martes, 5 de marzo de 2024

NASHA, un texto de Matilde Tricarico

 

Matilde Tricarico

 La escritora Matilde Tricarico, nos comparte en la Semana de la Mujer como homenaje al 8M,  su microrrelato 'Nasha'
                            

NASHA

Aquel año se repitieron las lluvias torrenciales.

 Las nubes enfadadas, enrabietadas, escupían agua y polvo a la vez. Nasha miraba al cielo y al suelo preocupada, no podría volver a clase.

El barracón donde se reunían para aprender francés, ella y cuatro niños más, tenía el techo de paja y adobe y tardarían en arreglarlo. Allí cerca estaba el riachuelo donde ella cargaba los cubos llenos de agua que pesaban más que su hermana Lewa.

Su madre estaría contenta, la necesitaba para cuidar de ella que había nacido con una malformación en la mano derecha. Los dedos de la mano estaban unidos como una palmera. No hacía caso al dolor de sus pies, deformados con callos, llenos de ampollas, rozaduras y heridas ni de la molestia en la cadera por el peso y los kilómetros que tenía que recorrer. Le pesaba más la culpa de haber hecho vudú para que no naciera el bebé, cuando le daba a su madre el té con moringa. No necesitaban otra boca para comer el pastel de fango, ni otro cuerpo que estrechase su espacio al dormir. Ella no quería, su madre sí, y si era una niña la llamaría Lewa, la guapa, y a ella le pusieron Nasha, nacida en la época de las lluvias. Por eso odiaba a las nubes y el agua que llevaban dentro. Las piedras se volvían lisas y ella resbalaba, algunas veces se caía, y no podía levantarse arrastrada por la fuerza del viento.

Su profesor la animaba, Nasha tienes talento y espíritu de superación, si sigues estudiando podrás ser lo que quieras, y le regalaba libros para leer y hojas para escribir. Serás una gran escritora, le decía, cuando la veía desanimada.

Su madre cuidaba solo a Lewa, excepto cuando le hacía las coletas para ir a la escuela. Se sentaban fuera y le decía algunas palabras en francés.

Le acariciaba el pelo áspero y lo desenredaba.  En aquellos momentos se sentía la reina de la aldea.

Un día lo contaría todo para hacerse perdonar, pensó aquella tarde, y con las hojas en el regazo, cogió el lápiz y empezó su historia.

                                                                                       © Matilde Tricarico D’ Ambrosio


Sobre la autora:

Matilde Tricarico D' Ambrosio (Nápoles, 1949)

Cursó estudios en Italia. Es licenciada en Medicina y Cirugía y especializada en Pediatría.

Socia de AMEIS (Asoc. Mujeres Escritoras e Ilustradoras). Ha publicado el libro Entre dos tierras (Ed. Caligrama)

Ha participado con relatos en las antologías Esas que también soy yo y Relatos nada sexys (Ménades Editorial) y Donde la noche crece (Escuela de imaginadores). Colabora en la web Alquimia literaria con relatos breves. Socia de AMEIS (Mujeres Escritoras e Ilustradoras)

 

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lunes, 4 de marzo de 2024

LA HUIDA, un texto de Belén Mariah

 

Belén Mariah (Belén Rodríguez)


Desde el blog, con motivo del próximo 8M, dedicamos esta semana a la Mujer, dando paso a una serie de lecturas que inauguramos hoy con el microrrelato 'La huida', de la escritora Belén Mariah (Belén Rodríguez)

LA HUIDA

―Y ahora, ¿podemos mirar por la ventanilla, mamá?

Me alargas con cuidado el bote con las cáscaras de los pistachos que has merendado.

―Y contamos los aviones, ¿vale?

Yo asiento escondida detrás de las gafas de sol mientras te doy la botella de agua que hemos comprado en la estación. Tú bebes, me la devuelves y pegas la nariz al cristal.

―¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cinco!

―Cuatro, cariño.

―Cuatro, lo siento.

Me miras con insistencia, como tratando de escrutar algo que te diga que las cosas ya están bien, que ya podemos hacer ruido, equivocarnos. Yo me trago las lágrimas para sonreírte y te invito a sentarte encima de mis piernas. Tú lo haces casi de un salto y gritas “¡mira mamá!”. Entonces me coges la cara con las dos manos para que yo también vea el cielo.

―¡Mira ese qué cerca está! ¡A lo mejor es el nuestro!

Y yo miro, sin apenas ver con el ojo que no tengo hinchado, dejando que las lágrimas se derramen ahora que no me miras, apretando el bolso donde llevo los billetes del vuelo que nos llevará a donde él no nos encuentre jamás.

 

Más sobre la autora:

Belén Mariah (Belén Rodríguez) escribe narrativa y ha participado en las antologías Relatos nada clásicos (Ménades, 2021), Relatos nada sexis (Ménades, 2020), Todo por decir (2017) y Cuentos sobre ruedas (2007). Ha sido ganadora de varios certámenes de relato, entre ellos, el accésit del I Certamen de microcuentos José Luis Balbín (2021). Ha participado en el proyecto Waternitats y es creadora del blog Educar a un feminista. Socia de AMEIS (Mujeres Escritoras e Ilustradoras).

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lunes, 29 de enero de 2024

EVA GARCÍA: ESCRIBO PARA EXPLORAR MIS PROPIOS LÍMITES

 

Recibimos en el blog a Eva García, escritora madrileña afincada en A Coruña. Conocida sobre todo en el ámbito del relato breve y el microrrelato. Eva participa asiduamente en concursos y páginas del género como el clásico ENTC, Relatos En Cadena (Cadena SER) y revistas de difusión. Damos la palabra a Eva, que recuerda para este espacio como surgió su temprana vocación por la lectura y la escritura.


Cuando aprendí a escribir, empecé a escribir. Siempre fui una niña tímida y tranquila, al menos en apariencia. Por dentro era otra cosa. Mi cabeza vibraba llena de bandas sonoras y películas a todo color en la que vivía, bailaba, cantaba, odiaba, amaba o lograba todo lo que jamás exteriorizaba. Huía a ese mundo interno para soportar realidades grises y su único rastro eran las confidencias a mis diarios, mis cuentos y poesías. Porque desde que aprendí a leer y a escribir, pude ver que entre las páginas de los libros existían espacios donde evadirse y que yo misma tenía la herramienta para crear y plasmar los que bullían en mi cerebro. 

 Conservo mis primeros cuentos y poemas infantiles de cuando tenía cinco o seis años. En el colegio elegían mis redacciones, cuentos o poemas para concursos escolares o eventos. Fui  lectora indiscriminada de cualquier texto que cayera en mis manos, disfrutaba y saboreaba las palabras y frases como si fueran caramelos, me encantaba aprender vocabulario nuevo. Leía a escondidas, de noche bajo las sábanas o a plena luz del día. Los Cinco, los Hollister, Puck, el Reader´s digest, la Enciclopedia de la vida salvaje, tebeos, revistas de viajes, Las mil y una noches, Los cuentos de la Alhambra, las aventuras de Emilio Salgari, trilogías fantásticas... Cuando descubrí a García Márquez se me abrió una ventana mágica. Cien años de Soledad se convirtió en mi libro favorito.

  Dejé de escribir cuando la vida me robó el tiempo para hacerlo y ocupó mi mente con cuestiones prácticas, pero nunca dejé de imaginar. Retomé la escritura al descubrir el microrrelato allá por 2010. Me fascinó su accesibilidad para poder encajarlo con mis obligaciones. Mi primera participación en un pequeño certamen de relatos sobre micología (otra de mis aficiones) fue tan satisfactoria que empecé a participar en Relatos en Cadena de la SER, el blog de Esta Noche te Cuento, Las Microjustas y otros concursos que me tentaran.

  No puedo presumir de ninguna liturgia que configure mi proceso creativo. Soy bastante anárquica. A veces se me ocurre un título y decido escribir un cuento que lo justifique. Las condiciones propuestas (el tema, frases de inicio o de final, uso de determinadas palabras…) suelen ser muy estimulantes y me encienden la chispa de inmediato. No lo son tanto las imágenes o las canciones por ejemplo. En ocasiones observo o vivo una situación y decido transmitirla en un relato. En otras sigo utilizando una práctica que usaba en la adolescencia: recopilo palabras especialmente sabrosas, coloridas, bonitas, diferentes, y con esos caramelos construyo una historia. No siempre conozco el final de lo que empiezo a contar. De hecho, suelo empezar a escribir y dejar que mi inspiración continúe libre. A veces me lleva a terrenos insospechados difícilmente previsibles con antelación. Suelo parir la historia del tirón y he aprendido a regañadientes a dejarla reposar para pulirla, pero no demasiado, porque, si no, acabo destrozándola. Cuando redondeo un relato con un final o un título apropiado para mi estética particular, siento un cosquilleo, una euforia íntima muy grata.

  Escribo por muchas razones: para comunicarme,  para olvidar, para obtener la satisfacción de crear una pequeña escultura con palabras, porque hablo bajito, para defender ideas, para desahogarme, para explorar mis propios límites y para descubrirme a mí misma en los ojos de los lectores. Nunca dejan de sorprenderme las distintas lecturas de  ese trocito mío por parte de los demás. Verme desde fuera, en la mirada y la comprensión ajena, me ayuda a conocerme mejor.

                                                              


Biografía literaria:

 Eva García. Nació en Madrid y vive desde hace treinta años en Arzúa (A Coruña). Licenciada en Veterinaria y amante de las ciencias, nunca se resignó a abandonar las letras, Dicen las malas lenguas que los bichos siempre terminan colándose en sus historias. Desde hace catorce años escribe principalmente relato corto y microrrelato y mantiene un blog de escritura Gotas de luz pálida Participa desde 2015 en la sección de Microrrelatos de la revista cultural Amanece Metrópolis. Recientemente ha publicado un libro para concienciar a los más jóvenes sobre la necesidad de cuidar el mar El despertar de Uiko

 Varias veces finalista y ganadora en diversos concursos (Dónde lees tú, Cuenta 140, Wonderland, Microjustas, La pobreza en cien palabras …) varias veces finalista mensual y dos veces anual en el concurso Relatos en Cadena de la Escuela de Escritores,  ganadora en el concurso Esta noche te Cuento, comparte publicación digital y en papel en diversas antologías de relato corto : Micomicrorrelatos, Microrrelatos del azar, Microrrelatos indignados, Un Carcaj de Microrrelatos, El legado de Gabo, Un tiempo breve, Despojos del REC, En algún lugar de La Mancha, La Isla (Relatos de viaje Moleskin 2016), Papenfuss, Los locos del Microrrelato, MAFnuscritos, Cincuentos, Microvuelos, Aletreos, En7Colores, Emocionario, Claroscuros, Entcerrados, Entcaminados…

                                                                  


Impasse

     Ya recogerían la mesa mañana, cuando el hombre que dormía sobre ella hubiera terminado de soñar con aquellas libélulas amarillas empeñadas en llenar de luz los rincones vacíos de la casa ya desmantelada.

                                           (Finalista mensual 2018 de Relatos En Cadena)


Acecho y derribo

  Más allá de la curva del mundo hay un hombre marrón robando miel a las abejas que anidan en un castaño centenario. Inmutable, fuma un cigarro apestoso mientras rebaña hasta la última gota dorada. Decenas de gatos verdes vigilamos sus movimientos sin decir ni miau. Estamos acostumbrados a ver lagartos hurgar en las entrañas de los exhaustos y culebras que chupan la sangre a los inocentes.

  Después, con un velo en la mirada, se dirige como un autómata a un árbol cubierto de caracoles para recolectarlos en un saco. Su alma huele a amor podrido, a ego absoluto, a ambición insaciable. Esperamos pacientes que cometa un error para abalanzarnos sobre su rostro y sacarle los ojos. Lo hemos hecho otras veces, pero hay que tener cautela. Este tipo de bestias prepotentes suele cubrirse bien las espaldas.

  Entonces, una niña blanca, como de nata, aparece cantando por el camino. Al hombre se le ilumina la cara: por fin un gesto de debilidad. Tensamos nuestras patas, afilamos las uñas.

  Sin pensarlo demasiado le ofrece miel, le enseña los caracoles. Cuando abre su saco gris llega el momento. Un coro de maullidos le acorrala ensordeciendo su credibilidad, juzgando sus intenciones.

  Ya es nuestro.

            (Finalista anual 2023 Esta Noche Te Cuento)

Embates de mar

  Aterrizas de golpe en esa playa, donde las dunas de cristal resultan temibles y ajenas, porque el océano de la vida ha decidido vararte en ella. Y te acurrucas en el hueco mortal de su arena para lamer la sal de tus heridas sin saber lo que te depara un futuro, de repente, tan corto y desteñido como el bostezo de un jilguero.

  Te miran, te rodean, te consuelan, te apoyan, te compadecen. Te evitan.

  Te culpan.

  Te aconsejan.

  Son sospechosas las babas del Nautilus que te rozó en una ensenada, los nudos de la soga con la que saltabas, la miel tóxica de flores meditabundas, el color anaranjado de los caramelos, la costra mineral que formó el viento al agitar tu cabello. Lo son tus arrugas tostadas o esa espiral de dudosa espuma que hacía vibrar tu existencia. Lo es el licor que descorchaste a deshora.

  Y te brindan pociones mágicas, amuletos hechiceros, colores y aromas que pulen el karma, tiritas para el dolor desconocido, antídotos para todos los venenos, frutas exóticas, esencias místicas, sinfonías extrañas que recomponen por dentro.

 Y a tu confusión suman tantos caminos sin retorno, tantas promesas etéreas, tantas teorías gelatinosas, tanta estupidez, que te preguntas si ellos han estado alguna vez en esa playa, si lo estarán, si realmente harían todo eso que proclaman dando la espalda a la certeza de la ciencia si lo estuvieran.

  Abandonas sin remedio  lo equívoco, te sacudes las brumas a las que tentaba aferrarse y absorbes toda la luz que las rendijas de tu nueva cáscara permiten. Te entregas al destino de rodillas, cruzando el cielo con la tierra, plegando las alas. Y miras, con otros ojos, a los que, en silencio  y con respeto, te arropan apostando sinceramente por tu renacer.

                  (Relato publicado en la Revista cultural Amanece Metrópolis)

 

Anatomía de un calamar

  Daniela prefiere las sardinas asadas, con sus tripas intactas. Últimamente le apetecen mucho. Pero él ha traído chipirones. Los quiere rellenos.

 Trata de evadir la mente mientras los limpia, aunque no puede evitar el temblor de manos al vislumbrar en esos ojos fijos e insensibles la mirada de su padre. Los tentáculos llenos de ventosas parecen sus dedos viscosos, atrapándola, explorando ásperos cada resquicio. Imagina su nariz ganchuda al arrancar los voraces picos de loro. Y esa gelatina blanca que se adhiere a sus dedos la lleva al borde de la náusea.

 La arcada incontenible llega cuando, del interior de uno de ellos, sale un pescadito medio devorado, se escurre sobre el montón de entrañas y desaparece para siempre por el desagüe del fregadero. Recuerda otro desagüe, el sabor amargo del bebedizo de ruda y artemisia mezclado con lágrimas, dos pececillos ensangrentados perdidos por las cañerías. Recuerda querer morirse, recuerda querer matarle.

 Suenan pasos. Traga saliva. Apura la labor con la receta que usaba su madre, como él exige. Meter ese relleno en los cuerpos es antinatural. Se estremece. Acaricia su vientre. Llora. La cadena del tobillo frustra, una vez más, su intento de alcanzar el veneno de las cucarachas.

                                                                                              (Ganador anual en Esta Noche Te Cuento 2021)

 

 

 

martes, 26 de diciembre de 2023

Sonia Mele: Cuando escribo me sumerjo en una dimensión distinta

 

Sonia Mele Puerto


Recibimos en el blog a la escritora Sonia Mele Puerto, afincada en Valencia, gran lectora y que escribe desde muy niña, aunque solo hace unos años se ha decidido a escribir para diversas publicaciones y medios literarios.

Preguntamos a Sonia por sus primeras lecturas, por todo aquello que ella cree que nutre el campo de la palabra escrita y cómo ha sido su proceso de lectora a escritora.

ENTRE LIBROS, FOLIOS Y ESCENARIOS

Voy a ser muy poco original, pero estoy convencida de que es la vía más común en que se forja una futura escritora. Cuando era pequeña leía todo lo que caía en mis manos, aunque no lo entendiera, desde Heidi hasta la biografía de Leonado da Vinci, pasando por las entradas de la enciclopedia, o las revistas que había en casa de una vecina que, ante mi entusiasmo, acabó por regalármelas cuando ya las había leído. Recuerdo, incluso, que algún libro, que había empezado a ojear, aparecía en la balda más alta porque no era adecuado para mí.

Cuando tenía unos 10 años inauguraron la biblioteca del pueblo y me maravilló. Se me abrió un mundo de posibilidades, entre las que estaba elegir lo que quería leer. Devoré la saga de «Los cinco» de Enid Blyton, algunos libros de «Puck» de Lisbeth Werner, todo lo que tenían de Agatha Christie y después lo que tenían de Stephen King.

Desde pequeña se han formado ficciones en mi cabeza. ¡Que no cunda el pánico!, sabía que las estaba generando yo y que no eran reales, pero me acompañaban. No sé dejar la mente en blanco, carezco de dicha habilidad, pero en vez de pensar en cosas de la vida cotidiana, me inventaba mis propias aventuras.

La escritura llegó después, sobre los once o doce años. Escribir me ayudaba a ordenar mis ideas, a comprender mi entorno y mis circunstancias, a soñar otras vidas… Pero lo hacía para mí misma y así ha sido hasta hace unos años.

Con 14 años llegó a mi vida el teatro. La verdad es que no recuerdo qué me hizo apuntarme a esta actividad porque he sido siempre muy tímida pero, desde luego, no me arrepiento de la decisión que tomó aquella adolescente y que me hizo experimentar las historias desde otra perspectiva, viviéndolas desde dentro, aportando parte de mí a los personajes, metiéndome en la piel de personas diametralmente opuestas a mí, otras más afines, enriqueciendo mi rango lector…

En 2016 me atreví a presentar un microrrelato a un concurso y, aunque ni siquiera fue seleccionado, seguí enviando escritos míos a concursos, hasta que a partir de 2018 empecé a ganar algunos premios, como el Concurs de narrativa breu amb enfocament de gènere Isabel de Villena de Burjassot en 2018 y 2021, la Maratón de Microrrelatos de Massalfassar-Valencia Escribe en 2019, o el Premi Sambori Comarcal en 2019.

Conocí más personas aficionadas a la escritura y también gente que publicaba, encontrándome con un ambiente acogedor, respetuoso e integrador. Esto ayudó a que compartiera mis textos con menos reparo y empecé a obtener un reconocimiento inesperado que me animó a seguir escribiendo y a dejar que me leyeran.

He participado en diversas publicaciones colectivas, como «Minicuentos para minirratos», «Cada vez más iguales» de Valencia Escribe, o «101 crímenes de Valencia» de Vinatea Editorial.

Los asuntos que he tratado han ido cambiando con el tiempo como mis intereses, vivencias y lecturas. Desde hace tiempo me identifico con temas sociales, feminismo, defensa del medio ambiente, pacifismo, infancia y adolescencia… y mis protagonistas suelen ser mujeres.

Se puede decir que, excepto la poesía, he tocado todos los «palos»: microrrelatos, relatos, monólogos, composiciones teatrales y actualmente estoy inmersa en mi primera novela.

No escribo igual si se trata de microrrelatos o de textos más largos. Los primeros los escribo a partir de una idea que me surge espontáneamente o a partir de un reto como lo son los concursos de relato rápido, a los que soy aficionada. Los escribo de una vez y, a no ser que deba entregarlos de inmediato, los dejo macerar un tiempo para aportar matices o economizar palabras, quedándome solo con las que considero imprescindibles.

Si se trata de textos más largos soy escritora de mapa. Primero hago un esquema de la historia, me documento sobre lo que considero más relevante y, posteriormente, me lanzo al proceso creativo, revisando y modificando un tiempo después. No tengo una rutina establecida porque mi trabajo es a turnos y no me lo permite. Así que algunas semanas le dedico tiempo a la escritura y otras apenas toco el bolígrafo o el ordenador.

Escribir me enriquece. Pone palabras a lo que siento, a lo que me preocupa, a lo que me divierte. Cuando escribo me sumerjo en una dimensión distinta. Es otra energía, otro estado mental en el que me siento bien. Escribo de lo que sé, de lo que me salpica por cercano. En ocasiones denuncio o intento visibilizar problemas y retos que son intrínsecos a nuestra sociedad y la manera que tenemos de afrontarlos.

En muy poco tiempo saldrá mi primer proyecto en solitario: “Miradas a través del caleidoscopio”. Se trata de una selección de microrrelatos y relatos. Como colofón una obra de teatro breve. En este libro he puesto mucho trabajo e ilusión y, ahora, me acompaña la expectación por cómo va a ser recibido.

 

DESAPARECIDOS

He cumplido mi misión. Mientras mis padres dormían la siesta, me escabullí con ellos, los metí en la bañera hasta que dejaron de dar señales de vida y luego los hice desaparecer. ¡Jamás los encontrarán!

Ahora papá y mamá me harán más caso a mí, me escucharán sin hacerme esperar, mirarán mis juegos y hasta jugarán conmigo.

—¡Cariño! —dijo mamá a papá—, no sé dónde he dejado el móvil. ¿Lo has visto tú, por casualidad?

 

GUISO IRRESISTIBLE

–¡Preferiría comer ratas!

Mamá retiró el plato y se giró aguantándose las lágrimas. Afrentada, evitó mirarnos. Nosotras le observamos inmóviles por fuera y aterrorizadas por dentro.

Un día la oímos cantar mientras cocinaba. Acompañamos esa excepcionalidad con risas y danzas. Comimos en la cocina, como siempre. Él prefería comer solo frente a la tele. Mientras devorábamos los exquisitos canelones, un guiso inundaba con su aroma toda la estancia. No nos dejó probarlo.

Mamá sirvió a mi padre que, satisfecho, dijo que el conejo estaba delicioso. Al recoger la mesa, percibimos un brillo malicioso en su mirada.

 

NUNCA SE SABE EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

–No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween –dijo el sombrerero.

–¿Quién ha dicho semejante locura? –preguntó Alicia.

–¡La Reina de Corazones! Suerte que no haya pedido nuestra ejecución inmediata, descabezándonos sin remedio.

Tenían que pensar un plan, y rápido. El sombrerero sugirió rendirle pleitesía a la monarca. Así se relajaría y su ejército de naipes no les vigilaría tan de cerca. Encontrarían al Conejo y buscarían el modo de acelerar el tiempo.

En eso llegó el ejército de la Reina de Picas, derribando el muro que su hermana mandó construir para preservar su particular reino.

Escaparon, mientras la media baraja resolvía sus asuntos en su singular partida.

 

PORNOMBRES

YO, con 15 años, he violado a mi… exnovia. El juez me mandó a un centro donde hago talleres de sexualidad.

TÚ me mostraste mi primer contenido porno a los 9. ¿Te acuerdas?

ELLA, asustada, no podía creer que yo no parara a pesar de sus gritos y lágrimas. Ni siquiera me enteré.

NOSOTROS nos matamos a pajas con vídeos compartidos por Instagram.

VOSOTROS lo sabéis, pero no nos ofrecéis una educación afectivo-sexual adecuada y crítica.

ELLOS se lucran generando adictos, violadores y futuros puteros, vendiendo que es sexo, que mola, cuando solo es violencia.

Todos miramos hacia otra parte.

 

BIO LITERARIA

Sonia Mele Puerto, nacida en Aarau (Suiza) en 1973, de padre italiano y madre sevillana, se ha criado en Godella, población de la provincia de Valencia.

Es psicóloga, educadora social y escritora, aunque esto último le haya costado mucho reconocérselo a sí misma.

Escribe, sobre todo, microrrelatos y relatos, pero también monólogos y textos teatrales. Actualmente está inmersa en la que será su primera novela.

Ha ganado varios premios literarios de narrativa breve y participado en varias antologías colectivas de relatos y microrrelatos, como “Minicuentos para minirratos”, “Cada vez más Iguales” de Valencia Escribe y “101 crímenes de Valencia” de Vinatea Editorial.

Su primer trabajo en solitario, “Miradas a través del caleidoscopio” está a punto de ver la luz. Es una selección de microrrelatos, relatos y una obra de teatro breve.

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

Soliloquio de la prisionera (25N)

 



En este día de la No Violencia, quiero compartir con vosotros el poema 'SOLILOQUIO DE LA PRISIONERA' en el que he querido poner mi granito de arena, dando voz a las mujeres que perdieron la suya.











martes, 14 de noviembre de 2023

Lilian Elphick: No sé vivir sin escritura

 

Nos visita esta semana en el blog la autora chilena Lilian Elphick, editora general de la revista Brevilla, dedicada a la minificción y gran difusora del género. La autora,  que dirige talleres literarios desde hace más de treinta años, rememora para nuestro espacio sus inicios en el campo de las letras y nos invita, en primicia, a acompañarla en su proceso creativo.

 

Lilian Elphick


La mano

Escribí mi primer cuento-poema a los seis o siete años. Era la historia de unos ladrones que se roban la Luna. Mi infancia fue marcada por los libros. En casa no había televisión, ni menos internet. Leí (en realidad, devoré) todo lo que estuvo a mi alcance: cuentos, novelas, poesía. Y como me gustaba estar sola, leía y escribía. Durante años tuve un callo en el dedo medio de la mano derecha; ahora, queda sólo un vestigio y un recuerdo de la tinta azul que manchó las uñas, la mano completa, el cuello almidonado de la blusa blanca escolar, los bolsillos de un delantal de estampado cuadrillé donde guardaba piedrecillas, gomas de borrar. Siempre leí y el autor que más me gustó fue ―extrañamente― Kafka. Digo “extrañamente” porque adoraba los poemas de Bécquer y soñaba con pupilas y golondrinas en los balcones de los sueños. Entonces, apareció Gregorio Samsa y destruyó ese romanticismo. Antes de los diez años leí La Metamorfosis, de Franz Kafka. Me sentí identificada con Gregorio Samsa, porque quizás prefería estar en mi habitación leyendo que jugando con mis amigas/os.

Me gustaba el horror, el terror, lo desconocido y no los cuentos de princesas con final feliz. Gregorio Samsa es uno de mis personajes favoritos hasta el día de hoy. Ha influenciado mi modo de ver el mundo y de construirlo en el acto creativo. Me gustan los hechos no resueltos, odio los finales, lo conclusivo. Samsa es un personaje que no acaba, no hay final para él. Quizás de ahí nace su angustia existencial, enlazada al concepto freudiano de lo Unheimlich, lo ominoso, inquietante o, incluso, lo espeluznante.

La mano escribió sola la infancia, el tiempo juvenil; la mano rayó paredes en tiempos de dictadura. Siempre estuvo Samsa para consolarme porque la vida no era como yo pensaba.

La mano robó libros en tiempos de pobreza, a los 19 años, y nunca sentí culpa de ese acto tan artaudiano. Esos libros robados eran mi alimento y mi refugio. También mi rebeldía frente a los años de asesinatos, desapariciones y exilios.

La mano tocó el corazón y dijo: “Seguirás escribiendo”. Y así lo hice.

 

El señor K

Tengo una fusión con Kafka, mi autor favorito. Y gracias a él, a su modo de apropiarse de las palabras y de sentir el hálito de la literatura desde arriba, desde el trapecio, yo escribo. No hay escritura sin lectura. Doy gracias a mi querido señor K, a Clarice Lispector, Marguerite Duras, a Yourcenar, a Cortázar y tant@s otr@s escritor@s, el haberme trazado la ruta de la palabra, haberme entregado sus huellas para apropiarme de esa esencia prístina, única, a veces indescifrable.

Cuando escribo lo hago extrañándome. Porque no es fácil; al contrario, escribir duele, es como si siempre te estuviera pinchando una aguja. Sé de lo que hablo ya que soy coleccionista de cactus y me he pinchado mil veces los dedos. Entonces, los dedos siguen manchados: sangre, tierra, espinas, astillas, esquirlas de escritura que navegan de aquí a allá, al revés y al derecho por una literatura desordenada, desde el trapecio o cayendo al precipicio.

Y la música es esencial para esta manía de poner puntos a la íes y dejar espacios en blanco, golpes: una música fuera de ritmo (o tiempo), es decir, el jazz.

Se escribe desde el amor y desde el odio, sin pensar en el futuro, ojalá ingresando ―como Cortázar― al intersticio, a la grieta, a esa zona de existencia que podría ser un puente de Einstein-Rosen.

Entonces, con la ayuda de Coltrane, Chet Baker y John Lee Hooker construyo unos mundos disociados, sin término, abiertos como flores carnívoras.

 

La mano envejece…

y duele, pero qué importa ya. El callo del dedo del medio de la mano derecha vuelve a crecer, mientras las articulaciones se destruyen. No sé vivir sin escritura, me pierdo si no leo el cuento “Amor”, de Clarice Lispector desde los ojos gastados de tanta imagen, de ese lenguaje maravilloso y profundamente hiriente. Vuelvo, releo y me empapo, me embarro, tengo las uñas sucias de la tierra excavada. Y el silencio. Y la palabra.

 

***

TRES TEXTOS DE LILIAN ELPHICK

FRANZ

Tanto he escrito acerca de ti, mi escritor favorito, que me transformo en la próxima página, esa que espera ser descubierta por el registro del suceso y la enfermedad incurable. Peregrinaste de balneario en balneario en busca de mejores aires y tu única exhalación fue la construcción de mundos en donde el absurdo se erguía como monumento a los caídos. Por eso elegiste el trapecio para escribir y vivir siempre en las alturas, en la vacilación, a cargo de tus horas. Supiste domeñar al tiempo que dio, finalmente, un paso al costado.

Vives en todos los que deseen estar en el margen con una astilla de luz clavada en los dedos.

 

EL DOLOR

«Escribo porque olvido/y alguien lee porque no evoca/de manera suficiente

Lingüística General 

                                         (Cristina Peri Rossi)                                       

Desde mis fragmentos y requiebres escribo, tamborileando los dedos en el intento de buscar la palabra precisa que me lleve a los confines de la tierra, donde todo es posible, y el texto se deslice como arena en los zapatos, se haga humo, se impregne de la mirada de los fugitivos que pasan caminando de un país a otro. Entonces, llega el abandono. Los atardeceres nunca serán mejores que el que ahora tiñe mis manos, dándome la historia que no tuve y el amor que no me fue concedido.

 

LA SUCIA ESPERANZA

«Aún me queda una sucia esperanza. Cuento, a pesar mío, con una solución de continuidad del instinto: lo equivalente, en la vida del corazón, al acto del distraído que se equivoca de nombres y de puertas.

 «Antígona o la elección» en Fuegos

(Marguerite Yourcenar)

Como si el retorno a la cotidianidad fuese un remanso en el pedregal de la vida, vueltos los ojos hacia el interior de la mirada; como si no bastara mi amor por ti, ciega ya, tanteando las verdades y las mentiras y los modos de recordarte y atraerte hacia la palabra que entona esa sucia esperanza; abatida, entonces, suelto amarras y te libero, cuerpo mío.

 

Estos tres textos están incluidos en el libro Fuera de tiempo, 2022.

***

Fuera de tiempo (ir al libro)



LILIAN ELPHICK

 

Lilian Elphick (Santiago de Chile). Es Licenciada en Literatura por la Universidad de Chile; directora de talleres literarios desde 1990 y editora general de la revista digital Brevilla, dedicada a la minificción. Durante doce años fue editora del portal Letras de Chile.

Ha publicado tres libros de cuentos y ocho de minificción, entre los cuales están Bellas de sangre contraria (Chile, 2009. Premio Mejores Obras Literarias, Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Santiago de Chile, 2010); El crujido de la seda (España, 2016); Capilar (Chile, 2018. Libro seleccionado por el Programa de Adquisición de Libros del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Chile, 2019); y Fuera de tiempo (Edición en papel de Eutôpia Ediciones, Chile, 2022. Edición digital de BGR, España, 2022, en Amazon Kindle).

 

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lunes, 23 de octubre de 2023

El reverendo: Northam House, de Nuria Gael. Un viaje a la Inglaterra victoriana

 

El reverendo


El Reverendo (Orpheus, 2023), de la escritora Nuria Gael, autora de la que hemos hablado en anteriores entradas (1), es una novela ambientada en la sociedad inglesa del siglo XIX que narra la historia de un noble británico, Percy Algermon, que a la muerte de su abuelo regresa para hacerse cargo de la herencia que le corresponde y asumir el compromiso matrimonial que su abuelo ha dejado pactado. Tras años de residir en el extranjero, el heredero, ajeno a las costumbres y protocolo de la encorsetada sociedad victoriana, ve como su vida da un vuelco, mientras trata de adaptarse a su nueva situación sin renunciar a su propia identidad e historia personal.

La novela nos ofrece una magnífica caracterización de los personajes a la par que un retrato de la época y la contraposición de culturas muy diferentes, ya que el protagonista ha de lidiar no solo con su parte británica sino con los genes lakotas que corren por sus venas y sus propios traumas y vivencias pasadas.

 El reverendo es una historia evolutiva de búsqueda de la propia identidad, en la que el contexto histórico se diluye frente a las grandes cuestiones que hermanan por igual a los seres humanos. Cuestiones como la toma de decisiones personales en las que entra en juego el sentido del deber y fuerzan a los protagonistas a intentar hallar un equilibrio entre sus deseos más íntimos y la toma de responsabilidades.




Biografía literaria:

 Ha sido traducida al francés y al árabe, para distintas publicaciones. Ha participado en múltiples recitales y publicado, entre otras, las siguientes obras:

 Zéjeles del Estrecho. Editorial Estrechando, Algeciras 2012. 

 Líneas paralelas: Antología en prosa y verso de amores imposibles.” Editorial Alvaeno, Málaga 2013. 

 A Dentelladas Editorial la Polla Literaria, Chile, 2017. 

 Contenedor de relatos. Grupo literario Infusiónate. Editorial ImagenTa. Algeciras 2020 

 Relatos en la distancia. Grupo literario Infusiónate. Editorial ImagenTa, Algeciras 2021. 


Audio


Entrevista a la autora


EL REVERENDO (Primer capítulo)


 Puerto de Liverpool, Inglaterra, 1855

        Una noche fría y con aire de desolación se abatía sobre las veinticinco dársenas del puerto. Glorioso se extendía por más de veinte hectáreas, con barcos originarios del mundo entero. 

           El hermoso Oberon, procedente de América, entró majestuoso cargado de algodón. Su dueño lo miraba desde la cubierta el muelle, tenía un arraigado sentido de la pertenencia hacia el buque: era su orgullo. Al contemplarlo, un brillo peculiar calentaba su mirada. 

        Arribaron antes del amanecer, cuando los muelles apenas habían comenzado a despertar. Sus oficinas en el puerto, atentas a la llegada, pronto suministraron hombres que, unidos a los tripulantes, descargaron con eficacia la nave.

           Empezaron a asomar las luces del nuevo día cuando, en la cubierta, una silueta oscura reunió a la tripulación. Sus pupilas recorrieron las caras de cada uno de los hombres alineados frente a él. Sabía los nombres de todos, sus historias, sus miedos y fortalezas. Les confirmó el rumor: regresarían sin él, pero el Oberon seguiría con sus habituales rutas comerciales. Algunos se miraron entre sí, las habladurías eran ciertas. 

          La tripulación, compuesta por un capitán noruego y marinos de todas las nacionalidades, formaba un grupo excelente. Había respeto mutuo entre ellos y su singular patrón, con el que habían compartido, codo con codo, duras jornadas de trabajo. 

           —Hemos realizado numerosos viajes juntos, atravesado tormentas, tenido días buenos y malos, pero siempre ha sido un honor hacerlo junto a ustedes. En este viaje, el último para mí, su trabajo, como siempre, ha sido inmejorable y les felicito. —Percy Algermon, cubierto por un grueso tabardo azul marino y una gorra de lana calada hasta las cejas, los miró tratando de grabar el momento.

      —Señor, permítame en nombre de los hombres y en el mío propio expresarle nuestro agradecimiento y desearle lo mejor en tierra. 

            —Gracias, capitán. Cuiden del Oberon como merece, caballeros. —Tras llevarse una mano a la gorra en señal de saludo, se fue sin volver la vista atrás. En la reunión con los representantes de J. P. Coats, consiguió cerrar un trato del que todos se beneficiarían. Los agentes sonreían satisfechos al salir de su despacho; detrás de ellos se hizo el silencio. 

       Cayó la noche después de un largo día. Solo, tras un enorme escritorio de caoba, cruzó las largas piernas sobre él, en su mano seguía la copa de líquido ambarino con la que celebró sellar el acuerdo. Era el momento perfecto para perderse hacia otros destinos, lo acompañaban demasiados recuerdos. Un trozo de su alma quedaría siempre en Estados Unidos, pero otra lo haría en tierra inglesa. 

      De un portazo salió del gabinete, el edificio de piedra se fue empequeñeciendo a medida que se adentraba en las calles, cada vez más estrechas y alejadas del sonido del mar. Su única compañía eran sus propios pasos y la suciedad creciente. 

       Después de andar un buen trecho, pudo distinguir el fumadero de opio de Ban Gu mimetizado con el entorno, en su afán por pasar desapercibido para los no iniciados. Empujó la modesta puerta, que en nada reflejaba el lujo decadente que había tras ella. Acababa de pisar el entrante de madera oscura, cuando un oriental vestido con una túnica de seda apareció de la nada:

       —Bienvenido a mi humilde casa una vez más. —Hizo una elegante reverencia —. Permítame expresarle mis sinceras condolencias por su perdida, milord.

       —Gracias, Gu, veo que las noticias llegan a todas partes. 

      —Pase, por favor. —El oriental apartó la cortina situada al fondo del hall—. Siempre suelo estar bien informado, como ya sabe. 

       Al son de dos palmadas suyas dos criados, también orientales, lo acompañaron a través de la amplia estancia, jalonada en los laterales por otras menores. Casi todas estaban apartadas de la curiosidad ajena por cortinas para así poder mantener el anonimato de los influyentes ocultos tras ellas. La cuidada decoración intentaba emular el espíritu de los fumaderos tradicionales. Al llegar a un habitáculo, los criados se adelantaron y, con una pequeña reverencia, lo invitaron a pasar.

     Ban Gu, con un encendedor de mecha, prendió una vela colocada en una mesilla baja junto a otros objetos; al mismo tiempo, dirigió una mirada y los sirvientes desaparecieron.

        —Milord, por favor, para cualquier cosa que necesite, estoy a su disposición.

       —Gracias. 

     El asiático dibujó en su cara una media sonrisa y salió para dejarlo en la soledad que necesitaba. 

    Percy cayó con pesadez sobre el diván, se quitó la chaqueta y aflojó el nudo del corbatín. Aquel antro ilegal en suelo británico era un regalo, pensó. Gracias al comercio del opio, Gran Bretaña acabó con su deuda pública, así de importante eran aquellos dividendos ilícitos. Por allí pasaban todos: ricos y pobres; aunque estos últimos eran apilados en camastros de madera en otras habitaciones donde no ser vistos ni oídos. Los verdaderos dueños del fumadero, ingleses, eran quienes llenaban sus bolsillos. Gu era el perfecto anfitrión de la farsa. 

    Concentró toda su atención en el ritual de preparación de la pipa de opio. Cada acción lo iba relajando: calentó la esencia, diluida en agua a fuego lento, y la filtró. Repitió el proceso hasta evaporarla toda. El resultado era una pasta con un alto índice de morfina. En aquel fumadero no se fumaba opio puro. Percy colocó una cuchara sobre la  llama de la vela y se quedó ensimismado en ella. Con ceremonia, tomó una aguja para remover el contenido, hasta hacerlo cremoso y formar una píldora. El resultado lo introdujo por el agujero de una larga pipa de metal revestida de madera, adornada en los extremos por aros de jade verdes. La calentó y la llevó hasta sus labios. Cerró los ojos y, con cada calada, el opio embargó su mente y su cuerpo quedó laxo. Un sopor glorioso lo recorrió, los recuerdos quedaron olvidados, ocultos tras una columna de humo. 

     El sonido del mar era lo único de lo que era consciente, la cabeza le palpitaba y su cuerpo se encontraba entumecido, estaba tirado en medio de una callejuela. Miró su ropa oscura, estaba sucia; no recordaba muy bien a dónde fue al salir del fumadero, pero apestaba a alcohol barato. Sonrió, muy ebrio tenía que estar para que fuesen capaces de echar a la calle a un hombre de su envergadura, o quizás cayó él mismo, rendido por el alcohol y la droga. 

      Allí estaba, intentando incorporarse, en el mismo lugar al que había llegado hacía quince años. Fue el comienzo del embrollo en el que se convirtió su vida. 

    Logró incorporarse, necesitaba aire fresco. Anduvo un rato hasta despejar la cabeza y lograr orientarse hasta el coche que le esperaba apostado en un discreto callejón. Era viejo y deslavazado, para no llamar la atención, sin distintivo alguno, pero con buenos caballos. El cochero estaba armado y bien protegido por la compañía de su peculiar ayuda de cámara: Rebel Hook, un exboxeador irlandés. 

     Qué distinto era, pensó, de aquel niño mestizo llegado de América, desde la república de Texas, educado en las calles y luego en una parroquia católica. Siempre sintió estar fuera de lugar en aquel país nuevo y entre aquella gente. Ahora, también se sentía así en América. 

      Divisó a Charles, su cochero, junto a Rebel, sentado a su lado en el pescante. Cambiarían a su coche en las afueras de Liverpool. Desde allí atravesarían el territorio que les separaba del noroeste de Inglaterra en dirección a Cumberland, el hogar de su abuelo inglés y ahora el suyo. Durante el camino, un compañero de viaje se añadiría: el abogado de la familia y amigo, James Peabody. Northland House los esperaba. 

    La primera vez que llegó a Inglaterra también lo recibió Charles. En aquel tiempo era un muchacho de cuerpo delgado, alto, piel dorada, cabello negro y liso hasta los hombros y ojos grises.

    Su abuelo no fue a recibirlo; por piedad, el cochero le dijo que estaba enfermo. Si le causó sorpresa su aspecto, nada lo delató. Una vez dentro del coche, metió la mano dentro del bolsillo derecho de su chaqueta, algo pequeña, para apretar un collar de hueso que perteneció a su abuelo materno, un chamán lakota. A él se aferró como si le fuera la vida en ello. No lloró.


     Aquel día de 1837, un cielo gris y encapotado llenó de lluvia su camino. Unas millas después, contempló el paisaje y pensó que esa tierra tan hermosa no podía ser mala. 

      Aceleró el paso y buscó su petaca de whisky en un intento por aletargar sus demonios, bebió, estaba demasiado lúcido y eso era lo último que necesitaba. Cuando llegara a su destino, debería asumir una vida de obligaciones y un matrimonio de conveniencia; le daba arcadas pensarlo, pero se trataba de una cuestión de honor. Su abuelo había dado su palabra y firmado un contrato. 

        —Buenas noches, milord —saludó su cochero—. Bienvenido a casa. Haremos noche en una posada a la salida de Bootle. Todo está preparado. 

       —Gracias, Charles, me alegro de verlo.

    Rebel Hook bajó del pescante para sentarse dentro del coche con su patrón. Antes dispuso dos ladrillos calientes para los pies y levantó el asiento para sacar dos mantas con las que poder abrigarse.  

     El ayudante apenas le prestó atención; a veces se quedaba ausente, pero Percy sabía que no estaba «sonado» por los golpes recibidos en el ring. Solo echaba de menos otros tiempos y a veces, para permanecer cuerdo, debía volver a ellos. 

     Depositó toda su atención en el paisaje: la suciedad del puerto quedó atrás con rapidez mientras el coche se abría paso en medio de la noche, pronto dejarían la ciudad. 

      Los caballos eran estupendos, su familia siempre había criado buenos ejemplares. Con el tiempo, las líneas de ferrocarril en vez de aquellos hermosos animales surcarían Inglaterra; ya había una entre Windermere y Kendal, en Cumberland. Eran momentos de cambios. Será todo más práctico, pensó, pero no tan bello. Por un momento cerró los ojos. Al levantar los párpados ya no se sentía borracho, se sentía solo. 

     Siete millas después llegaron a la posada The Green Dragon, un sitio rústico como había tantos, pero capaz de ofrecer una cama limpia y comida caliente. 

      James Peabody, como siempre, había acudido puntual a su cita. Sentado cerca del fuego, leía con la espalda erguida y las lentes al filo de la nariz; sus ojos claros recorrían veloces las líneas que su dedo índice marcaba. A pesar de su concentración, se levantó con rapidez al abrirse la puerta del establecimiento y comprobar que quien entraba era lord Witshire.

          —Bienvenido a Inglaterra, milord. —Clavó en él sus luminosos ojos—. Siento mucho la muerte de su abuelo. 

      —James, mi querido James. Se abrazaron y en silencio recordaron al fallecido: Stuart Albert Algermon FitzRoy, marqués de Witshire, alguien querido para los dos y ahora ausente de sus vidas. Aquel abrazo duró más de lo debido entre caballeros, pero el tiempo justo entre amigos.

        —Estoy aquí para cuanto necesite.

       —Gracias, James, estoy contento de verte. Vayamos hacia una mesa. —Le indicó una esquina de la estancia—. ¿Por qué ella? —dijo de improviso—. En tu correspondencia no aclaras nada.

      —No lo sé. No vi al marqués cuando regresó de Escocia, yo estaba en Londres. ¿Ha comido? Hay un exquisito shepherd’s pie.

      —No, quizás lleve un trozo para tomar en la habitación. ¿Qué sabemos de ella? Odio todo esto. 

      —Lo sé. Es una jovencísima escocesa. 

      Empezó a leer con meticulosidad un cuaderno de notas sacado del bolsillo interior de su chaqueta, de pequeños cuadros beis y marrones:

      —Su padre es un Lamont, originario de Cornwall. Terrateniente rural y con negocios diversos, entre ellos madereros. Viven en el campo, además poseen casa en Edimburgo. Ella es la menor de cinco hermanas, precede al único hijo varón. Su reputación y la de su familia son intachables, por supuesto. 

       —Por supuesto —repitió con sarcasmo Percy mientras hacía un gesto grandilocuente con la mano.

      —Va a cumplir dieciocho años —continuó Peabody sin prestarle atención—. Aún no ha sido presentada en sociedad. Pronto sabré más de ella. —El abogado guardó el cuaderno—. Fue todo muy precipitado, milord. Al poco de cerrar el acuerdo, su corazón se paró, cayó derrumbado de la cama sin vida. Según dijo el doctor, no sufrió. —Un sesgo de dolor se dibujó en el rosto del nieto al escuchar sus palabras—. Intentaron reanimarlo al descubrirlo, nada se pudo hacer. Al llegar solo fue posible ordenar sus últimos deseos, siguiendo las instrucciones que dejó por escrito. Ya sabe, llevaba tiempo con el corazón débil. 

      —Está bien, muchas gracias. Organízalo todo, por favor —dijo Percy con voz exhausta.

     —Así lo haré. —El hombre fijó una mirada comprensiva en él—. ¿Alguna novedad por América?

    —No, ninguna, solo negocios. Ahora disculpa, James, voy a tomar un baño y comeré algo. Mañana nos vemos a primera hora y hablamos con tranquilidad.

   —Por supuesto, le vendrá bien descansar. —Lo recorrió de arriba abajo con mirada socarrona. 


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