás desafiante, según los casos, y el profesor infligía sobre la palma infantil uno, dos, o incluso más golpes de palmeta, que resonaban en el aire, y servían de escarmiento para los demás, pero por poco tiempo.
Lo que yo adoraba era cantar a coro los límites de España, o la tabla del cinco. En esos momentos, el tiempo se detenía, la tarde extendía un manto de apacible ternura sobre nuestras cabezas infantiles, y la vida adquiría un nuevo sentido, más amable y sereno, uno se encontraba a salvo de cualquier peligro.
La Navidad en el Teide era algo especial. La tristeza no tenía cabida allí. En un barrio donde la mayoría procedíamos de extracción humilde, no faltaban los regalos para el maestro, que si una caja de polvorones, que si una botella de vino... Yo me obcequé en no ser menos que los demás, y mi madre tuvo que transigir, ante mi tozudo empeño en obsequiarle con lo que, a mi juicio, más le agradaría y colmaría sus deseos: un paquete de Celtas Cortos. Al extender mi mano ilusionada con el humilde presente, me miró con fijeza inusitada; de fondo sonaba el villancico “Campana sobre campana”, y entonces advertí que sus ojos se empañaban, y por su mejilla resbalaba una lágrima furtiva.




