lunes, 7 de febrero de 2022

Angélica Morales: Escribo para buscar a otras Angélicas, a todas las mujeres rotas que hay dentro de mí e intentar unirlas


Angélica Morales

 Recibimos en el blog a la escritora Angélica Morales ganadora del V premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya. Una autora con mirada poética, que dio el paso a la poesía escrita ya con cierta madurez, la madurez de quien cultiva versos y espera el momento adecuado para cosechar sus frutos. 

Bienvenida, Angélica. Háblanos un poco sobre ti: ¿Cómo fueron tus inicios en las letras?¿Qué lecturas te influyeron o a qué edad comenzaste a adentrarte en la literatura?

 Cuando vuelvo la vista atrás pienso que he estado escribiendo desde que nací, de forma silenciosa. Siempre fui una niña solitaria, con problemas familiares de maltrato y eso me hizo ser muy creativa. La imaginación se convirtió desde el principio en mi tabla de salvación. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en mi habitación e imaginaba otras vidas para salir de la violencia de la mía. Recuerdo que, de niña, en el colegio, por ser zurda y disléxica me hacían repetir curso, sin embargo, siempre recurrían a mí para el arte. Escribía pequeñas piezas teatrales, que representaba con mis compañeras. No me daba vergüenza actuar, al contrario, me liberaba de esa chica tímida y asustadiza que era. Me daba alas. Creo que el arte, para mí, siempre ha sido eso: unas alas que me nacieron para poder volar del abismo y la crueldad.

Gané mi primer premio literario a los catorce años en el instituto, con un poema dedicado a Lorca. Adoraba a Lorca por encima de todas las cosas, loca, frenéticamente. Sus versos me ponían la sangre del revés, era como si al declamarlo estuviese pronunciando un conjuro secreto que solo yo podía descifrar.

En el instituto pasé a formar parte del grupo de teatro y conocí a mis futuros compañeros, porque cuando acabamos los estudios seguimos trabajando juntos en una compañía: Teatraco Teatro. Estudié Arte dramático y al tiempo fundé mi propia compañía Más sola que la una. Interpretaba monólogos escritos por mí de diferentes personajes. Una hora y media en escena. Fue una época de catarsis, maravillosa. Pero en ese momento nunca pensé que yo podría ser escritora. Siempre creí que lo mío eran las tablas, actuar, dirigir. No obstante, como ya te he dicho, estaba escribiendo por dentro.

Cuando me casé, mi marido aprobó una plaza en Huesca como director de la biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública de la Universidad de Zaragoza. Yo, por aquel entonces, no me sentía cómoda en la escena, me faltaba algo, otro impulso. Un día fui a escuchar una conferencia de Ana María Matute y pronunció las palabras mágicas. Dijo: Hay muchos escritores que no saben que son escritores, que escriben por dentro, y se me quedó clavada, como una flecha de fuego directa a mi corazón. Murmuré en mi asiento: Esa soy yo. Y me puse a escribir con seriedad, como si mi vida dependiera de ello.

Y así empecé a escribir, primero relatos y luego una biografía novelada del papa Luna que me encargó una editorial porque el autor que tenían previsto al final no pudo hacerlo y yo la tuve que escribir en tres meses. Pasé todo el verano encerrada, y me di cuenta de que poseía capacidad de trabajo y mucha disciplina. Es una novela de la que estoy muy orgullosa. Supuso para mí el pistoletazo de salida al mundo de las letras.

 La poesía llegó muy tarde, casi a los 38 años. Me presenté a mi primer concurso poético, el Premio Internacional de Poesía Miguel Labordeta del Gobierno de Aragón, y lo gané para asombro de todos ya que nadie sabía que escribía poesía. Mi prosa era muy poética y aunque desdeñaba por puro desconocimiento la poesía, acabé sucumbiendo a ella. Pero, fíjate, creo que siempre fui poeta sin saberlo, que los dioses y las musas me tenían reservado este destino. Ser poeta es algo que no se puede nombrar. Ni siquiera uno puede decir de sí mismo soy poeta porque es como si estuvieras cometiendo un delito. Un poeta se siente poeta cuando lo nombran, cuando alguien te dice: te respeto, poeta. Entonces sí, entonces te puedes sentir poeta, pero siempre con mucha humildad.

 He sido una lectora tardía, pero tengo mucha intuición y una mirada que no sé si tiene el resto. He sabido mirar desde el otro lado, quizá porque cuando tu infancia es una pesadilla y habitas la violencia tienes que cruzar al otro lado del espejo de Alicia para sobrevivir y tu mirada es distinta. Soy muy sensible y eso te abre puertas que no existen. Es el misterio. La poesía es eso: misterio. Pero ojo, no solo misterio, es fundamentalmente trabajo, disciplina y muchos fracasos. No somos seres especiales ni divinos, yo soy una hormiguita que tiene intuición y sensibilidad, pero una hormiguita al fin. Todo lo que me está pasando no viene por arte de magia ni es fruto de la casualidad, cada premio viene por un trabajo muy austero detrás. Yo siembro mucho y recoges al tiempo, a veces lo que te llega a las manos son fracasos, sin embargo, yo cada fracaso lo veo como un camino más hacia la luz. Me gusta darle la vuelta a las cosas.

 Y, sobre todo, disfruto escribiendo. Escribir para mí es respirar, saber que estoy viva. Escribo para buscar a otras Angélicas, a todas las mujeres rotas que hay dentro de mí e intentar unirlas, hacer un collage del dolor. Me interesan los temas familiares y el dolor que hay detrás de la incapacidad de amar o del daño.

 Te confesaré que mi tía Chon, que era minusválida, soltera, y que fue la mujer que me crió y me amó, era analfabeta, pero sabía leer, no así escribir. Ella aprendió a leer sola, porque en la escuela a las niñas con tara las relegaban a los bancos de atrás y se las tenían que apañar. Aprendió a leer con tebeos y fue una lectora ávida. Gracias a ella surgió mi interés por la lectura porque ella compraba con sus ahorros libros y los leíamos juntas. Cuando empecé a escribir, a dedicarme en serio a contar historias, para ella fue su mejor regalo, algo que ella hubiera querido hacer: escribir, y no pudo. Pese a mis intentos por enseñarla apenas sabía escribir su nombre y frases muy graciosas que después de su muerte aún conservo.

 ¿Cómo es tu proceso creativo? ¿De dónde surge tu inspiración, sigues algún ritual o disciplina? 

La inspiración no existe, existe el trabajo y la constancia, como ya te dije. Yo trabajo cada día. Por las mañanas trabajo en poesía y las tardes dedico un rato a leer y otro a escribir narrativa, casi siempre novela. Me gusta mucho combinar los dos géneros. La poesía me ha enseñado a ser libre, y ahora, escribir novela para mí tiene otro sentido. Ya no hay muros ni es una señora enfajada o un largo pasillo lúgubre donde siempre ocurre lo mismo. La novela para mí es libertad absoluta y cabe todo. Yo me tomo la escritura como si fuese un laboratorio, quiero probar y experimentar. No me gusta conformarme. Quiero buscar mi voz, todas mis voces. Y unas veces acierto y el trabajo me gusta y otras no, naturalmente. Pero no me rindo, disfruto mucho trabajando. El día que no escribo estoy muerta. Ese día no ha existido. No ha valido la pena.

¿Qué dirías que te aporta escribir?

Escribir me aporta el aire, el alimento, las alas para volar y el disfrute. Disfruto muchísimo, me río, sufro, me enamoro, enloquezco, me busco, vivo y muero para volver a vivir.

  

4 POEMAS 

EL VESTIDO ERA PRESTADO Y VENÍA DEL MAR

El vestido era prestado y venía del mar.

Yo tenía el rostro oscuro

y un bosque de ánimas entre mis muslos.

Tenía a dios haciendo cola en el supermercado.

Tenía a mis tíos repasando la luz de sus relojes a la fresca.

Tenía el pelo repleto de rulos

porque me quería rizar el alma

y el flequillo,

porque iba a tragarme a Cristo por primera vez

y andaba limpia.

(El sexo /

las ideas /

aquellas braguitas tan puras que se pusieron a gritar)

El vestido era prestado

y venía del mar,

pero el mar nunca estaba entre mis manos,

ni en aquella caligrafía antigua

que ordenaba el modo en que teníamos que tratar el vestido

y después devolverlo en la oficina de correos.

Yo estaba sola en mi habitación y había llovido.

Yo no sabía lo que significaba tragarse a Cristo,

solo que los tíos fumaban en la cocina

y la abuela repartía pastas

y otros niños iban vestidos de domingo

y se tiraban al suelo

y sus madres los cogían de las orejas

y los depositaban en el sofá como si fuesen joyas

o huevos de paloma.

El vestido era prestado

y mi padre contaba monedas en el salón.

Tenía los ojos pequeños

y usaba zapatos en punta.

Nunca quiso besar mi rostro oscuro

y ni siquiera se dio cuenta de que el vestido era blanco

y venía del mar.

A Cristo le pedí, cuando lo tuve en la boca,

un padre nuevo y un camisón de corazones.

Pero cuando llegué a casa

todo seguía igual,

los tíos en la cocina,

el tabaco mordiendo la soledad de las pastas,

los niños quietos en el sofá,

dios con el móvil sin cobertura.

 

 

UNA ARTISTA POP NO ROMPE EL HIELO PARA LAVAR EN EL INVIERNO

 

He aquí,

dentro del cuento

de este poema,

que mi abuela

mendigaba pan y rosas.

El tiempo era otro,

la cicatriz la misma,

idénticas las costuras

con las que Dios

le daba vuelta a su lengua

y a la nuestra.

Hablo de la confusión

o del ruido

o del cielo apunto de hacerse añicos

en el hambre.

Hablo de la guerra,

de mujeres rotas dentro del sueño,

de cántaros cayendo al barro

donde los perros

lamen la miseria de una casa,

la sangre de un fruto

que tardará en nacer.

No había más música entonces

que la de la derrota,

la del cuerpo inerte

cayendo a la fosa.

Ruido de moscas

alrededor de la carne putrefacta.

Ruido de tambor

rompiendo la inocencia de la tarde.

Y balas.

Y el silbido de un hombre

que intenta cortejar un ave,

una vaca que pasta ajena a la desgracia

y a la que se le pueden contar las costillas.

Mi abuela,

que era joven en el poema,

que era hermosa dentro del humo

y la destrucción,

que tuvo pechos firmes

bajo los harapos

y tarareaba canciones alegres

para espantar el miedo.

Mi abuela

y otras mujeres

que serán mañana madres,

primas,
esposas,
que bailarán prietas en el cariño,

que habrán engordado

dentro de la calma

de una tierra que respira flores

y discotecas.

Han de saber que mi abuela

nunca tuvo admiradores.

Nadie se tatuó el perfil de su boca

en una camiseta de nailon.

Nadie posó junto a ella

en un selfie.

Nadie gritó su nombre

y después estiró su cabello

en un ataque de histeria

y se arrojó al suelo

y creyó morir de amor por las estatuas.

Mi abuela nunca fue la reina del pop,

solo una mujer triste

en una casa pequeña,

junto al pálido fuego de un hogar,

junto a la ceniza de unos hijos

que se la fueron comiendo por partes,

como si mi abuela fuese un trozo

de pastel de miel y hormigas,

como si mi abuela fuese

un vacío circunstancial

dentro de la casa,

dentro de sus huesos,

en el interior de una olla

donde hervía a cada rato la borraja.

Mi abuela no conoció a Paulina,

no supo de la gracia de su esqueleto

ni ansió tener

el tacto sutil de sus piernas.

No pisó un escenario.

No pisó un plató de televisión.

No pisó el césped del triunfo

ni su cuerpo se meció

en el perfume de la vanidad.

Mi abuela fue una mujer

como cualquier otra,

una mujer en el olvido

que lavaba ropa dentro del hielo,

que lavaba insectos dentro del silencio,

que me compró una muñeca

que tomaba el biberón

y después hacia pis.

El pis de la muñeca era frío como un iceberg.

Mi abuela no tomaba DMT,

solo zumo de uva ardiente,

solo lluvia en cucharadas hondas.

Después hubo otras mujeres en mi familia,

claro.
Algunas se subieron a un autobús

y pusieron rumbo a Alemania.

Otras se casaron con el diablo

y fundaron hijos

sobre la piel del alcohol.

Hay algunas

que permanecieron ausentes

dentro de sus gafas.

La droga vino después.

Después la muerte en el bosque

o fregar arrodillada en un hospital.

Después mujeres in vitro.

Después mujeres jarrón.

Más tarde algunas mujeres

que se quedaron a oscuras

con un abanico

y un puñado de arañas.

Hasta que solo quedé yo,

mi sombra enamorada

tras el agua del espejo.

Pero ahora Paulina insiste

y llama a las puertas de este poema.

Pide luz a motor.

Pide una habitación tapiada.

Pide cien pájaros fumadores.

 

 

CANTO VIII

El tiempo,

                   Uan, chu, fri…”

                  “An, de, truá…”

                            “Unu, du, tri…”

Las flechas del tiempo dando vueltas en la esfera de tus ojos,

sin descanso, sin un alto en el camino.

Y el camino es largo

y empieza siendo suave,

como el cabello de un ángel,

como la seda de un vestido inocente

que va a lucirse por primera vez,

como la menstruación tibia de una muchacha virgen,

sin dolor de mundo,

sin heridas de amor.

Pero el camino va haciéndose más difícil

y el tiempo se ensucia en las esferas del reloj

y las flechas disparan desengaños,

le producen a tu corazón las primeras grietas.

El camino que ya es cuesta de pueblo

que empieza a quedarse sin habitantes

                   o campo donde nada crece,

                   malas hierbas que son facturas,

                   matrimonios rotos,

                   hijos drogadictos,

                   palizas.

El tiempo, menuda palabra.

Más que una palabra es un abismo,

un hoyo que alguien ha cavado siglos antes

de que tú llegases al mundo

y han ido cayendo allí mujeres,

murallas,

caballos de madera,

héroes que daban la vuelta al mundo sin moverse del sitio,

del ojo cantarín de una sirena

que empieza a engordar por el aburrimiento.

Tiempo.

Sopor.

Piel flácida.

Cremas que prometen regresar a la flor primera,

a la espina única de la juventud.

Juventud,

menuda palabra.

Más bien tránsito intestinal,

estreñimiento del corazón,

falta de equilibrio emocional

                   o acné en mitad del sexo.

Hay que estar hermosas durante el tiempo,

durante la estancia del tiempo en nuestra piel.

Hay que cerrarle al tiempo las puertas de su propio tiempo,

poner en marcha algún ardid para seguir adelante en el camino

sin que el camino pese,

sin que por el camino nos venzan las hamburguesas con queso y bacon,

los cruasanes rellenos de chocolate,

los pastelitos de la pantera rosa

         o una paella de pétalos de zorro.

         “Uan, chu, fri, an, de, truá, unu, du, tri…”

Cuesta la belleza.

Miles de dólares argentinos.

Un millón de soles peruanos.

Más de un millar de pesetas rubias.

Todo el mundo.

Todo el tiempo.

Todo el universo gira en torno a la belleza.

La guerra es causada por la belleza,

por el deseo del hombre de destruir todo lo que brilla

y no puede poseer.

Todo aquello que se erige en su egoísmo

y el hombre no puede comprender.

Que le pregunten a Helena si acaso miento.

Que deje su puesto de dependienta en el Corte Inglés,

en la sección de oportunidades y venga Helena a desmentirme.

Helena que tiene ahora tres hijos yonkys y un marido transportista,

que ha hipotecado su casa por segunda vez,

que fuma a solas marihuana y es adicta a “Gran hermano”,

que no sabe coser,

ni mirar por la ventana,

que no se asoma al agua del espejo para beber de su hermosura pasada.

Helena hace mucho tiempo que arrojó la toalla al suelo,

que se deshizo de su bella anatomía para vestirse de nada,

de una mujer que no existe a los ojos de la guerra,

de una mujer que limpia la plata de un cuchillo los domingos,

sin saber muy bien hacia dónde apuntar la rabia de estar viva,

sin saber qué hacer con las ganas de apretar el cuello de sus hijos yonkys

y después escapar con una maleta de piel de pájaro hacia otra tierra,

una tierra sin mar y sin columpios en la que los grandes almacenes no existan

y el televisor proyecte polvo en blanco y negro,

sesiones continuas de polvo pornográfico.

                    “Uan, chu, fri, an, de, truá, unu, du, tri…”

Y si no que venga Hécuba y me hable del tiempo

y su paisaje hermoso dentro de la piel.

Hécuba que ya no tiene rostro porque un hombre le quemó la cara con ácido.

Que hable Hécuba de la ceniza de una mujer

cuando ya no quedan más que surcos salvajes en su geografía,

cuando ha perdido la identidad de su género

y solo es un pellejo cubierto de telas ajadas

que escapa hacia las sombras.

Solo en lo oscuro la belleza marchita puede respirar,

tomar fuerzas del cielo

y hacer que la cicatriz abra el pulmón de su ira para seguir viviendo.

Que venga Hécuba a hablar de ponerse de rodillas y fregar.

Que venga Hécuba a decirnos lo que es perder una patria

y tener que huir con el camisón puesto,

con las trenzas rotas,

con las hijas violadas en la boca de los árboles.

Hécuba no tiene móvil ni se hace fotos de perfil para su Facebook.

Hécuba come sola,

en un rincón,

mientras las ratas lobas se ponen a aullar

y los rayos del sol se hacen grandes en la ventana.

Por eso hay que estar en forma.

Hay que disponer el cuerpo para la batalla diaria del tiempo

y del machismo

y de la incomprensión

y del exilio

y de la rivalidad

y del olvido

y del encierro

y del sometimiento

                            y de la sumisión.

El tiempo de una mujer siempre es menos tiempo.

Siempre asoman dientes a sus lacitos de color púrpura

que se comen los sueños empezando por el final.

No es fácil dar a luz a unos hijos y después darles muerte.

No es fácil subirse a una pelota de fitball

y hacer flexiones con el cuerpo demencial de una tarántula.

 

 Angélica Morales

Bitácora de la autora 


Breve nota bio-bibliográfica:

Teruel (1970). Actualmente reside en Huesca. Escritora y directora teatral.

Ganadora, entre otros premios de poesía, del V Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya (San Sebastián), del XXVII Premio Nacional de Poesía "Poeta Mario López" de Bujalance (Córdoba); el XVII Premio de Poesía Vicente Núñez, de la Diputación de Córdoba; el XLVIII Premio Ciudad de Alcalá de Poesía; el 42 Premi Vila de Martorell (poesía en castellano); y el Premio Internacional Miguel Labordeta del Gobierno de Aragón.

Su último poemario publicado es #MedeaHaVuelto (Pregunta Ediciones, Zaragoza, 2021). Además, acaba de publicar la novela Tú serás la siguiente.

 

 

lunes, 31 de enero de 2022

MARCIA BATISTA RAMOS: ALGUNOS POEMAS


Marcia Batista Ramos


La ciudad

 La ciudad es un espacio de la memoria

Donde los padres y abuelos viven en casas de barrio

Maestros y taxistas (trabajan)

Mientras los demás (curiosean)

 

La ciudad es un espacio profano

Tiene un centro antiguo

Donde las chicas (ahora) muertas

Caminaron como hienas en la jaula (sonriendo)

 

La ciudad es un espacio sagrado

Tiene iglesias y catedrales

Ángeles en las plazas

Y niños (muertos)

Que ya no regresan

 

La ciudad es un espacio de inmolación

Los automóviles

Los camiones

Las motocicletas

Los ladrones

Y las drogas

 

La ciudad es un espacio contradictorio

Bocinas y sirenas

Silencio aturdido

Selva con lobos

Heredad de sacrificios

Intentos de adivinar la noche

Insectos venenosos

Bonitos edificios

Flores heridas

Montañas de anhelo.

 

La ciudad es un campo de batalla.

 

 

Sobreviviente

Todos murieron

antes que yo naciera:

La abuela Antonieta

La abuelita Negrita

El abuelo Cesáreo

La abuela Leontina

El abuelo Ignacio

…

Las tías

Los primos

…

Hoy estoy viva

¡Llena de muertos!

 

Esquina

Un millón de transeúntes al día

Para cada uno (una locura)

Por cada locura (una angustia)

 

Un millón de olores

Por cada olor (un miedo)

 

Un millón de sonidos

En su único poste (silencio)

 

Un millón de dolores

Procesiones humanas

(Sin nombre)

(Sin sexo).

 

Los poemas de Alejandra

-En memoria de Alejandra Pizarnik-

El tiempo se acumuló desde la infancia triste hasta lo que quedaba de los días.

 Los miles de pedacitos que poblaban sus días y noches,

 tenían nombre y apellido,

se llamaban tristeza y miedo.

Pudo verlos frente a frente en la habitación cuando estaba sola.

Escurrieron del techo por las paredes

y fueron todos hacia ella como hormigas disciplinadas.

 (Hasta fue enternecedor su paso lento).

Cuando le alcanzaban, hacían temblar su pequeño cuerpo,

 erizaba su pelo corto y abría más sus ojos alucinados.

Entonces ella buscaba la forma de escapar…

 Y medio paralizada, sintiendo que ya no podía más;

 y consciente de que el dolor consumía lo que le restaba de cordura: ella escribía un poema.

Tal vez, para salvarse.

 

Reminiscencias

No comas frutas verdes, te va a doler la barriga. 

No pruebes frutos que no conoces, pueden ser venenosos…

Colosales locuacidades.

Repiqueteante austeridad.

Profunda y sistemática incomodidad, poblando los días grises

 de la niña y de las futuras generaciones.

Por los siglos de los siglos…

 

Poema para las mujeres de Ciudad Juárez

 La orfandad de la noche encontró tus pasos

La ciudad es una jungla llena de bestias

Que te buscan

Para comerte en pedazos

 Tu olor es joven

Los atrae

Tu cuerpo es pequeño

Eres presa fácil

Que cae

Hasta el cielo

Llegará el eco de las oraciones

El aliento de las protestas

Las palabras en llamas

Los poemas que no te salvaron

Me esconderé detrás de alguna sombra

Masticando mis banderas

Olvidando mi nombre y mi arte

Porque no puedo llamarme poeta

Si mi verso no puede salvarte

Y la poesía y sus luchas

Son solo un emblema

Semillas sin germinar

Es cada poema

Que no logra protegerte

...

(Sueño con la noche que gotea de mi verso

Como un manto de justicia y protege tu vida)

 

Oración en medio de la guerra

Señor, en estos años de guerra he guardado sonrisas,

para usarlas en los días de fiesta.

Fiestas sencillas:

comer a la mesa con mis hermanos;

saludar a mis vecinos;

sentarme en el parque a leer un libro en la calma de la tarde

y sonreír al niño que pasa ...

Señor, en estos años de guerra todo ha cambiado.

Las canciones piadosas fueron silenciadas.

Los hermanos se convirtieron en mártires,

que ya no comerán en la mesa del domingo.

Ya no me abrazarán, ya no volverán a sonreír

Y no cantaran las canciones de nuestro tiempo.

Señor, en estos años de guerra,

Los vecinos apoyaron las paredes del edificio

Con sus manos, sus hombros, sus pies, su espalda ...

Señor, los vecinos, se quedaron a vivir bajo los escombros.

Llegó la pala y se llevó a los vecinos.

Los bombardeos pulverizaron el parque

y el niño que pasaba…

Señor, en estos años de guerra he guardado sonrisas,

para usarlas en los días de fiesta.

Te pido perdón Señor, porque ahora,

Usaré mis sonrisas para iluminar

el cadáver de cada enemigo.


Biografía                         

Márcia Batista Ramos, brasileña. Licenciada en Filosofía-UFSM. Gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Editora en Conexión Norte Sur Magazzín, España; columnista en Inmediaciones, Bolivia, periodismo binacional Exilio y Consultario, México, COINCIDIR, Chile, revista Madeinleon Magazine, España, El Mono Gramático, Uruguay y revista Barbante, Brasil. Publicó diversos libros y antologías, asimismo, figura en varias antologías con ensayo, poesía y cuento. Es colaboradora ocasional en revistas internacionales en más de treinta países. Editor adjunto de la Edición Internacional de Literatura China de Hubei. Embajador de la revista NAMASTE, India.

 


martes, 4 de enero de 2022

Eliana Soza: 'Escribir me salva de la realidad'


Eliana Soza (Potosí-Bolivia, 1979)

 Recibimos en el blog a la autora boliviana, Eliana Soza, escritora de cuento y amante de la microficción, campo en el que ha publicado en diversos colectivos y antologías. En este blog, punto de encuentro de escritoras de diferentes nacionalidades, traspasamos fronteras para encontrarnos en ese espacio común que une a las contadoras de historias. Es desde ese lugar universal, el de la pasión por las letras, que la autora nos hace partícipes de su recorrido:

1.       ¿Cómo fueron tus inicios en las letras, qué lecturas te influyeron y a qué edad comenzaste a adentrarte en la literatura?

Si me preguntaran sobre mi mueble favorito en una casa diría un estante de libros, por muchas razones que me definen actualmente, pero también por la forma en la que me acerqué a la literatura.

Pero vayamos al principio, nací en la villa que está más cerca del cielo: Potosí, al sur de Bolivia. Pasé mi infancia y algo de mi juventud en esta misteriosa ciudad colonial, llena de leyendas e historias míticas. A pesar de esto, en casa no teníamos un estante de libros, algunos merodeaban por ahí porque los habían pedido en el colegio, aunque no llegaban a ser parte de la casa.

Todo cambia cuando me voy a Sucre para estudiar Comunicación Social. Allí conozco a Lidia Valverde, una docente de Lenguaje y Literatura que, con su pasión por las letras, me abre las puertas hacia el mundo de las palabras. Gracias a ella tengo mi primer encuentro con un cuento de Julio Cortázar; suficiente motivo para saber que lo que quería era contar historias como él. Es a partir de este momento que armé un pequeño estante en mi cuarto alquilado de estudiante, que fui llenando con mis libros favoritos.

Después de recorrer un largo camino de lecturas de maravillosos autores latinoamericanos, me animo a escribir, pero no siento que ese trabajo valga la pena, por lo que lo dejo olvidado. La vida transcurre, formo una familia, dos estantes se unen y una biblioteca aparece.

Cuando nace mi segundo hijo, el deseo de escribir revive. Escribo cuentos cortos que voy reuniendo durante un año, incluyo algunos de la primera etapa. Los miedos y las inseguridades seguían acosándome. Recurro a un maestro, gran escritor boliviano, Homero Carvalho Oliva, quien me invita a incluir tres de mis relatos en la Antología Iberoamericana de Microcuento.

Sus palabras y su guía me animan a continuar escribiendo a partir de sueños, noticias o simplemente una palabra clave como sonrisa, así armo mi primer libro Seres sin Sombra que ya tiene dos ediciones, una cartonera y desde entonces no paro porque me doy cuenta que es mi sueño y que me hace feliz. El siguiente año junto a mi amigo poeta Ramiro Jordán publicamos Encuentros /Desencuentros un experiemento literario que mezcla poesía y microficción, luego vendrán mis libros digitales, el primero de microficción Monstruos del Abismo y de cuentos Pérdidas.

Las primeras lecturas que me marcaron fueron algunos de los representantes del Boom Latinoamericano, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Juan Rulfo. Otros fuera de esa etiqueta como Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Edgar Alan Poe y de pronto me di cuenta que no había leído a escritoras por lo que el 2021 solo las leí a ellas. Empecé por casa, Giovanna River, Liliana Colanzi, Magela Boudoni, luego con las vecinas: Mariana Enriquez, Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, Cecilia Eudave y demás.

 

2.      ¿Cómo es tu proceso creativo? ¿de donde surge tu inspiración,  sigues algún ritual o disciplina?

 Como muchas escritoras he usado mis experiencias para escribir historias de terror. Por ejemplo mi cuento La voz de Roberto nació a partir de mis miedos y el estrés postparto. Cuenta la experiencia de una madre que cada noche tiembla al contemplar a su bebé de seis meses sentarse y hablar con una voz gutural pidiéndole que haga cosas.

Cuando vivía en un departamento que tenía un hermoso ventanal que daba a un descampado, escribí otro cuento de una embarazada que cree ver en un cuartucho de ese lugar sombrío una bestia, la soledad de la pandemia, el abandono de su marido y los malestares del embarazo la orillan a crear fantasías escalofriantes.

Así lo que vivo, escucho y veo son la inspiración para cualquier tipo de texto. Igual mi experiencia como esposa me ha servido, después de esas peleas terribles he asesinado a mi pareja de formas diferentes en mis escritos, pero luego de la reconciliación todo pasa, aunque ya gané un buen texto.

 

3.      ¿Qué dirías que te aporta escribir?

 Definitivamente felicidad, de esa que no sentí antes, diferente a la que experimentas a través del amor. Una cálida y dulce alegría, que puede cambiar mi día y que transformó mi vida y la forma de ver el mundo a mi alrededor. Me aporta también locura y cordura, al mismo tiempo, que me salva de la realidad.

 

4.      Microficciones

 

CAMBIO DE VOCACIÓN

Pertenece usted a esa taciturna porción de seres humanos que

encuentran en la conmiseración ajena un lenitivo a su dolor

Agusto Monterroso

 

Después de leer aquella extensa carta, con una propuesta por demás interesante, pero que de alguna forma me avergonzaba, al mirar mis zapatos llenos de polvo, las rodilleras en mis pantalones y la barba crecida; debía admitir que el remitente tenía razón, me estaba convirtiendo o tal vez fui desde siempre un ser que, sin palabras, exigía conmiseración de los otros. También era real que las horas del día no alcanzaban para llegar a mis amistades e incluso conocidos y contarles los avances de mis pesares.

Por todo esto y la curiosidad que siempre movió mis acciones me puse a escuchar en los 1373 kilociclos, en la banda de 720 metros de mi aparato de radio. No era mentira que a todas horas, personas que no se presentaban, contaban largas historias, con tan solo un resumen del día anterior. Tuve la suerte de entender unas cuantas, también se debía a la habilidad de algunos hombres y mujeres para detallar los conflictos y darle personalidad clara a los personajes.

Entonces sucedió, sin ser consciente desde el principio, por oír los problemas de estos contemporáneos, me había olvidado de los míos. Así, de la necesidad imperante de ser escuchado pasé a ser un oidor nato y encontré mi verdadera vocación.

 

OBSEQUIO

 

Al apagar la luz de su lámpara, vio chispear las pupilas de su gato negro. Pensó que era normal, había escuchado misteriosas historias sobre los ojos felinos. Cada noche contemplaba hipnotizado esas luces rojas, que parecían más intensas a medida que pasaban los días, hasta que el escarlata era todo lo que podía percibir a su alrededor. El micifuz le estaba entregando el regalo de la clarividencia. En el siguiente ocaso, las pupilas del hombre brillaban incandescentes.

 

 

VENTAJAS DE IR A LAS FERIAS

 

Me deshice del nudo, aunque eso significara arrancarme el dedo meñique. No iba a quedar amarrada, con el hilo rojo del amor, a un hombre que engañará y desarrolla instintos asesinos. Por suerte, la clarividente me lo advirtió.

 

 

MIS FLORES Y YO

Para Violeta Parra

Cuando empecé a cultivar la tierra en pequeñas macetas, a la luz del sol de la terraza de mi edificio, supe que tomé la mejor decisión. Las flores me llamaron primero. Los pétalos de los pensamientos con sus caras sonrientes en amarillo y púrpura me contagiaron su alegría en los días más grises.

También planté un rosal con espinas gruesas que me enseñaron a defenderme con uñas y dientes de quien quisiera dañarme. El manzanillón me sirvió para calmar el estómago y los miedos que lo devoraban por las noches, combinándolo con la flor de amapola descansaba como un lirón.

Tras unos meses mi jardín creció y las flores se apoderaron de mi vida y del departamento. Ya no sufro por nadie. Ahora soy como ellas, orgullosa de mi belleza, y espero ansiosa cada amanecer.

 

                                                    Libro 'Pérdidas' (Pinchar aquí)


ELIANA SOZA MARTÍNEZ (Potosí – Bolivia) Comunicadora, escritora, madre y gestora cultural.

Seres sin Sombra (2018). 2da. Edición (2020) Ed. Electrodependiente, Bolivia. Encuentros/Desencuentros Bolivia (2019).  Monstruos del Abismo (Microficción) (2020). Editorial Velatacú, Bolivia. Pérdidas (Cuentos) (2021) Editorial BGR, España.

Escritoras bolivianas contemporáneas (2019), Ed. Kipus. Bestiarios (2019), Editorial Sherezade, Chile. El día que regresamos: (2020), Editorial Pandemonium, Perú.  Pequeficciones (2020) Parafernalia, Nicaragua. Historias Mínimas (2020), Dendro Editorial, Perú. Microbios, antología de los Minificcionistas Pandémicos (2020), Dendro Editorial, Perú. Caspa de Ángel, Carvalho y Batista. Umbrales, Antología de ciencia ficción Latinoamericana (2020), Ediciones FUNDAJAU, Venezuela. Error 404: Vinculo no encontrado. (2021). Editorial Libre e Independiente, Perú. La minificción en la voz de sus autoras y autores I (2021), Nasello y Dagatti, Tusca editoras, Argentina.


Blog de la autora (pinchar aquí)

 

 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Catro poemas de Lucía Novas Garrido

 

Lucía Novas Garrido

AS pomadas, as latitudes do sur, os vapores, as caricias,

a calidez do tempo (e xaneiro que abre

coma crisantemo de outubro), as candeas perfumadas,

a tormenta de incenso (a auga que gurgulla

entre a estruga e o lúpulo), a rosa de té en recipiente

de metal, os sales

esparexidos, os estanques abandonados,

as pétalas nas cuncas (acedume de

beixos), os poros que dilatan

e purifican o crime, a tranquilidade do arroz, o illó

de caldelas, as pontes nas burbullas, os caldos

reconfortantes, os aceites vigorosos, o tremelucir

das nádegas, as palmeiras fermentadas

no xenxibre e na terra, a incursión na sebe, o tigre

sinuoso, o contraste da luz, o burato que absorbe

a lixadura traidora, a esponxa tan cálida,

a medusa na placenta, o espello embazado,

o algodón protector, a ilusión

das pedras, o verme que devora

as orquídeas pasadas, a resurrección en catarse,

a traxedia bendita, a forza que xorde

e ennobela o cabelo, as imperfeccións na

epiderme

(e volven xurdir

transparencias de vidro), a chaira do ventre,

o aroma a terracota, a xunqueira de berros

que derrotan a dor, a arxila dos beixos (sucidade

de terra

na vulva

que se ofrece), a pube engalanada

con pétalas doutrora (xardín exquisito), o pan

tan branco, a suavidade do leite, esa flor

de fariña, ese tremor na cintura, ese círculo

que pecha.

 (Poema publicado no libro 'Neve')


AS liñas dos abetos, difusas, my little pony, na porta de atrás, no carreiro da revolta,

na cancela.

(Do poemario 'Cervatos')

 

 PORQUE as xesteiras inzan os meus soños. O volátil, o auténtico. As turbulencias.

O veludo. A dor. A claridade da tarde ante a montaña. Os réptiles.

As flores do xardín

de atrás. As tesouras. As agullas. O vaso

do meu corazón

ferido.

(Poema incluido en 'Cervatos')


ELVIRA. E ollar o ocaso dende as escaleiras. Campánulas. Azul, so blue! E recendía a verán polo camiño, ás herbas intensas de agosto. Gasa, tule. Flores no pulso. De cerámica, de felpa. When I Were Young. Desire. Nebulosa. Violetas no asfalto. Cervos. Like a bird. Espellos embazados. Break On Through. Outrora. Na outra banda. Walking Free. Dinosauro. Clemátide. Apreixeite. Na lagoa. Na ausencia. Na túa boca. Mais ti non podes estar aquí.

(Do libro 'Cervatos')


BIOBIBLIOGRAFÍA:

Lucía Novas nace en 1979 en Bueu, no Morrazo. Licenciada en Filoloxía Galega pola Universidade de Vigo, exerce de docente de Lingua e Literatura Galega no Ensino Secundario. Autora dos libros Epiderme de estío (Espiral Maior, 2001), que recibiu o Premio de Poesía Concello de Carral, Neve (Espiral Maior, 2010), Premio de Poesía Johán Carballeira, e Cervatos (Kalandraka, 2017), acaba de ser publicada unha antoloxía poética da súa obra co título Violetas no asfalto (Deputación de Pontevedra, 2021). Asemade, poemas da súa autoría aparecen recollidos nas antoloxías Novas de poesía. 17 poetas, Poetízate. Antoloxía da poesía galega., Das sonorosas cordas. 20 poetas dende Galicia e Erato. Bajo la piel del deseo, así como en diversos volumes colectivos e publicacións, das que son mostra Grial, Dorna, PolpA, Casa da Gramática ou Escrita Contemporánea. Recibiu os premios Minerva, Universidade de Vigo, Faustino Rey Romero, Concello de Carral e Johán Carballeira, e participou como relatora no curso Demasiados zapatos para unha cincenta, na Universidade de Salamanca, nas xornadas de Poesía Última da Fundación Alberti e no V Encontro de Novos/as Escritores/as da AELG.


 

Enlace ao libro 'Cervatos'

Enlace ao libro 'Neve'

 

TRADUCCIÓN:

LAS POMADAS, las latitudes del sur, los vapores, las caricias,

la calidez del tiempo (y enero que abre

como crisantemo de octubre), y las velas perfumadas,

la tormenta de incienso (el agua que brota

entre la ortiga y el lúpulo), la rosa de té en recipiente

de metal, las sales

esparcidas, los estanques abandonados,

los pétalos en los cuencos (acidez de

besos), los poros que dilatan

y purifican el crimen, la tranquilidad del arroz, el manantial

balsámico, los puentes en las burbujas, los caldos

reconfortantes, los aceites vigorosos, el centellear

de las nalgas, las palmeras fermentadas

en el jengibre y la tierra, la incursión en el seto, el tigre

sinuoso, el contraste de la luz, el agujero que absorbe

la suciedad traidora, la esponja tan cálida,

la medusa en la placenta, el espejo empañado,

el algodón protector, la ilusión

de las piedras, el gusano que devora

las orquídeas pasadas, la resurrección en catarsis,

la tragedia bendita, la fuerza que surge

y ovilla el cabello, las imperfecciones en la

epidermis

(y vuelven a surgir

transparencias de vidrio), la llanura del vientre,

el aroma a terracota, el cañaveral de gritos

que derrotan el dolor, la arcilla de los besos (suciedad

de tierra

en la vulva

que se ofrece), el pubis engalanado

con pétalos de antaño (jardín exquisito), el pan

tan blanco, la suavidad de la leche, esa flor

de harina, ese temblor en la cintura, ese círculo

que cierra.

 

 

LAS LÍNEAS de los abetos, difusas, mi little pony, en la puerta de atrás, en el camino de la revuelta,

en la cancilla.

 

 

 

 PORQUE las ginestas devastan mis sueños. Lo volátil, las turbulencias.

El terciopelo. El dolor. La claridad de la tarde ante la montaña. Los reptiles.

Las flores del jardín

de atrás. Las tijeras. Las agujas. El jarrón

de mi corazón

herido.

 

 

 ELVIRA. Y divisar el ocaso desde las escaleras. Campánulas. Azul, so blue! Y olía a verano por el camino, a las hierbas intensas de agosto. Gasa, tul. Flores en la muñeca. De cerámica, de felpa. When I Were Young. Desire. Nebulosa. Violetas en el asfalto. Ciervos. Like a bird. Espejos empañados. Break On Through. Antaño. En el otro lugar. Walking Free. Dinosaurio. Clemátide. Te apresé. En la laguna. En la ausencia. En tu boca. Mas tú no puedes estar aquí.

 

 

 



viernes, 24 de diciembre de 2021

Para todos y todas




Para todos los hombres y mujeres que nos han hecho ser cómo somos, acompañándonos en nuestro camino


 

martes, 23 de noviembre de 2021

Laura Reinón: 'Escribo por la belleza de contar aquello que todavía no he sabido decir'

 

Laura Reinón López

 Hoy, 23 de Noviembre, día Internacional de La Palabra, nos visita en el blog una escritora de cuento y microrrelato, Laura Reinón López, que, como buena cuentista, nos deleita al hacernos partícipes del nacimiento de su pasión por las letras y acercarnos a su proceso creativo. Le damos la palabra:

Siempre he sido una persona bastante introvertida, de hecho, podría definirme como una observadora introvertida con la cabeza llena de letras (y de pájaros). Cuando era niña leía todo lo que caía en mis manos, lo que me ayudó a crear un mundo propio donde poder acurrucarme. Y fue en ese mundo propio, acompañada por fantasmas que a día de hoy se resisten a abandonarme, cuando entendí que la escritura era una puerta, una entrada a mis profundidades, aquella que me permitía sacar del silencio todas las palabras que se quedaban atascadas en mi garganta. Comencé a escribir en libretas y hojas sueltas (incluso en una pared de mi cuarto, de la que el pintor borró cualquier vestigio), primero diarios y, muy pronto, relatos y cuentos que acababan estrujados en la papelera de mi habitación infantil. Una de las lecturas que me más me emocionó -y conmocionó- cuando apenas tendría doce o trece años fue Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Sentí como si, de repente, hubiese entendido el mundo, el mío.

A medida que he ido creciendo, la escritura ha sido el único camino por el que no me he sentido perdida o, mejor dicho, por el que irremediablemente necesito perderme. Siempre he escrito de forma autodidacta, desordenada (escribir en las paredes de casa lo era), hasta que hace unos años decidí estructurar un poco ese caos y aterricé en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès. En aquel nido literario mis pájaros se toparon con el cuento, un género que les ayudó a perder el miedo, a dejarse llevar… Los relatos que escribí durante ese período forman parte de un libro de cuentos muy personal que aguardan (con mucha paciencia) a que abra el cajón donde dormitan y les permita, quién sabe, levantar el vuelo. De hecho, uno de ellos ha sido publicado en la última antología Iceberg, del Ateneu, lo que me ha hecho muy feliz.

Todos mis relatos contienen una parte de mí, de mis vivencias. Existe un claro dolor emocional que se vacía en la escritura, se vierte en mis cuentos, pero no se recrea, sino que intento arroparlo con ternura, incluso con un roce de humor, para poder –a través de mis personajes- reconciliarme con la vida y conmigo misma. Quizás por este motivo, mi proceso creativo surge de la observación, de la mía propia y de la de los demás. Soy muy intuitiva en este sentido y cualquier señal, cuanto más cotidiana mejor, me sirve como disparador para crear una historia. Me gusta llevar una libretita siempre conmigo para anotar ideas, aunque cuando me pongo a escribir me dejo sorprender porque escribir no depende de una misma, sino que simplemente pasa.

En mi día a día (o más bien noche) escribo retazos de cuentos, microrrelatos en una cuenta de Instagram un poco abandonada, en papeles sueltos (he dejado las paredes), y participo en algunos blogs de microrrelatos. Mi cabeza alberga desde hace tiempo el proyecto de un diario personal con toques de ficción, una historia que me habla para sacudirme del silencio. Y creo que por eso escribo, por la belleza de contar aquello que todavía no he podido o sabido decir.

 

ALGUNOS MICROS

 

«Lunáticos»
Al separarse, lo dividieron todo. Partieron el colchón en dos mitades, la mesa, los vasos y los platos. Decidieron que las mangas derechas de todos los jerséis y la miga del pan serían para ella; las mangas izquierdas y la corteza, para él. Ella escogió cuarto menguante; él, cuarto creciente. Ahora sus mitades duermen en cajones separados, aunque las noches de luna llena aúllan con la esperanza de juntarse de nuevo.

 

«Doble o nada»

El suyo fue un duelo doble. El primero, el del amor; el segundo, el de la despedida. Este fue el que le hirió de muerte.

 

«Excusas»
Necesitaba sentir el latido de aquel corazón junto al suyo. El abrazo fue la excusa.

 

«Familia»
El abuelo protesta porque nunca encuentra el bastón y la abuela no calla hasta que suena el tocadiscos. Papá aparece cuando le da la gana. A mí me gusta cuando nos sentamos todos juntos en el sofá y mamá se acerca y me pregunta flojito al oído dónde he guardado sus gafas. En casa todos los fantasmas están vivos.

 

«Sola»
Por más que intentaba avanzar, solo daba vueltas en círculo. De repente, un tsunami de piedrecillas la puso cabeza abajo. No cabía duda, continuaba atrapada en el interior del reloj de arena.

«Frío»

Nos dijimos “para siempre”, pero, en realidad, fueron 354 días, 5 horas, 17 minutos, 3 segundos y 287 películas. Nunca tuve frío. Hasta esa noche.

 

«Flores»
Llegó a casa con el pelo alborotado, como si un pájaro se lo hubiera despeinado con su aleteo. Dejó los zapatos en la entrada y, descalzo, fue a la cocina. Sacó las flores del carro y se las acercó a la nariz. Un perfume dulzón borró la nube de lluvia mustia que se respiraba en la estancia. Sacudió en el fregadero la taza de café y pequeñas gotas de color marrón blanquecino salpicaron su chaqueta. Abrió el grifo y puso las flores en la taza. La sonrisa que dibujaba su boca renqueaba igual que los pasos que le separaban del comedor. Durante un suspiro infinito permaneció allí, encorvado en un rincón, mientras contemplaba la silla vacía con las flores en la mano. Notó cómo sus dedos flaqueaban y un escalofrío sacudió su espalda del manto de eternidad azul que la cubría. El agua saltaba de la taza y él no podía hacer nada para evitar la fuga. Sintió un frio húmedo en los pies y, por primera vez en todo el día, se dio cuenta de que no se había puesto calcetines.


«Raíces»
Nunca me han gustado los relojes ni los calendarios. Supongo que el paso del tiempo me pone nerviosa, me inquieta. Y no por esos surcos que cuentan historias en la piel, sino por todo aquello que nunca podré hacer. Pero las cosas han cambiado desde que me compré esta planta. Al principio todo parecía normal. Un poco de agua cada dos o tres días, luz y cariño. Hasta que pasó algo que nunca habría imaginado: comenzó́ a crecer un hombre. Sí, sí, un hombre de los de toda la vida. Hoy ha pegado un estirón y ya puedo verle el ombligo, incluso me hace aspavientos cada vez que quiere comer. Y aunque todavía no habla, lo que más me preocupa es si, finalmente, echará raíces.


«Palíndromo»
Cuando aquella extraña le puso el pañal, deseó con todas sus fuerzas volver a ser un bebé.

 

«Suerte»
Lo único que pudo salvar del incendio fue un trébol de cuatro hojas. Ella se quemó dentro.

 

«Mamá»
Me he acostumbrado a tirar miguitas de pan por todos los caminos de mi vida. Por si vuelves.


BIO

Soy Laura. Nací una mañana soleada de agosto, aunque prefiero la lluvia. Las letras siempre me han acompañado, escribo desde pequeña, solía hacerlo solo para mí, aunque la necesidad de expresar me llevó a estudiar Periodismo. Hace unos años quise ordenar mi caos y realicé el itinerario de Cuento en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès. De allí salió un libro de relatos que espero poder ver en mi estantería algún día. Me hace especial ilusión que uno de mis cuentos aparezca en la última antología Iceberg, del Ateneu. Publico en algunas páginas y blogs de literatura y en mi cuenta de Instagram pocas.palabras.bastan


Enlace a la autora: 

Pocas palabras bastan 


 



viernes, 22 de octubre de 2021

La extraña desaparición de Carolina Santomé, de María José Viz Blanco: Secretos y prejuicios se dan cita en un enclave profundo de la Galicia Rural

 

La extraña desaparición de Carolina Santomé (Letra r Editorial, junio 2021) supone la primera incursión en el género de la novela de la polifacética autora gallega María José Viz Blanco. Conocida en el mundo de la microliteratura con sus primeras obras, Creaciones Mínimas e Instantes Hallados (Ed., Ojos Verdes Ediciones 2016-2017),  se adentra posteriormente en la poesía con Los abrazos líquidos (Ojos Verdes Ed., 2018), Mar de chuvia seca (edición bilingüe, Ed., Neopatria., 2020), en colaboración con su hermana, Marga  Viz, publica el cuento infantil A gaivota Sonia (autoedición 2020) y nos sorprende ahora con esta novela en la que la autora decide, una vez más, cambiar de registro.

La extraña desaparición de Carolina Santomé  no cuenta solo la historia de Carolina, vecina del ficticio pueblo de Mourenzo, del que desaparece en extrañas circunstancias; si no que cuenta, a su vez, la historia de las gentes de la pequeña comunidad en la que se desarrolla el suceso. Esta novela corta, que abarca desde la década de los años ochenta hasta finales de los noventa,   arraiga en las  costumbres,  tradiciones, pero también  prejuicios y maledicencias de un pueblo que podría ser cualquier pueblo de provincias, si bien,  la proximidad del mismo a Santiago de Compostela, conduce al lector a acotar el terreno geográfico en el que se desenvuelven los hechos.  

El libro se divide claramente en dos partes bien diferenciadas. La primera, nos descubre al personaje de Don Eulogio, el maestro. Amigo de la desaparecida, nos va revelando en forma de "conversaciones irreales" como él mismo las denomina, los pensamientos y sentimientos que alberga hacia su antigua alumna. Es a través de sus recuerdos y emociones como llegamos a indagar en su propia historia así como en la de los personajes de los que se rodea.  Esta primera parte está marcada por las preguntas, con un ritmo pausado de narración, deliberadamente escogido por la autora, para configurar la personalidad de Don Eulogio, con sus aristas y contradicciones. Es a partir de la segunda parte donde la capacidad narrativa de la autora nos sorprende con un giro en el lenguaje, que alcanza un ritmo mucho más rápido y fluido al dar voz  esta vez a Carolina, como corresponde a un personaje, no solo más joven, si no mucho más ambiguo y desconocido, incluso para sus allegados. Es en esta fracción de la novela donde las preguntas formuladas anteriormente encuentran respuesta y también dónde surgen nuevos interrogantes que solo serán respondidos al llegar al desenlace final. Solo al cerrar la última página se completa el puzle de la historia y se revela el verdadero rostro de cada personaje, como en el famoso juego de Quién es quién.

La estructura de la novela, claramente diferenciada al usar varias voces narrativas, es un acierto en este libro, ya que ofrece al lector la posibilidad de ampliar la perspectiva de los hechos y hacer sus propias conjeturas acerca de lo sucedido, conjeturas cuyo acierto o desacierto tendrá ocasión de comprobar ante la aparición de un nuevo personaje que será el que complete la trama.

La extraña desaparición de Carolina Santomé nos sumerge de lleno en el ambiente rural de la Galicia más profunda, con sus bellos paisajes, sus personajes entrañables, pero también con los prejuicios fuertemente arraigados de sus gentes; gentes de la tierra, duras, que acaban enterrando sus dramas personales en un esfuerzo por silenciarlos; sobre todo cuando esos dramas tienen que ver con sus mujeres, mujeres de una sensibilidad o reacción no conveniente para el medio, que se salen del patrón aceptado como normal y que, por falta de recursos, acaban siendo consideradas locas o inadaptadas, o peor aún, crueles, sin considerar que, entre todos, han contribuido a que beban del árbol rígido de los juicios y prejuicios ajenos que las ha empujado, directa o indirectamente a que sean como son.

La extraña desaparición de Carolina Santomé, de María José Viz Blanco:  Leánlo, va con sorpresa en su interior.


Presentación de la novela 'La Extraña desaparición de Carolina Santomé'
en la Biblioteca 'Nós' (Ourense)