Para el día de las escritoras, la autora valenciana Aurora Rapún nos lee un fragmento de un cuento de Isabel González, perteneciente al libro 'Nos queda lo mejor'
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lunes, 16 de octubre de 2023
Un texto de Marisa Martínez
Para el día de las escritoras, la autora Marisa Martínez nos comparte uno de sus textos 'Lo cotidiano'
martes, 19 de septiembre de 2023
Chelo Sierra: Escribir es como un Red Bull a lo bestia
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| Chelo Sierra |
Recibimos en el blog a la escritora Chelo Sierra, con la que hablamos de letras y a la que preguntamos, en esta sección de visibilizar a autoras actuales, acerca de sus inicios en la escritura. Chelo nos habla de sus primeras lecturas, y recuerda en nuestro espacio cómo sintió la llamada de las letras, la forma en que aborda su proceso creativo y de lo que la escritura le ha aportado a nivel personal.
Le damos la palabra a la autora, que, como buena cuentista es una gran conversadora:
Creo que soy una escritora atípica: jamás escribí de niña, tampoco en mi juventud, nunca sentí la inquietud de querer inventar y contar historias. Sin embargo, fui redactora creativa en distintas agencias de publicidad durante más de quince años y, por lo tanto, aunque parezca una contradicción, durante una larga etapa de mi vida, me gané la vida escribiendo.
La literatura llegó a mi vida después, cuando dejé Madrid y el mundo de la publicidad, y me trasladé a vivir a un pequeño pueblo de Extremadura. Me instalé en Torremenga y comprobé que tenía mucho tiempo libre y que necesitaba hacer algo más intelectual que plantar tomates y regar los rosales. Me pedía el cuerpo un poco de esfuerzo mental. Empecé escribiendo microrrelatos, luego pasé a escribir relato corto y, ya en 2016, me lancé a escribir mi primera novela, Los collares azules de Bleubeie, que resultó ganadora del premio Princesa Galiana. Lo que tengo claro es que Extremadura me ha dado la tranquilidad y el tiempo que necesito para escribir, quizá si hubiera seguido en Madrid no hubiera podido dar ese paso.
Como lectora, he sido más bien precoz: empecé a leer antes de saber leer. Con cuatro años imitaba a mi padre, que era un gran lector, cogía uno de sus libros, me sentaba en un sillón y hacía que lo leía. Recuerdo que a esa edad mi padre me enseñó versos de La vida es sueño y los recitábamos juntos. A los diez años, le robé El Decameron de Boccaccio que estaba en lo más alto de una estantería y me lo leí entero, a escondidas. Luego, vinieron lecturas más apropiadas para mi edad, como la colección de Los cinco que me tuvo unos años totalmente abducida. Pero el primer libro que realmente me impresionó fue Crimen y Castigo de Dostoieski. Tuve un parón en la lectura que correspondió precisamente con la época de publicista en la que no tenía tiempo de leer libros, con leer documentación sobre los productos que había que anunciar tenía suficiente. Pero retomé la lectura voraz después.
En la actualidad, leo casi siempre a escritores contemporáneos. Sobre todo, a autores y autoras que tienen mucho talento, pero que están todavía —inexplicablemente— fuera del circuito comercial. También me interesan mucho las vanguardias, lo que están escribiendo los más jóvenes.
Fuera de eso, devoro los libros de Coetzee.
Respecto a mi proceso creativo creo que esto de escribir también tiene mucho que ver con el carácter de cada uno y yo soy una mujer poco metódica y bastante impaciente. Puedo estar meses sin escribir ni una palabra y meses en los que escribo todos los días. En los meses productivos, necesito trabajar en mi casa, en mi mesa, con mis cosas alrededor, por la tarde y en silencio, sería incapaz de ponerme a escribir en una cafetería o en un hotel, por ejemplo, tampoco podría hacerlo con música de fondo.
Soy una escritora de las que llaman de brújula en estado puro, al 100%. Los personajes y la acción me van llevando a un lado o a otro, y suele suceder con naturalidad, sin forzar. Quizá no tengo paciencia para ponerme a hacer esquemas y planear capítulos antes de ponerme a escribir. Creo que esta es una forma más intuitiva de escribir y que se disfruta más porque también te sorprendes a ti mismo. Claro que puede ocurrir que los personajes no te lleven a ninguna parte, en ese caso dejo la historia y listo, tengo la suerte de que escribo sin presión. En todo caso, mi experiencia me dice que los personajes siempre te llevan a donde tú querías llegar.
En cuanto a la inspiración, quién sabe de dónde salen las ideas. Los escritores llevamos una antena adosada a la cabeza, siempre en perfecto estado de funcionamiento, para poder captar todo lo que pasa a nuestro lado, puede ser cualquier cosa. Es un fogonazo que puede aparecer al leer una frase en un libro, al escuchar a alguien en la calle o en la radio, al ver a alguien o recordar algo. Al final, la inspiración no es otra cosa que tener una mirada personal, saber mirar desde una perspectiva diferente aquello que pasa a nuestro alrededor.
A mí escribir me ahorra un dinerito en psicólogos porque me sirve de terapia, tiene la capacidad de ponerme de buen humor, de proporcionarme una energía extra. Es un Red Bull a lo bestia. Aunque debería puntualizar algo: todo eso no surge del hecho puntual de escribir, sino del hecho de haber escrito. O sea, que la energía y el buen humor son el resultado del trabajo una vez terminado, de ese momento en el que dices, oye, pues este texto no me ha quedado mal. Eso sí que es un subidón. Mientras escribo no lo paso tan bien porque siempre se tiene un punto de inseguridad, de no saber si lo estás haciendo bien.
Decía Marsé que lo único que no se le puede perdonar a un escritor es que sea aburrido. Yo cuando escribo eso es lo que intento. Voy a decir algo que puede sonar fatal, y es que yo me siento más cercana al mundo del entretenimiento que al de la cultura y que mi objetivo principal es que el lector pase un buen rato. No aspiro a mucho más porque, aunque parezca un objetivo poco ambicioso, creo que conseguirlo es bastante complicado.
EL SÉPTIMO MANDAMIENTO
(cuento incluido en el libro 'La mirada del orangután'
El peligro es el gran remedio
para el aburrimiento.
Graham Greene.
Cuando
se tiene todo el tiempo del mundo y nada que hacer con él, cada minuto es una
condena, pensado así o de cualquier otra forma, eso era lo que me rondaba por
la cabeza hacía muchas semanas, bastantes días o unas pocas horas, no era capaz
de concretar la medida de ese tiempo interminable, de la misma manera que
tampoco puede puntualizarlo las agujas de un reloj parado. Una opinión
diferente a la que había tenido dos años atrás, cuando me acogí al expediente
de regulación de empleo de la empresa de telefonía móvil en la que trabajaba.
Entonces, vi en ese despido encubierto una oportunidad para hacer por fin las
cosas que me gustaban y que me negaban las ocho horas de trabajo, el trayecto
de ida y de vuelta que sumaban otras dos, y el resto del día dedicado a las
tareas de casa, a un marido con el que no podía contar para nada porque
trabajada hasta muy tarde, y a dos hijos ya mayores, pero decididos a no
renunciar a los cuidados de mamá al menos hasta que les surgiera un plan mejor.
Ahora que ya no trabajaba fuera, con dos o tres horas me sobraba para poner una
lavadora, hacer las camas, pasar la aspiradora, bajar a comprar el pan..., a
las once o las doce de la mañana, ya lo tenía todo hecho y podía dedicarme a lo
que me viniera en gana. Los primeros meses, disfruté de la novedad de sentirme
libre, algo que después de veinticinco años de arresto laboral, me pareció una
bendición: si me apetecía leer, leía; si quería ver una serie en la televisión,
la veía; si se me antojaba darme un baño de burbujas de duración ilimitada, me
lo daba. Pude quedar sin prisa con todas las amigas a las que no veía desde
hacía siglos y con algunos familiares de los que ya ni me acordaba, me harté de
leer trilogías de suspense, bestsellers
románticos y obras de ciencia-ficción, navegué hasta la extenuación por miles
de páginas web, me aprendí casi de memoria los diálogos de todas las temporadas
de Juego de tronos y Mad
Men, y hasta en ocasiones cogí el tren de cercanías y me fui sola a
visitar El Escorial, Toledo, La Granja y los jardines de Aranjuez. Comprobé que
en apenas un año se pueden despachar los asuntos pendientes de toda una vida.
Taché, taché y taché hasta que mi lista de deseos se fue vaciando y llegó un
momento en que ya no había nada que me salvara de ese aburrimiento feroz que
empezó a devorarme el ánimo y la paciencia. La situación se agravó el día en
que mi hijo mayor se fue a trabajar a Londres, y poco después, el pequeño
decidió irse a terminar sus estudios a Berlín. La apatía, como si fuera una
droga dura, me enganchó, o quizá fui yo la que la alimenté, hasta que se hizo
grande y fuerte y consiguió que nada me resultara lo suficientemente importante
como para prestarle atención, de modo que pasaba horas de brazos cruzados, sin
moverme apenas; días llenos, absolutamente llenos, de un vacío abismal en los
que ni siquiera me hacía la comida, «para mí sola, qué pereza...», pensaba y, a
veces, me obligaba a decir eso mismo, pero en voz alta —una loca hablando
sola—, porque temía que las cuerdas vocales se me resquebrajaran de no usarlas,
igual que se deshilacha una soga abandonada en un embarcadero.
Ese
día, mi marido se acercó a mí antes de salir de casa por la mañana; yo todavía
estaba en la cama, hacía un rato ya que me había despertado, pero mantenía los
ojos cerrados, bien apretados, con la esperanza de volver a conciliar el sueño
y alargarlo todo lo posible. Solo cuando estaba dormida el tiempo corría en vez
de reptar como hacía habitualmente. Se sentó en el borde de la cama, mirándome,
y me dijo algo con lo que ya contaba porque sucedía todos los días: «llegaré
tarde», pero esta vez añadió una coletilla extra: «hace un día precioso,
prométeme que hoy vas a salir». Cuando balbucí un «te lo prometo» pastoso y
poco fiable, Gonzalo ya estaba abriendo la puerta de la habitación, así que
pensé que no era necesario cumplir una promesa hecha al aire, sin destinatario.
Sin embargo, todavía no sé por qué, la cumplí. Me levanté, me duché —hacía por
lo menos un par de días que no me lavaba ni la cara—, y me coloqué frente al
armario abierto, contemplándolo con la curiosidad y la fijeza con la que se
mira a un desconocido, intentando recordar cómo me vestía antes de que los
pantalones de chándal y las sudaderas con capucha se hubieran convertido en mis
prendas favoritas.
Salí
a la calle con desgana, pero elegante; los zapatos de tacón, a los que antes
estaba tan acostumbrada, empezaron a hacerme daño casi nada más ponérmelos,
pero cuando llevaba un cuarto de hora andando el dolor se hizo insoportable.
Había recorrido ya una distancia considerable, demasiada para desandarla y
volver a casa con esas rozaduras que ya notaba en la zona alta del talón,
necesitaba comprar unas tiritas antes de que se convirtieran en ampollas y ya
no me permitieran dar ni un paso más. Entré cojeando a un supermercado cercano
y busqué la sección de artículos para el cuidado personal. Había poca gente y
los empleados parecían ocupados en tareas de reposición, encontré enseguida las
tiritas, estaban junto a un expositor de pintalabios de una marca blanca; era
un envase de tamaño familiar con treinta apósitos de plástico en su interior,
lo habría comprado aunque hubiera contenido quinientos, de modo que lo cogí del
estante y me dirigí a la línea de cajas. Me sudaban las manos cuando le
entregué el billete de cinco euros a la cajera, el corazón me latía con tal
fuerza —bum-bum, bum-bum, bum-bum— que me daba la impresión de que sonaba en el
hilo musical del establecimiento como si fuera un tema interpretado con un
instrumento de percusión; nunca había tenido un impulso así, tan irracional y
tan disparatado, pero me gustó volver a sentir cómo la sangre corría por mis
venas y la adrenalina me devolvía la energía que creía haber perdido para
siempre. La cajera me hizo varias preguntas, a las que contesté de forma
automática con un sí aunque si hubiera estado menos nerviosa le hubiera
contestado, sin duda, con un no: «¿necesita una bolsa?», «sí», «¿grande?»,
«sí». Por suerte, la señorita no me hizo la pregunta que yo estaba temiendo y
que me había producido ya, con solo imaginarla, un temblor con epicentro en las
piernas: «¿lleva usted una barra de labios escondida en el bolsillo?». No
habría tenido más remedio que contestarle de nuevo que sí.
Salí
del supermercado deprisa, como si no me dolieran los pies, lo cierto es que no
sabía si me dolían o no porque lo único que notaba era la tranquilidad
reparadora que sigue a un momento de intensa excitación, aquello era algo así
como el cigarrillo después de un orgasmo. Metí las manos en el bolsillo de la
chaqueta y me entretuve un rato toqueteando el pintalabios. Un escalofrío de
placer me recorrió el cuerpo y creo que sonreí después de muchos meses sin
hacerlo. Así es como recuerdo mi primer robo.
Después
vinieron muchos más. Sabía que no podía presumir de ello —aunque tampoco me
parecía una maldad imperdonable—, pero aquello actuó en mí como un estímulo, un
motivo para arreglarme, salir de casa y hacer algo que me tuviera entretenida
durante horas. Robar no solo me sacó de un aburrimiento expansivo que se me
había colado ya por todos los poros de la piel y me había transformado en un
ser inanimado como una piedra, un martillo o una sartén, sino que me cambió el
ánimo y me devolvió el humor, así que decidí que debía fomentarlo,
perfeccionarlo, convertirlo, a falta de otras, en mi gran pasión.
Al
principio, recurrí a lo más sencillo: establecimientos pequeños, con escasas o
nulas medidas de seguridad, en los que me paseaba mirando hacia un lado y hacia
el otro, como si fuera una turista extraviada intentando orientarse de nuevo,
hasta que el nerviosismo me aceleraba el pulso y se abrían las compuertas que
permitían la entrada de millones de hormigas a mi estómago produciéndome un
cosquilleo adictivo, una sensación de peligro que pedía a gritos una decisión
valiente. Entonces, me metía cualquier artículo en el bolsillo, normalmente
cosas pequeñas y sin valor, y me quedaba unos minutos más deambulando por la
tienda, con gesto despistado y con la incertidumbre de no saber si había
triunfado o no hasta que traspasaba la puerta del establecimiento y podía
volver a respirar tranquila.
Perdí
el respeto reverencial a robar en los grandes almacenes poco después, en cuanto
comprobé que era suficiente con un mínimo de precaución y una observación
detallada del lugar y de la gente, para poder actuar con razonables garantías
de éxito. Aprendí a distinguir los distintos tipos de alarma, a saber qué
artículos las llevaban y cuáles no, a desactivarlas, y también aprendí a
identificar por su expresión, su actitud o incluso por su postura a los
vigilantes de seguridad camuflados de clientes. Me gustaba reconocerlos, pero
no para alejarme de ellos y buscar un lugar menos vigilado, sino para llevar la
emoción al extremo: me paseaba a su alrededor, dejaba que me observaran
mientras me detenía a mirar la etiqueta de un bolso, un pañuelo o un reloj y cuando
separaban sus ojos de mí —bastaba con que pestañearan—, me lo llevaba. Los
retos que me marcaba cada vez eran más difíciles, y mi ansiedad, esa mezcla de
atracción y desasosiego, cada vez más desenfrenada.
Supe
que ya había pocas cosas que se me resistieran, el día que robé en un museo el
dibujo de unas manos entrelazadas firmado por Chillida. Quizá fue por eso,
porque me empezaron a faltar desafíos, o porque en casa ya no tenía sitio para
esconder tantos objetos y Gonzalo no tardaría en encontrar bufandas, monederos,
pulseras y perfumes hasta en el cajón de los cubiertos, por lo que me prometí
no volver a robar nada material. No me apetecía tener que explicarle lo que me
estaba pasando. Él, tan ocupado siempre, era lento para darse cuenta de las
cosas que me sucedían, se había demorado meses en percatarse de mi
aletargamiento, y estaba tardando mucho también en percibir el estado de
hiperactividad en el que me encontraba ahora, pero de un momento a otro se detendría
a pensar y me preguntaría de dónde sacaba todo aquello y por qué nunca estaba
en casa cuando me llamaba.
Admito
que, faltando a mi promesa de no volver a llevarme nada material, robé un par
de maridos, pero solo fue un experimento fallido que no me hizo sentir nada: me
resultó tan fácil metérmelos en el bolsillo —aunque fuera en sentido figurado—
y tan engorroso tener que cargar con ellos, que enseguida se los devolví a sus
dueñas, los repuse tan rápido que a ellas ni siquiera les dio tiempo a notar su
ausencia. Después, y ya con el propósito firme de respetar el compromiso que
había adquirido conmigo misma, probé a robar pensamientos. Cambié los grandes
almacenes por campus universitarios, bibliotecas, andenes de metro..., por
lugares en los que yo pensaba que podía encontrar gente interesante, personas
con pensamientos creativos, profundos o simplemente divertidos. Elegía un
hombre o una mujer —imprescindible que estuvieran solos, concentrados y a ser
posible con la mirada perdida—, me acercaba hasta quedar a su altura y con un
movimiento rápido, imprevisible para ellos, cogía al vuelo la idea o el concepto
que estuvieran manejando justo en ese momento y les dejaba la mente en blanco
durante unos segundos. Me quedaba mirando cómo se revolvían en su
asiento, miraban hacia atrás, o se paraban de repente, al notar que les faltaba algo. Los
pensamientos se resistían un instante dentro de mi puño cerrado; algunos, los
más obstinados, conseguían escaparse por el hueco diminuto que quedaba entre el
índice y el pulgar y volvían, deformados la mayoría de las veces, a su lugar de
origen. Los demás permanecían encerrados en mi mano hasta que caían rendidos.
Ahora el riesgo no estaba en que sonara alguna alarma, ni en que me pillara un
vigilante de seguridad, sino en que, al atraparlos, los hacía míos. Míos con
todas las consecuencias, y eso podía ser inofensivo, pero también muy
peligroso, todo dependía del carácter y la intención de los pensamientos
robados. Una especie de ruleta rusa a la que me gustaba jugar y que todavía era
capaz de hacerme sentir las emociones fuertes que provoca la incertidumbre, y
eso que la mayoría de las veces los pensamientos de la gente resultaban ser
decepcionantes, como si no hubiera ni una sola bala en el tambor del revólver.
Llevaba
una mañana entretenida, pero poco excitante: «que no se
me olvide inflar las ruedas», «¿el negro o el azul?», «hoy actualizo el sistema
operativo, sin falta», «me duele la cabeza», «lo de los exoesqueletos me ha impresionado», «no sé que voy a
poner de comer», «todavía no me han ingresado el sueldo», «tenía que haber
cogido el chubasquero», «prefiero la sesión de noche». Eso era todo lo que había caído en mis manos hasta ese momento,
un botín insulso pero que, al menos, no me exigía más que tomarme una aspirina,
comprobar la presión de las ruedas del coche y actualizar el Pc con Windows 10,
aunque había oído decir que era un sistema nefasto.
Me
fijé, ya al final de la mañana, en una niña de unos diez u once años, vestida
de uniforme, que estaba sentada en la parada del autobús, tenía los ojos
cerrados como si memorizara algo y, fuera lo que fuese ese algo, parecía
enumerarlo ayudándose con los dedos de la mano. Di por hecho que una niña de su
edad no podía tener un pensamiento capaz de producirme vértigo, pero no me
resistí a la curiosidad de saber por qué estaba tan concentrada. Me acerqué a
ella y se lo quité. El pensamiento, a pesar de su contundencia, se quedó quieto
entre mis manos, sumiso; ni siquiera intentó escaparse: «séptimo: no robarás». Quise deshacerme de él a toda prisa, devolverle enseguida a su
dueña ese pensamiento demoledor que amenazaba con impedirme continuar con lo
mío y repatriarme sin compasión al aletargamiento de antes, pero no me dio
tiempo. La niña había subido ya al autobús y se alejaba con la nariz aplastada
contra el cristal de la ventanilla; agarrado, como si fuera el testigo de una
carrera de relevos, llevaba mi paraguas.
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| La mirada del orangután |
Chelo Sierra. Nació en Madrid, empezó Magisterio, Filosofía y Derecho. Al cuarto intento, estudió ¡y terminó! Publicidad. Ejerció como creativa durante más de quince años en distintas agencias de la capital, y como gerente de su propio hotel de campo en Extremadura durante nueve. En 2011 comenzó a escribir ficción. Ha tenido la oportunidad de explorar distintos géneros: microrrelato, relato, poesía experimental, novela corta, artículos de opinión…, y ha sido premiada en un buen número de certámenes literarios: Ana María Matute de narrativa, Relatos en cadena, Ciudad de Coria, Princesa Galiana, José Luis Castillo-Puche, Salvador García Aguilar y Ramiro Pinilla, entre otros. Es autora de los libros El síndrome de Peter Pan, Desencuentos, Los collares azules de Bleubaie, De nada, La mirada del orangután —finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2017—, El efecto avispa, Bonsáis, Setenta y dos vírgenes y La mala intención. En octubre está prevista la presentación de su nuevo libro, una colección de relatos titulada El desorden del que te quejas. Colabora como articulista con la revista cultural El ciervo.
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| Setenta y dos vírgenes |
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| La mala intención |
jueves, 6 de julio de 2023
Mercedes Marín nos habla de su última novela 'Estaciones sin parada'
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| Mercedes Marín |
―Hola, Mercedes. Bienvenida a este espacio. Queremos felicitarte por tu nueva novela ‘Estaciones sin parada’ que acaba de salir a la luz. ¿Has recibido muchas reacciones por parte del público? ¿Qué te han parecido las impresiones de los lectores?
Hola, Manoli. Estoy
recibiendo muchos comentarios y mensajes de apoyo. Es cierto que la novela,
como quien dice, se acaba de publicar. Pensemos que es en mayo cuando realmente
la he podido enviar y cuando el editor ha arreglado todo con la distribuidora
para que los lectores la puedan tener en sus manos. Han sido unos meses
extraños porque su lanzamiento ha coincidido con ferias del libro que, lejos de
ayudar, han ralentizado todo el proceso. Los lectores están en modo “novedades”
de autores y autoras conocidos y eso determina que al ser escritora de
autoedición te quedes un poco a la cola de lo que va sucediendo en ese “primer
frente”, pero bueno, estoy contenta porque la novela está gustando. Después de La
resurrección de Jandra Sweet, el listón estaba alto porque esta, mi segunda
novela, ha tenido muchísimo éxito y no quería defraudar. Ahora, al paso de los
días y con la llegada de esos comentarios de los que hablaba me he dado cuenta
de que no había que tener ningún miedo.
Estaciones sin parada, es otra historia de vida y así lo están sintiendo los lectores. Estoy contentísima.
―Con frecuencia dices que
eres una escritora emocional porque escribes, sobre todo, novela intimista.
¿Cómo llegan las historias hasta ti? ¿Surgen a partir de hechos reales o de
alguna escena que te llama la atención?
No sabría decirte muy
bien, porque a veces ni yo misma lo comprendo. Te puedo decir que lo que me
suele suceder es que al observar lo que pasa a mi alrededor (puede ser en mi
ambiente cercano o bien una noticia que alguien me dé) me quedo con algo, sin
querer. Me impregno de algunas emociones y algo salta dentro de mí, es como si
yo tuviera la intención de ayudar a esa persona a través de la historia que voy
a crear. A partir de ese suceso me meto totalmente en esa persona, en esa piel,
en esa casa y, sin querer, va surgiendo todo.
Decir también que siempre
mezclo la realidad con la ficción. Los lectores sienten esto como un acierto
porque son capaces de sentir lo que estoy contando, de vivirlo incluso.
Ayer precisamente, un
chico joven acababa de leer mi primera novela, El año de las decepciones,
me abordó por la calle y me dijo que le había encantado y que además de
disfrutar mucho con ella, la había vivido en primera persona porque es como si
se la estuvieran contando exclusivamente a él. Me gustó mucho saberlo.
En todas mis novelas,
además, hay hechos reales, históricos, genéticos, sociales. Me gusta, ya que
tengo un poco de voz, mostrar algunas cosas, temas que a veces son desconocidos
para muchas personas. Es una manera de aprender y de enseñar. Debe ser que mi
faceta docente está grabada a fuego en mi alma.
―En Estaciones sin
parada tratas el escabroso tema de las sectas, y haces mención a una secta
muy polémica, fundada en los años setenta, el grupo Edelweiss, que tuvo
bastante relieve en los medios. ¿No te dio cierto temor profundizar en este
tema tan conflictivo? ¿Crees que la literatura ha de ser un medio para
reivindicar temas sociales que nos afectan?
Me dio tanto miedo que
estuve un tiempo detenida sin escribir. Cuando llegué a ese punto sabía que
tenía que abordar ese tema, por lo que te decía al principio, pero es algo,
como bien dices, tan escabroso, tan doloroso, que tuve la tentación de bajarme
de ese carro y seguir por una ruta más feliz. Di vueltas, muchas vueltas,
atajos, traté de subirme a otros trenes, pero todos los protagonistas me pedían
que no fuera cobarde. Después de todo este conflicto interior me senté de nuevo
y tecleé todo el dolor y la esperanza que había en los ojos de mis protagonistas.
Luego me sentí bien, era como tener una certeza de misión cumplida. Una
redención.
―¿Has recibido llamadas
al respecto de este tema o has podido entrevistar a algún miembro de esta o de
otra secta similar?
No, no. Me documenté a través de artículos de periódicos. Entrevistas. Documentales. A partir de ahí imaginé como sería una vida en esa situación y en silencio y con mucho respeto hice lo que creía que debía hacer, dejar constancia de esos hechos que parecían olvidados.
―Otro de los grandes
temas que tocas en la novela y que representa el eje central de la misma, pues
cambia la vida de los personajes, es el suicidio. Un tema candente, ¿qué te
llevó a abordarlo?
En mis novelas me gusta
recrear las emociones y me suelo preguntar qué pasaría en una casa cuando una
persona no es un poquitín egoísta si no muy, muy egoísta, rayando en la
enfermedad, o avaricioso, orgulloso, celoso… (En femenino también ¿eh?). Todo
lo que se sale de la normalidad altera el sistema nervioso, y no solo el de las
personas que conviven con esa persona, sobre todo, esas personalidades suelen
convivir muy mal consigo mismas. Creo que esto contesta a la pregunta.
―El personaje de Elvira
es complejo y nos deja varias preguntas, como la relacionada con el papel
tradicional de la mujer de su época relegada a labores domésticas y la crianza
de los hijos. Papel por el que la protagonista protesta a menudo. ¿Intenta la
novela, de algún modo, dar voz a tantas mujeres que vivieron este rol como algo
impuesto por la sociedad de la época? ¿O es, quizá, la enfermedad de Elvira la
que se intenta visibilizar en la obra?
Cuando empiezo a escribir algo nunca busco visibilizar nada, es más, a veces no me pongo de parte de esa protagonista sino que surge el efecto contrario en mí, me pregunto por qué no es feliz si ha elegido un camino de vida que es el que de sobra sabía que le esperaba. Luego, a medida que voy escribiendo, algunas veces tengo empatía con ella y otras con su marido y con sus hijos, con su madre, a la que ya no le tocaría, por edad, tener que intentar reeducar a su hija. Es complejo. No sabría contestar algo concreto porque como te decía, habría que hacer un análisis minucioso en cada momento.
―El tren, las estaciones,
el oficio de revisor y todo lo relacionado con el ferrocarril juega un papel
fundamental en la obra, ya desde los mismos títulos de los capítulos que
siempre hacen referencia a este medio. ¿Es la novela también un homenaje a este
medio de transporte? ¿De dónde surge el tema?
Siempre me han gustado
los trenes, sus caminos a veces inaccesibles de otro modo. Siempre me ha
gustado la vida y sus conflictos, huyo del acomodo y lucho cada día por ser
mejor en mis relaciones personales. Los trenes, la vida. Las estaciones, las
decisiones. Subir al tren, a la vida, con más o menos equipaje…solo era eso.
―Suele decirse que en
toda historia subyace otra historia secundaria, que avanza en paralelo a la
trama de la historia principal. ¿Es este el caso de tu novela?
En esta ocasión la
historia que subyace detrás es un recuerdo del pasado, mi pasado. Me gusta
utilizar mis novelas como diarios emocionales. Si algún día yo me olvido de mí
y de mis vivencias, alguien podrá reconocerme en todos esos momentos, en esas
señales, en esos códigos. Es mi legado, mi mayor riqueza.
―Ya por último, ¿te has
quedado satisfecha del resultado final del libro o crees que te has dejado algo
en el tintero? ¿Tienes en mente ya el próximo proyecto literario?
He quedado satisfecha,
sí. Cuando la he releído he sentido la misma emoción que cuando la escribía.
Mis personajes están donde ellos me han dicho que los llevara y, como siempre,
esa era la misión.
Respecto a los proyectos,
ahora estoy embarcada en mi programa de radio en Magazine Eg Radio, El
sonido de tus palabras. Lo estoy pasando muy bien hablando con todas estas
personas (escritores…pronto habrá lectores también) que me aportan muchísimo.
Me gusta la conversación y me gusta escuchar, esa es mi gran batalla porque
pienso que en la escucha plena está el secreto de la salud. Muchas personas
están enfermas porque se sienten desvalorizadas, nadie presta atención a lo que
dicen y eso las hace enfermar de pena. Le ha pasado a Elvira en mi novela,
mira, volviendo a tu pregunta de antes, ahí sí estoy con Elvira, quizá eso es
lo que quería reivindicar. Cuando las personas se encierran en su verdad y la
comunicación se acaba solo hay un paso a la enfermedad, por eso hay que vivir
comprometido cien por cien con esa causa, la de no dejar que las relaciones (de
cualquier tipo) te conduzcan a la muerte.
Muchas gracias por darme
la oportunidad de estar aquí.
jueves, 8 de junio de 2023
Lucía García: La literatura es el arte que mantiene al niño interior
![]() |
| Lucía García |
Hola, Lucía. Muchas gracias por aceptar la invitación y compartir con nosotras esta charla sobre libros y letras. Háblanos un poco de ti y de tus inicios literarios; lecturas que te
influyeron, edad en la que comenzaste a escribir…
Creo que los libros siempre han
estado en mi vida de una forma u otra. Mi abuelo paterno era amante de la
lectura y todavía recuerdo cuando se sentaba en la silla del comedor o de la
terraza a leer libros enormes. Comencé a leer y a escribir a los ocho años.
Empecé por Memorias de Idhun, una
trilogía de novelas de fantasía juvenil que consiguió que se despertasen mis
ganas de escribir y crear historias. Poco a poco me adentré en el mundo de las
trilogías y sagas juveniles cómo
Crepúsculo, Los juegos del Hambre o
incluso Divergente. Mis primeros
relatos eran una mezcla de estos libros pero cambiando alguna que otra cosa.
Era la típica niña que utilizaba sus cuadernos de clase para escribir en las
horas muertas y en los recreos. A los dieciséis años comencé con el Taller de
escritura para jóvenes en la escuela de Clara Obligado. Fue ahí dónde conocí a
Carmen Peire, presidenta de AMEIS. Ella fue la persona que me enseñó no solo a
mejorar mi escritura sino también a saber borrar, que es algo también muy
importante. Intento leer y escribir todo
tipo de géneros, aunque hay uno en el que me siento muy cómoda. Empecé la
carrera pensando que la ciencia ficción trata de alienígenas que se meten en
cuerpos de seres humanos, naves que están en constante lucha por el espacio
exterior y villanos súper malvados que tienen rayos para acabar con toda la
humanidad. No puedo decir si he salido de la carrera universitaria con algún
conocimiento sobre teoría de la literatura Lo que sí puedo decir con total
sinceridad que las clases de Fernando Ángel Moreno han conseguido que expanda
mi realidad hasta el infinito y más allá. Soy de las que piensa que la ciencia
ficción no habla del futuro ni hace predicciones, realiza una reflexión sobre
el presente. Descubrir la ciencia ficción y enamorarme de Star Wars ha sido uno de los regalos que me ha dado la carrera.
Cómo surge tu proceso creativo, en qué te inspiras, rituales que sigues.
Realmente no sé si tengo un proceso
creativo cómo tal. Es cierto que desde que comencé a escribir el proyecto en el
que estoy, intento llevar unos horarios pero con la rutina que tengo, los
estudios y el podcast de «La Caverna de Lu»
me resulta complicado. Cuando tengo una idea intento apuntarla en
cualquier papel o en las notas del teléfono. Normalmente escribo mis relatos
inspirándome en las pequeñas cosas: una charla, una canción que he escuchado,
un sueño, un viaje en metro, una frase… No sé si le pasará al resto de
escritores pero los nombres propios también hay veces que me inspiran una
historia. Primero tengo el borrador, es decir, el documento dónde no hago
modificaciones para nada ni corrijo. Ese borrador no lo toco por lo menos unos días antes de retocar algo.
Hay veces que lo leo en el taller para recibir opiniones de otras personas. Los
comentarios de la gente del taller siempre me ayudan a pulir ciertas cosas en
las que quizá yo no hubiese caído.
Después hago las correcciones que
requiera el relato. Si está inspirado en una canción, escucho la canción e
intento sacarle el jugo necesario. También las clases de la carrera han
inspirado varios de mis textos. Cuando analizo textos de otros autores, ya sean
antiguos o contemporáneos siempre me fijo en las cosas que hay que hacer y en
las cosas que me chocan. No solo hay que
aprender de lo bueno, también hay que leer
esas novelas que a simple vista parecen no aportar nada. Vamos, lo que se llama
“baja literatura”, aunque no es un término con el que esté de acuerdo.
Aportes de la escritura en tu vida o, en última instancia, qué es lo que te lleva a escribir.
La
escritura me aporta felicidad, es mi modo de huir de la realidad en los
momentos más complicados. Para mí, es la forma que tengo de crear una realidad
alternativa en la que sentirme cómoda después de un día duro. También me
permite meterme en la piel de otra persona, sentir lo que siente. Disfruto
creando historias para mantener viva a mi niña interior. Es cierto que algunos
textos que he escrito me han hecho sentirme incómoda pero pienso que retratan
una realidad de la que también hay que hablar. Para mí la escritura me permite
entender lo que es más abstracto. Todo el mundo sabe lo que es el amor, la paz,
la justicia y otros conceptos pero casi nadie encuentra una definición que sea
unánime para todo el mundo.
Pienso
que la literatura es precisamente el arte encargado de llegar a los conceptos
que no pueden ser descritos de forma matemática. La literatura es el arte que
mantiene al niño interior. Sinceramente es una pena que se quite del plan
educativo a ciertas edades por no producir un conocimiento útil. Creo que al
ser humano en un momento determinado de sus estudios se le arrebata la
capacidad de imaginar y es muy triste.
¿Qué
me incita a escribir? La necesidad de construir una realidad apartada de la
vida cotidiana. Es mi forma de rebelarme contra el mundo adulto manteniendo la
imaginación y las ganas de seguir creando cosas. La literatura me permite
decidir qué miles de vidas quiero vivir, en qué aventuras me voy a embarcar y
qué mundos voy a visitar.
Otra
de las cosas que aporta la escritura a mi vida es la gente bonita que he
conocido. Cuando empecé no me imaginaba tener a gente con la que poder debatir
sobre libros y poder disfrutar de lo que escribimos. Puede parecer un acto
solitario pero la literatura une personas y eso es muy gratificante.
Biografía literaria
Lucía García (2000) es estudiante del Máster de Estudios
Literarios y graduada en Literatura General y Comparada en la Universidad
Complutense de Madrid. Comenzó a interesarse por la literatura cuando tenía
ocho años y desde los dieciséis asiste a talleres de escritura creativa. En
2016 realizó prácticas en las librerías de Con Tarima y Sin Tarima con el
proyecto de 4º+Empresa de la Comunidad de Madrid. Es miembro de la Asociación
de Mujeres Escritoras e Ilustradoras (AMEIS) desde su creación. Sus relatos han
aparecido en tres libros colectivos: Esas que también soy yo (2019,
Ménades Editorial), Las cerezas también sangran (2020, Ediciones Evohé)
y Si cerca hubiese un mar (2023, Las lolas editorial). Tiene un blog
llamado La Caverna de Lu y un podcast del mismo nombre donde habla de
literatura.
Textos
Órbita Existencial[1]
Puedo ver esa bóveda celeste desde el ojo de buey de la nave.
Cuando era pequeña me asomaba a la
ventana imaginando qué había, más allá de aquellos cuerpos
brillantes que iluminaban la noche. Estoy en la nave. Frente a mí hay un cuadro
de versátiles tonalidades. Da vértigo ver todas aquellas luces diminutas pertenecientes
a cada ciudad del planeta.
«Un pequeño paso para la mujer, un gran paso para la humanidad.»
Medito en silencio y dejo que la inmensidad galáctica me arrope.
Él
He visto un pintalabios rojo cereza.
Tenía uno igual.
Me encantaba llevarlo con
el vestido gris.
Me lo compraré para pintarme los labios en la calle.
Hace mucho tiempo que no me siento guapa…
Cuando me miro al espejo no me gusta lo que veo.
Al menos lo tengo a él.
Siempre me dice que es porque me ama.
Es tierno… aunque a veces pierde el control, como anoche.
Sé que se arrepiente.
¿Cómo no perdonarlo?
A veces el amor duele.
Salitre
A
mi madre le gustaba mucho el verano. Siempre decía que el tiempo se alargaba
cuando estaba de vacaciones, por ello aprovechaba a abastecerse de tesoros en
las librerías al finalizar la primavera. Se sentaba en su silla de playa color morada,
la arena cubría sus pies todavía blancos lechosos. Nos adentrábamos en el agua
mientras las olas mecían nuestros talones, el tiempo se paraba mientras
saltábamos riendo. Leía y recuerdo la tranquilidad que tenía pasando las
páginas, reteniendo los detalles.
Poco
a poco, los recuerdos fueron disipándose de su mente a pesar de que seguí
arrastrando su silla por el paseo marítimo de aquella playa, contándole
historias y anécdotas que habíamos vivido con el fin de refrescarla más que
aquella agua del Atlántico. Nos reíamos con las gaviotas y todo parecía volver
a la normalidad, aunque solo fuese en ese instante.
Aquel
verano las manecillas volvieron a girar en aquella playa cuando ella se fue. Yo
estoy en esa silla, mi hija me observa con semblante tranquilo. Sin duda mi
madre tenía razón al decirme: «—Saborea cada instante, no todos los veranos son
eternos». Dejo que el salitre me embriague, masticando aquella frase.
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