martes, 19 de septiembre de 2023

Chelo Sierra: Escribir es como un Red Bull a lo bestia

 

Chelo Sierra

Recibimos en el blog a la escritora Chelo Sierra, con la que hablamos de letras y a la que preguntamos, en esta sección de visibilizar a autoras actuales, acerca de sus inicios en la escritura. Chelo nos habla de sus primeras lecturas, y recuerda en nuestro espacio cómo sintió la llamada de las letras,  la forma en que aborda su proceso creativo y de lo que la escritura le ha aportado a nivel personal.

Le damos la palabra a la autora, que, como buena cuentista es una gran conversadora:

Creo que soy una escritora atípica: jamás escribí de niña, tampoco en mi juventud, nunca sentí la inquietud de querer inventar y contar historias. Sin embargo, fui redactora creativa en distintas agencias de publicidad durante más de quince años y, por lo tanto, aunque parezca una contradicción, durante una larga etapa de mi vida, me gané la vida escribiendo.

La literatura llegó a mi vida después, cuando dejé Madrid y el mundo de la publicidad, y me trasladé a vivir a un pequeño pueblo de Extremadura. Me instalé en Torremenga y comprobé que tenía mucho tiempo libre y que necesitaba hacer algo más intelectual que plantar tomates y regar los rosales. Me pedía el cuerpo un poco de esfuerzo mental. Empecé escribiendo microrrelatos, luego pasé a escribir relato corto y, ya en 2016, me lancé a escribir mi primera novela, Los collares azules de Bleubeie, que resultó ganadora del premio Princesa Galiana. Lo que tengo claro es que Extremadura me ha dado la tranquilidad y el tiempo que necesito para escribir, quizá si hubiera seguido en Madrid no hubiera podido dar ese paso.

Como lectora, he sido más bien precoz: empecé a leer antes de saber leer. Con cuatro años imitaba a mi padre, que era un gran lector, cogía uno de sus libros, me sentaba en un sillón y hacía que lo leía. Recuerdo que a esa edad mi padre me enseñó versos de La vida es sueño y los recitábamos juntos. A los diez años, le robé El Decameron de Boccaccio que estaba en lo más alto de una estantería y me lo leí entero, a escondidas. Luego, vinieron lecturas más apropiadas para mi edad, como la colección de Los cinco que me tuvo unos años totalmente abducida. Pero el primer libro que realmente me impresionó fue Crimen y Castigo de Dostoieski. Tuve un parón en la lectura que correspondió precisamente con la época de publicista en la que no tenía tiempo de leer libros, con leer documentación sobre los productos que había que anunciar tenía suficiente. Pero retomé la lectura voraz después.

En la actualidad, leo casi siempre a escritores contemporáneos. Sobre todo, a autores y autoras que tienen mucho talento, pero que están todavía —inexplicablemente— fuera del circuito comercial. También me interesan mucho las vanguardias, lo que están escribiendo los más jóvenes.

Fuera de eso, devoro los libros de Coetzee.

Respecto a mi proceso creativo creo que esto de escribir también tiene mucho que ver con el carácter de cada uno y yo soy una mujer poco metódica y bastante impaciente. Puedo estar meses sin escribir ni una palabra y meses en los que  escribo todos los días. En los meses productivos, necesito trabajar en mi casa, en mi mesa, con mis cosas alrededor, por la  tarde y en silencio, sería incapaz de ponerme a escribir en una cafetería o en un hotel, por ejemplo, tampoco podría hacerlo con música de fondo. 
Soy una escritora de las que llaman de brújula en estado puro, al 100%. Los personajes y la acción me van llevando a un lado o a otro, y suele suceder con naturalidad, sin forzar. Quizá no tengo paciencia para ponerme a hacer esquemas y planear capítulos antes de ponerme a escribir. Creo que esta es una forma más intuitiva de escribir y que se disfruta más porque también te sorprendes a ti mismo. Claro que puede ocurrir que los personajes no te lleven a ninguna parte, en ese caso dejo la historia y listo, tengo la suerte de que escribo sin presión. En todo caso, mi experiencia me dice que los personajes siempre te llevan a donde tú querías llegar.

En cuanto a la inspiración, quién sabe de dónde salen las ideas. Los escritores llevamos una antena adosada a la cabeza, siempre en perfecto estado de funcionamiento, para poder captar todo lo que pasa a nuestro lado, puede ser cualquier cosa. Es un fogonazo que puede aparecer al leer una frase en un libro, al escuchar a alguien en la calle o en la radio, al ver a alguien o recordar algo. Al final, la inspiración no es otra cosa que tener una mirada personal, saber mirar desde una perspectiva diferente aquello que pasa a nuestro alrededor.

A mí escribir me ahorra un dinerito en psicólogos porque me sirve de terapia, tiene la capacidad de ponerme de buen humor, de proporcionarme una energía extra. Es un Red Bull a lo bestia. Aunque debería puntualizar algo: todo eso no surge del hecho puntual de escribir, sino del hecho de haber escrito. O sea, que la energía y el buen humor son el resultado del trabajo una vez terminado, de ese momento en el que dices, oye, pues este texto no me ha quedado mal. Eso sí que es un subidón. Mientras escribo no lo paso tan bien porque siempre se tiene un punto de inseguridad, de no saber si lo estás haciendo bien. 

Decía Marsé que lo único que no se le puede perdonar a un escritor es que sea aburrido. Yo cuando escribo eso es lo que intento. Voy a decir algo que puede sonar fatal, y es que yo me siento más cercana al mundo del entretenimiento que al de la cultura y que mi objetivo principal es que el lector pase un buen rato. No aspiro a mucho más porque, aunque parezca un objetivo poco ambicioso, creo que conseguirlo es bastante complicado.


 EL SÉPTIMO MANDAMIENTO

 (cuento incluido en el libro 'La mirada del orangután'


El peligro es el gran remedio

para el aburrimiento.

Graham Greene.

 

Cuando se tiene todo el tiempo del mundo y nada que hacer con él, cada minuto es una condena, pensado así o de cualquier otra forma, eso era lo que me rondaba por la cabeza hacía muchas semanas, bastantes días o unas pocas horas, no era capaz de concretar la medida de ese tiempo interminable, de la misma manera que tampoco puede puntualizarlo las agujas de un reloj parado. Una opinión diferente a la que había tenido dos años atrás, cuando me acogí al expediente de regulación de empleo de la empresa de telefonía móvil en la que trabajaba. Entonces, vi en ese despido encubierto una oportunidad para hacer por fin las cosas que me gustaban y que me negaban las ocho horas de trabajo, el trayecto de ida y de vuelta que sumaban otras dos, y el resto del día dedicado a las tareas de casa, a un marido con el que no podía contar para nada porque trabajada hasta muy tarde, y a dos hijos ya mayores, pero decididos a no renunciar a los cuidados de mamá al menos hasta que les surgiera un plan mejor. Ahora que ya no trabajaba fuera, con dos o tres horas me sobraba para poner una lavadora, hacer las camas, pasar la aspiradora, bajar a comprar el pan..., a las once o las doce de la mañana, ya lo tenía todo hecho y podía dedicarme a lo que me viniera en gana. Los primeros meses, disfruté de la novedad de sentirme libre, algo que después de veinticinco años de arresto laboral, me pareció una bendición: si me apetecía leer, leía; si quería ver una serie en la televisión, la veía; si se me antojaba darme un baño de burbujas de duración ilimitada, me lo daba. Pude quedar sin prisa con todas las amigas a las que no veía desde hacía siglos y con algunos familiares de los que ya ni me acordaba, me harté de leer trilogías de suspense, bestsellers románticos y obras de ciencia-ficción, navegué hasta la extenuación por miles de páginas web, me aprendí casi de memoria los diálogos de todas las temporadas de Juego de tronos y Mad Men, y hasta en ocasiones cogí el tren de cercanías y me fui sola a visitar El Escorial, Toledo, La Granja y los jardines de Aranjuez. Comprobé que en apenas un año se pueden despachar los asuntos pendientes de toda una vida. Taché, taché y taché hasta que mi lista de deseos se fue vaciando y llegó un momento en que ya no había nada que me salvara de ese aburrimiento feroz que empezó a devorarme el ánimo y la paciencia. La situación se agravó el día en que mi hijo mayor se fue a trabajar a Londres, y poco después, el pequeño decidió irse a terminar sus estudios a Berlín. La apatía, como si fuera una droga dura, me enganchó, o quizá fui yo la que la alimenté, hasta que se hizo grande y fuerte y consiguió que nada me resultara lo suficientemente importante como para prestarle atención, de modo que pasaba horas de brazos cruzados, sin moverme apenas; días llenos, absolutamente llenos, de un vacío abismal en los que ni siquiera me hacía la comida, «para mí sola, qué pereza...», pensaba y, a veces, me obligaba a decir eso mismo, pero en voz alta —una loca hablando sola—, porque temía que las cuerdas vocales se me resquebrajaran de no usarlas, igual que se deshilacha una soga abandonada en un embarcadero.

Ese día, mi marido se acercó a mí antes de salir de casa por la mañana; yo todavía estaba en la cama, hacía un rato ya que me había despertado, pero mantenía los ojos cerrados, bien apretados, con la esperanza de volver a conciliar el sueño y alargarlo todo lo posible. Solo cuando estaba dormida el tiempo corría en vez de reptar como hacía habitualmente. Se sentó en el borde de la cama, mirándome, y me dijo algo con lo que ya contaba porque sucedía todos los días: «llegaré tarde», pero esta vez añadió una coletilla extra: «hace un día precioso, prométeme que hoy vas a salir». Cuando balbucí un «te lo prometo» pastoso y poco fiable, Gonzalo ya estaba abriendo la puerta de la habitación, así que pensé que no era necesario cumplir una promesa hecha al aire, sin destinatario. Sin embargo, todavía no sé por qué, la cumplí. Me levanté, me duché —hacía por lo menos un par de días que no me lavaba ni la cara—, y me coloqué frente al armario abierto, contemplándolo con la curiosidad y la fijeza con la que se mira a un desconocido, intentando recordar cómo me vestía antes de que los pantalones de chándal y las sudaderas con capucha se hubieran convertido en mis prendas favoritas.

Salí a la calle con desgana, pero elegante; los zapatos de tacón, a los que antes estaba tan acostumbrada, empezaron a hacerme daño casi nada más ponérmelos, pero cuando llevaba un cuarto de hora andando el dolor se hizo insoportable. Había recorrido ya una distancia considerable, demasiada para desandarla y volver a casa con esas rozaduras que ya notaba en la zona alta del talón, necesitaba comprar unas tiritas antes de que se convirtieran en ampollas y ya no me permitieran dar ni un paso más. Entré cojeando a un supermercado cercano y busqué la sección de artículos para el cuidado personal. Había poca gente y los empleados parecían ocupados en tareas de reposición, encontré enseguida las tiritas, estaban junto a un expositor de pintalabios de una marca blanca; era un envase de tamaño familiar con treinta apósitos de plástico en su interior, lo habría comprado aunque hubiera contenido quinientos, de modo que lo cogí del estante y me dirigí a la línea de cajas. Me sudaban las manos cuando le entregué el billete de cinco euros a la cajera, el corazón me latía con tal fuerza —bum-bum, bum-bum, bum-bum— que me daba la impresión de que sonaba en el hilo musical del establecimiento como si fuera un tema interpretado con un instrumento de percusión; nunca había tenido un impulso así, tan irracional y tan disparatado, pero me gustó volver a sentir cómo la sangre corría por mis venas y la adrenalina me devolvía la energía que creía haber perdido para siempre. La cajera me hizo varias preguntas, a las que contesté de forma automática con un sí aunque si hubiera estado menos nerviosa le hubiera contestado, sin duda, con un no: «¿necesita una bolsa?», «sí», «¿grande?», «sí». Por suerte, la señorita no me hizo la pregunta que yo estaba temiendo y que me había producido ya, con solo imaginarla, un temblor con epicentro en las piernas: «¿lleva usted una barra de labios escondida en el bolsillo?». No habría tenido más remedio que contestarle de nuevo que sí.

Salí del supermercado deprisa, como si no me dolieran los pies, lo cierto es que no sabía si me dolían o no porque lo único que notaba era la tranquilidad reparadora que sigue a un momento de intensa excitación, aquello era algo así como el cigarrillo después de un orgasmo. Metí las manos en el bolsillo de la chaqueta y me entretuve un rato toqueteando el pintalabios. Un escalofrío de placer me recorrió el cuerpo y creo que sonreí después de muchos meses sin hacerlo. Así es como recuerdo mi primer robo.

Después vinieron muchos más. Sabía que no podía presumir de ello —aunque tampoco me parecía una maldad imperdonable—, pero aquello actuó en mí como un estímulo, un motivo para arreglarme, salir de casa y hacer algo que me tuviera entretenida durante horas. Robar no solo me sacó de un aburrimiento expansivo que se me había colado ya por todos los poros de la piel y me había transformado en un ser inanimado como una piedra, un martillo o una sartén, sino que me cambió el ánimo y me devolvió el humor, así que decidí que debía fomentarlo, perfeccionarlo, convertirlo, a falta de otras, en mi gran pasión.

Al principio, recurrí a lo más sencillo: establecimientos pequeños, con escasas o nulas medidas de seguridad, en los que me paseaba mirando hacia un lado y hacia el otro, como si fuera una turista extraviada intentando orientarse de nuevo, hasta que el nerviosismo me aceleraba el pulso y se abrían las compuertas que permitían la entrada de millones de hormigas a mi estómago produciéndome un cosquilleo adictivo, una sensación de peligro que pedía a gritos una decisión valiente. Entonces, me metía cualquier artículo en el bolsillo, normalmente cosas pequeñas y sin valor, y me quedaba unos minutos más deambulando por la tienda, con gesto despistado y con la incertidumbre de no saber si había triunfado o no hasta que traspasaba la puerta del establecimiento y podía volver a respirar tranquila.

Perdí el respeto reverencial a robar en los grandes almacenes poco después, en cuanto comprobé que era suficiente con un mínimo de precaución y una observación detallada del lugar y de la gente, para poder actuar con razonables garantías de éxito. Aprendí a distinguir los distintos tipos de alarma, a saber qué artículos las llevaban y cuáles no, a desactivarlas, y también aprendí a identificar por su expresión, su actitud o incluso por su postura a los vigilantes de seguridad camuflados de clientes. Me gustaba reconocerlos, pero no para alejarme de ellos y buscar un lugar menos vigilado, sino para llevar la emoción al extremo: me paseaba a su alrededor, dejaba que me observaran mientras me detenía a mirar la etiqueta de un bolso, un pañuelo o un reloj y cuando separaban sus ojos de mí —bastaba con que pestañearan—, me lo llevaba. Los retos que me marcaba cada vez eran más difíciles, y mi ansiedad, esa mezcla de atracción y desasosiego, cada vez más desenfrenada.

Supe que ya había pocas cosas que se me resistieran, el día que robé en un museo el dibujo de unas manos entrelazadas firmado por Chillida. Quizá fue por eso, porque me empezaron a faltar desafíos, o porque en casa ya no tenía sitio para esconder tantos objetos y Gonzalo no tardaría en encontrar bufandas, monederos, pulseras y perfumes hasta en el cajón de los cubiertos, por lo que me prometí no volver a robar nada material. No me apetecía tener que explicarle lo que me estaba pasando. Él, tan ocupado siempre, era lento para darse cuenta de las cosas que me sucedían, se había demorado meses en percatarse de mi aletargamiento, y estaba tardando mucho también en percibir el estado de hiperactividad en el que me encontraba ahora, pero de un momento a otro se detendría a pensar y me preguntaría de dónde sacaba todo aquello y por qué nunca estaba en casa cuando me llamaba.

Admito que, faltando a mi promesa de no volver a llevarme nada material, robé un par de maridos, pero solo fue un experimento fallido que no me hizo sentir nada: me resultó tan fácil metérmelos en el bolsillo —aunque fuera en sentido figurado— y tan engorroso tener que cargar con ellos, que enseguida se los devolví a sus dueñas, los repuse tan rápido que a ellas ni siquiera les dio tiempo a notar su ausencia. Después, y ya con el propósito firme de respetar el compromiso que había adquirido conmigo misma, probé a robar pensamientos. Cambié los grandes almacenes por campus universitarios, bibliotecas, andenes de metro..., por lugares en los que yo pensaba que podía encontrar gente interesante, personas con pensamientos creativos, profundos o simplemente divertidos. Elegía un hombre o una mujer —imprescindible que estuvieran solos, concentrados y a ser posible con la mirada perdida—, me acercaba hasta quedar a su altura y con un movimiento rápido, imprevisible para ellos, cogía al vuelo la idea o el concepto que estuvieran manejando justo en ese momento y les dejaba la mente en blanco durante unos segundos. Me quedaba mirando cómo se revolvían en su asiento, miraban hacia atrás, o se paraban de repente, al notar que les faltaba algo. Los pensamientos se resistían un instante dentro de mi puño cerrado; algunos, los más obstinados, conseguían escaparse por el hueco diminuto que quedaba entre el índice y el pulgar y volvían, deformados la mayoría de las veces, a su lugar de origen. Los demás permanecían encerrados en mi mano hasta que caían rendidos. Ahora el riesgo no estaba en que sonara alguna alarma, ni en que me pillara un vigilante de seguridad, sino en que, al atraparlos, los hacía míos. Míos con todas las consecuencias, y eso podía ser inofensivo, pero también muy peligroso, todo dependía del carácter y la intención de los pensamientos robados. Una especie de ruleta rusa a la que me gustaba jugar y que todavía era capaz de hacerme sentir las emociones fuertes que provoca la incertidumbre, y eso que la mayoría de las veces los pensamientos de la gente resultaban ser decepcionantes, como si no hubiera ni una sola bala en el tambor del revólver.

Llevaba una mañana entretenida, pero poco excitante: «que no se me olvide inflar las ruedas», «¿el negro o el azul?», «hoy actualizo el sistema operativo, sin falta», «me duele la cabeza», «lo de los exoesqueletos me ha impresionado», «no sé que voy a poner de comer», «todavía no me han ingresado el sueldo», «tenía que haber cogido el chubasquero», «prefiero la sesión de noche». Eso era todo lo que había caído en mis manos hasta ese momento, un botín insulso pero que, al menos, no me exigía más que tomarme una aspirina, comprobar la presión de las ruedas del coche y actualizar el Pc con Windows 10, aunque había oído decir que era un sistema nefasto.

Me fijé, ya al final de la mañana, en una niña de unos diez u once años, vestida de uniforme, que estaba sentada en la parada del autobús, tenía los ojos cerrados como si memorizara algo y, fuera lo que fuese ese algo, parecía enumerarlo ayudándose con los dedos de la mano. Di por hecho que una niña de su edad no podía tener un pensamiento capaz de producirme vértigo, pero no me resistí a la curiosidad de saber por qué estaba tan concentrada. Me acerqué a ella y se lo quité. El pensamiento, a pesar de su contundencia, se quedó quieto entre mis manos, sumiso; ni siquiera intentó escaparse: «séptimo: no robarás». Quise deshacerme de él a toda prisa, devolverle enseguida a su dueña ese pensamiento demoledor que amenazaba con impedirme continuar con lo mío y repatriarme sin compasión al aletargamiento de antes, pero no me dio tiempo. La niña había subido ya al autobús y se alejaba con la nariz aplastada contra el cristal de la ventanilla; agarrado, como si fuera el testigo de una carrera de relevos, llevaba mi paraguas.

       


La mirada del orangután





Chelo Sierra. Nació en Madrid, empezó Magisterio, Filosofía y Derecho. Al cuarto intento, estudió ¡y terminó! Publicidad. Ejerció como creativa durante más de quince años en distintas agencias de la capital, y como gerente de su propio hotel de campo en Extremadura durante nueve. En 2011 comenzó a escribir ficción. Ha tenido la oportunidad de explorar distintos géneros: microrrelato, relato, poesía experimental, novela corta, artículos de opinión…, y ha sido premiada en un buen número de certámenes literarios: Ana María Matute de narrativa, Relatos en cadena, Ciudad de Coria, Princesa Galiana, José Luis Castillo-Puche, Salvador García Aguilar y Ramiro Pinilla, entre otros. Es autora de los libros El síndrome de Peter Pan, Desencuentos, Los collares azules de Bleubaie, De nada, La mirada del orangután —finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2017—, El efecto avispa, Bonsáis, Setenta y dos vírgenes y La mala intención. En octubre está prevista la presentación de su nuevo libro, una colección de relatos titulada El desorden del que te quejas. Colabora como articulista con la revista cultural El ciervo.

Setenta y dos vírgenes


La mala intención

jueves, 6 de julio de 2023

Mercedes Marín nos habla de su última novela 'Estaciones sin parada'

 

Mercedes Marín

―Hola, Mercedes. Bienvenida a este espacio. Queremos felicitarte por tu nueva novela ‘Estaciones sin parada’ que acaba de salir a la luz. ¿Has recibido muchas reacciones por parte del público? ¿Qué te han parecido las impresiones de los lectores?

Hola, Manoli. Estoy recibiendo muchos comentarios y mensajes de apoyo. Es cierto que la novela, como quien dice, se acaba de publicar. Pensemos que es en mayo cuando realmente la he podido enviar y cuando el editor ha arreglado todo con la distribuidora para que los lectores la puedan tener en sus manos. Han sido unos meses extraños porque su lanzamiento ha coincidido con ferias del libro que, lejos de ayudar, han ralentizado todo el proceso. Los lectores están en modo “novedades” de autores y autoras conocidos y eso determina que al ser escritora de autoedición te quedes un poco a la cola de lo que va sucediendo en ese “primer frente”, pero bueno, estoy contenta porque la novela está gustando. Después de La resurrección de Jandra Sweet, el listón estaba alto porque esta, mi segunda novela, ha tenido muchísimo éxito y no quería defraudar. Ahora, al paso de los días y con la llegada de esos comentarios de los que hablaba me he dado cuenta de que no había que tener ningún miedo.

Estaciones sin parada, es otra historia de vida y así lo están sintiendo los lectores. Estoy contentísima.

―Con frecuencia dices que eres una escritora emocional porque escribes, sobre todo, novela intimista. ¿Cómo llegan las historias hasta ti? ¿Surgen a partir de hechos reales o de alguna escena que te llama la atención?

No sabría decirte muy bien, porque a veces ni yo misma lo comprendo. Te puedo decir que lo que me suele suceder es que al observar lo que pasa a mi alrededor (puede ser en mi ambiente cercano o bien una noticia que alguien me dé) me quedo con algo, sin querer. Me impregno de algunas emociones y algo salta dentro de mí, es como si yo tuviera la intención de ayudar a esa persona a través de la historia que voy a crear. A partir de ese suceso me meto totalmente en esa persona, en esa piel, en esa casa y, sin querer, va surgiendo todo.

Decir también que siempre mezclo la realidad con la ficción. Los lectores sienten esto como un acierto porque son capaces de sentir lo que estoy contando, de vivirlo incluso.

Ayer precisamente, un chico joven acababa de leer mi primera novela, El año de las decepciones, me abordó por la calle y me dijo que le había encantado y que además de disfrutar mucho con ella, la había vivido en primera persona porque es como si se la estuvieran contando exclusivamente a él. Me gustó mucho saberlo.

En todas mis novelas, además, hay hechos reales, históricos, genéticos, sociales. Me gusta, ya que tengo un poco de voz, mostrar algunas cosas, temas que a veces son desconocidos para muchas personas. Es una manera de aprender y de enseñar. Debe ser que mi faceta docente está grabada a fuego en mi alma.

―En Estaciones sin parada tratas el escabroso tema de las sectas, y haces mención a una secta muy polémica, fundada en los años setenta, el grupo Edelweiss, que tuvo bastante relieve en los medios. ¿No te dio cierto temor profundizar en este tema tan conflictivo? ¿Crees que la literatura ha de ser un medio para reivindicar temas sociales que nos afectan?

Me dio tanto miedo que estuve un tiempo detenida sin escribir. Cuando llegué a ese punto sabía que tenía que abordar ese tema, por lo que te decía al principio, pero es algo, como bien dices, tan escabroso, tan doloroso, que tuve la tentación de bajarme de ese carro y seguir por una ruta más feliz. Di vueltas, muchas vueltas, atajos, traté de subirme a otros trenes, pero todos los protagonistas me pedían que no fuera cobarde. Después de todo este conflicto interior me senté de nuevo y tecleé todo el dolor y la esperanza que había en los ojos de mis protagonistas. Luego me sentí bien, era como tener una certeza de misión cumplida. Una redención.

―¿Has recibido llamadas al respecto de este tema o has podido entrevistar a algún miembro de esta o de otra secta similar?

No, no. Me documenté a través de artículos de periódicos. Entrevistas. Documentales. A partir de ahí imaginé como sería una vida en esa situación y en silencio y con mucho respeto hice lo que creía que debía hacer, dejar constancia de esos hechos que parecían olvidados.

―Otro de los grandes temas que tocas en la novela y que representa el eje central de la misma, pues cambia la vida de los personajes, es el suicidio. Un tema candente, ¿qué te llevó a abordarlo?

En mis novelas me gusta recrear las emociones y me suelo preguntar qué pasaría en una casa cuando una persona no es un poquitín egoísta si no muy, muy egoísta, rayando en la enfermedad, o avaricioso, orgulloso, celoso… (En femenino también ¿eh?). Todo lo que se sale de la normalidad altera el sistema nervioso, y no solo el de las personas que conviven con esa persona, sobre todo, esas personalidades suelen convivir muy mal consigo mismas. Creo que esto contesta a la pregunta.

―El personaje de Elvira es complejo y nos deja varias preguntas, como la relacionada con el papel tradicional de la mujer de su época relegada a labores domésticas y la crianza de los hijos. Papel por el que la protagonista protesta a menudo. ¿Intenta la novela, de algún modo, dar voz a tantas mujeres que vivieron este rol como algo impuesto por la sociedad de la época? ¿O es, quizá, la enfermedad de Elvira la que se intenta visibilizar en la obra?

Cuando empiezo a escribir algo nunca busco visibilizar nada, es más, a veces no me pongo de parte de esa protagonista sino que surge el efecto contrario en mí, me pregunto por qué no es feliz si ha elegido un camino de vida que es el que de sobra sabía que le esperaba. Luego, a medida que voy escribiendo, algunas veces tengo empatía con ella y otras con su marido y con sus hijos, con su madre, a la que ya no le tocaría, por edad, tener que intentar reeducar a su hija. Es complejo. No sabría contestar algo concreto porque como te decía, habría que hacer un análisis minucioso en cada momento.

―El tren, las estaciones, el oficio de revisor y todo lo relacionado con el ferrocarril juega un papel fundamental en la obra, ya desde los mismos títulos de los capítulos que siempre hacen referencia a este medio. ¿Es la novela también un homenaje a este medio de transporte? ¿De dónde surge el tema?

Siempre me han gustado los trenes, sus caminos a veces inaccesibles de otro modo. Siempre me ha gustado la vida y sus conflictos, huyo del acomodo y lucho cada día por ser mejor en mis relaciones personales. Los trenes, la vida. Las estaciones, las decisiones. Subir al tren, a la vida, con más o menos equipaje…solo era eso.

―Suele decirse que en toda historia subyace otra historia secundaria, que avanza en paralelo a la trama de la historia principal. ¿Es este el caso de tu novela?

En esta ocasión la historia que subyace detrás es un recuerdo del pasado, mi pasado. Me gusta utilizar mis novelas como diarios emocionales. Si algún día yo me olvido de mí y de mis vivencias, alguien podrá reconocerme en todos esos momentos, en esas señales, en esos códigos. Es mi legado, mi mayor riqueza.

―Ya por último, ¿te has quedado satisfecha del resultado final del libro o crees que te has dejado algo en el tintero? ¿Tienes en mente ya el próximo proyecto literario?

He quedado satisfecha, sí. Cuando la he releído he sentido la misma emoción que cuando la escribía. Mis personajes están donde ellos me han dicho que los llevara y, como siempre, esa era la misión.

Respecto a los proyectos, ahora estoy embarcada en mi programa de radio en Magazine Eg Radio, El sonido de tus palabras. Lo estoy pasando muy bien hablando con todas estas personas (escritores…pronto habrá lectores también) que me aportan muchísimo. Me gusta la conversación y me gusta escuchar, esa es mi gran batalla porque pienso que en la escucha plena está el secreto de la salud. Muchas personas están enfermas porque se sienten desvalorizadas, nadie presta atención a lo que dicen y eso las hace enfermar de pena. Le ha pasado a Elvira en mi novela, mira, volviendo a tu pregunta de antes, ahí sí estoy con Elvira, quizá eso es lo que quería reivindicar. Cuando las personas se encierran en su verdad y la comunicación se acaba solo hay un paso a la enfermedad, por eso hay que vivir comprometido cien por cien con esa causa, la de no dejar que las relaciones (de cualquier tipo) te conduzcan a la muerte.

 

Muchas gracias por darme la oportunidad de estar aquí.


 


jueves, 8 de junio de 2023

Lucía García: La literatura es el arte que mantiene al niño interior

 

Lucía García

Hola, Lucía. Muchas gracias por aceptar la invitación y compartir con nosotras esta charla sobre libros y letras. Háblanos un poco de ti y de tus inicios literarios; lecturas que te influyeron, edad en la que comenzaste a escribir…

Creo que los libros siempre han estado en mi vida de una forma u otra. Mi abuelo paterno era amante de la lectura y todavía recuerdo cuando se sentaba en la silla del comedor o de la terraza a leer libros enormes. Comencé a leer y a escribir a los ocho años. Empecé por Memorias de Idhun, una trilogía de novelas de fantasía juvenil que consiguió que se despertasen mis ganas de escribir y crear historias. Poco a poco me adentré en el mundo de las trilogías y sagas juveniles cómo Crepúsculo, Los juegos del Hambre o incluso Divergente. Mis primeros relatos eran una mezcla de estos libros pero cambiando alguna que otra cosa. Era la típica niña que utilizaba sus cuadernos de clase para escribir en las horas muertas y en los recreos. A los dieciséis años comencé con el Taller de escritura para jóvenes en la escuela de Clara Obligado. Fue ahí dónde conocí a Carmen Peire, presidenta de AMEIS. Ella fue la persona que me enseñó no solo a mejorar mi escritura sino también a saber borrar, que es algo también muy importante.  Intento leer y escribir todo tipo de géneros, aunque hay uno en el que me siento muy cómoda. Empecé la carrera pensando que la ciencia ficción trata de alienígenas que se meten en cuerpos de seres humanos, naves que están en constante lucha por el espacio exterior y villanos súper malvados que tienen rayos para acabar con toda la humanidad. No puedo decir si he salido de la carrera universitaria con algún conocimiento sobre teoría de la literatura Lo que sí puedo decir con total sinceridad que las clases de Fernando Ángel Moreno han conseguido que expanda mi realidad hasta el infinito y más allá. Soy de las que piensa que la ciencia ficción no habla del futuro ni hace predicciones, realiza una reflexión sobre el presente. Descubrir la ciencia ficción y enamorarme de Star Wars ha sido uno de los regalos que me ha dado la carrera.

 

Cómo surge tu proceso creativo, en qué te inspiras, rituales que sigues.

Realmente no sé si tengo un proceso creativo cómo tal. Es cierto que desde que comencé a escribir el proyecto en el que estoy, intento llevar unos horarios pero con la rutina que tengo, los estudios y el podcast de «La Caverna de Lu»  me resulta complicado. Cuando tengo una idea intento apuntarla en cualquier papel o en las notas del teléfono. Normalmente escribo mis relatos inspirándome en las pequeñas cosas: una charla, una canción que he escuchado, un sueño, un viaje en metro, una frase… No sé si le pasará al resto de escritores pero los nombres propios también hay veces que me inspiran una historia. Primero tengo el borrador, es decir, el documento dónde no hago modificaciones para nada ni corrijo. Ese borrador no lo toco  por lo menos unos días antes de retocar algo. Hay veces que lo leo en el taller para recibir opiniones de otras personas. Los comentarios de la gente del taller siempre me ayudan a pulir ciertas cosas en las que quizá yo no hubiese caído.

Después hago las correcciones que requiera el relato. Si está inspirado en una canción, escucho la canción e intento sacarle el jugo necesario. También las clases de la carrera han inspirado varios de mis textos. Cuando analizo textos de otros autores, ya sean antiguos o contemporáneos siempre me fijo en las cosas que hay que hacer y en las cosas que me chocan.  No solo hay que aprender de lo bueno,  también hay que leer esas novelas que a simple vista parecen no aportar nada. Vamos, lo que se llama “baja literatura”, aunque no es un término con el que esté de acuerdo.

 

Aportes de la escritura en tu vida o, en última instancia, qué es lo que te lleva a escribir.

La escritura me aporta felicidad, es mi modo de huir de la realidad en los momentos más complicados. Para mí, es la forma que tengo de crear una realidad alternativa en la que sentirme cómoda después de un día duro. También me permite meterme en la piel de otra persona, sentir lo que siente. Disfruto creando historias para mantener viva a mi niña interior. Es cierto que algunos textos que he escrito me han hecho sentirme incómoda pero pienso que retratan una realidad de la que también hay que hablar. Para mí la escritura me permite entender lo que es más abstracto. Todo el mundo sabe lo que es el amor, la paz, la justicia y otros conceptos pero casi nadie encuentra una definición que sea unánime para todo el mundo.

Pienso que la literatura es precisamente el arte encargado de llegar a los conceptos que no pueden ser descritos de forma matemática. La literatura es el arte que mantiene al niño interior. Sinceramente es una pena que se quite del plan educativo a ciertas edades por no producir un conocimiento útil. Creo que al ser humano en un momento determinado de sus estudios se le arrebata la capacidad de imaginar y es muy triste.

¿Qué me incita a escribir? La necesidad de construir una realidad apartada de la vida cotidiana. Es mi forma de rebelarme contra el mundo adulto manteniendo la imaginación y las ganas de seguir creando cosas. La literatura me permite decidir qué miles de vidas quiero vivir, en qué aventuras me voy a embarcar y qué mundos voy a visitar.

Otra de las cosas que aporta la escritura a mi vida es la gente bonita que he conocido. Cuando empecé no me imaginaba tener a gente con la que poder debatir sobre libros y poder disfrutar de lo que escribimos. Puede parecer un acto solitario pero la literatura une personas y eso es muy gratificante.


Biografía literaria

Lucía García (2000) es estudiante del Máster de Estudios Literarios y graduada en Literatura General y Comparada en la Universidad Complutense de Madrid. Comenzó a interesarse por la literatura cuando tenía ocho años y desde los dieciséis asiste a talleres de escritura creativa. En 2016 realizó prácticas en las librerías de Con Tarima y Sin Tarima con el proyecto de 4º+Empresa de la Comunidad de Madrid. Es miembro de la Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras (AMEIS) desde su creación. Sus relatos han aparecido en tres libros colectivos: Esas que también soy yo (2019, Ménades Editorial), Las cerezas también sangran (2020, Ediciones Evohé) y Si cerca hubiese un mar (2023, Las lolas editorial). Tiene un blog llamado La Caverna de Lu y un podcast del mismo nombre donde habla de literatura.


Textos

Órbita Existencial[1]

Puedo ver esa bóveda celeste desde el ojo de buey de la nave. Cuando era pequeña me asomaba a la

ventana imaginando qué había, más allá de aquellos cuerpos brillantes que iluminaban la noche. Estoy en la nave. Frente a mí hay un cuadro de versátiles tonalidades. Da vértigo ver todas aquellas luces diminutas pertenecientes a cada ciudad del planeta.

«Un pequeño paso para la mujer, un gran paso para la humanidad.»

Medito en silencio y dejo que la inmensidad galáctica me arrope.

Él

He visto un pintalabios rojo cereza.

Tenía uno igual.

Me encantaba  llevarlo con el vestido gris.

Me lo compraré para pintarme los labios en la calle.

Hace mucho tiempo que no me siento guapa…

Cuando me miro al espejo no me gusta lo que veo.

Al menos lo tengo a él.

Siempre me dice que es porque me ama.

Es tierno… aunque a veces pierde el control, como anoche. 

Sé que se arrepiente.

¿Cómo no perdonarlo?

A veces el amor duele.

 

Salitre

A mi madre le gustaba mucho el verano. Siempre decía que el tiempo se alargaba cuando estaba de vacaciones, por ello aprovechaba a abastecerse de tesoros en las librerías al finalizar la primavera. Se sentaba en su silla de playa color morada, la arena cubría sus pies todavía blancos lechosos. Nos adentrábamos en el agua mientras las olas mecían nuestros talones, el tiempo se paraba mientras saltábamos riendo. Leía y recuerdo la tranquilidad que tenía pasando las páginas, reteniendo los detalles.

Poco a poco, los recuerdos fueron disipándose de su mente a pesar de que seguí arrastrando su silla por el paseo marítimo de aquella playa, contándole historias y anécdotas que habíamos vivido con el fin de refrescarla más que aquella agua del Atlántico. Nos reíamos con las gaviotas y todo parecía volver a la normalidad, aunque solo fuese en ese instante.

Aquel verano las manecillas volvieron a girar en aquella playa cuando ella se fue. Yo estoy en esa silla, mi hija me observa con semblante tranquilo. Sin duda mi madre tenía razón al decirme: «—Saborea cada instante, no todos los veranos son eternos». Dejo que el salitre me embriague, masticando aquella frase. 

 



[1]     Publicado en el número de abril 2023 de la revista Carta Local 



Más sobre la autora en: 

La caverna de Lu (pinchar aquí)

Podcast La Caverna de Lu

Spotify

martes, 16 de mayo de 2023

SORAYA CASTRO: A ESCRITURA SANA AS FERIDAS DA VIDA


Soraya Castro


Recibimos esta semana no blogue a escritora galega Soraya Castro, que ven de publicar o seu primeiro poemario Cinzas, un libro abordado a modo de catarsis, marcado polas vivencias da autora. Conversamos con Soraya, que nos impacta pola sua xuventude e intensidade vivencial, e a quen agradecemos a disponibilidade e franqueza a hora de visibilizar o tema da saúde mental. Toma a palabra a autora, recordando para este espazo como foron os seus comezos no eido das letras e da escrita.


 Inicios e influencias

Sempre tiven unha vocación polas letras e a literatura. Comecei a escribir pouco despois de aprender a facelo, centrándome nos relatos durante toda a infancia e achegándome á poesía conforme entraba na adolescencia. 

Recibín a influencia de poetas como Lois Pereiro, Manuel Antonio, Rosalía de Castro, Lupe Gómez e mesmo Charles Bukowski. Tamén a literatura me axudou a sacar novos poemas, coma unha das miñas novelas favoritas Frankenstein. 

A música é tamén unha importante fonte da que beben os meus versos, sendo o black metal depresivo ou atmosférico o que máis ideas e sentimentos me transmite. 

Proceso creativo 


A miña poesía é moi intimista, polo tanto, normalmente, intento desfacerme dos sentimentos, transmitir a miña forma de ver a realidade. Acostumo a poñer música e deixar que os versos vaian saindo. 

Cando a inspiración me atopa en mal momento tomo notas de palabras clave que me fagan retroceder e visualizar o poema de novo. 

Que aporta a escritura a miña vida


Paz, calma. Para min a escritura sana as feridas da vida e axuda a mudar a dor pola tranquilidade. Cando os sentimentos necesitan exteriorizarse así, dunha maneira tan fermosa, un queda baleiro de todo mal.

Eu para vivir necesito a poesía, para curarme dos meus males e seguir adiante. 


Algúns poemas

Detívose a miña respiración
e o meu corazón sobrecargou todo o que podrecía dentro de min latexa lentamente
querendo pararse
querendo morrer
latexa sen ritmo
querendo apagarse
querendo morrer
non noto o tempo pasar inhibidores selectivos
da recuperación de serotonina
só ulo o medo
e vexo o desastre
escoito os berros e toco a ferida

Non sei durmir sen trazodona
xa non é unha fantasía particular
o sangue gotea nos pulsos
o tempo pasa tan lentamente
chorar pechada nun baño público non sabemos por que estamos vivos cheirume a tabaco
e a hospital
o tempo segue sen pasar
e eu morro en cada comisura
dos teus beizos
a lúa apaga os soños
e a realidade
fúndese coa inconsciencia
Só nas noites máis escuras
berro desculpas en murmurios
sen saber a quen me enfronto
co peito preso de angustia
e veleno en cada arteria
non podo frear a taquicardia
penso en vós
estades onde o destino vos levou quero curarnos do mal
sodes a brisa que me impulsa ao ceo estamos soas
lidiando coa cruz que nos marcou chorei por min e tamén por ti
que tan mal te tratou a fatalidade
e que mal coidou de ti a sorte
Non me cures rezando
cúrame con sal gordo e limón
nas feridas palpitantes e vivas
proído sobre a pel doente
espreme sobre a úlcera malferida
todo o mal que fixen
doída polo tempo e o silencio
non me cures pedindo a ninguén
que como loba compasiva
me agochei a lamber as marcas de guerra aquí onde non me atopen
cos sinais da derrota no rostro
impasible e raíña
do meu escondedoiro



Biografía 


Soraya Castro (Moeche, Coruña, 1999). Logo de vivir baixo enfermermidades mentais coma a depresión e o trastorno de personalidade límite varios anos a autora ten un xiro de vida en 2019 cando nun intento de suicidio se precipita ao baleiro por unha fiestra dun terceiro piso. 

Lonxe de conseguir o seu obxetivo, sufre unha lesión grave na médula tras romper o pescozo, o que a deixará máis dun mes na UCI e logo dunha longa estadía no hospital finalmente tetrapléxica de alta lesión. Unha nova vida cunhas dificuldades descoñecidas ás que enfrontarse.

Cinzas, primeiro poemario sacado á luz, está dividido nos poemas anteriores e os posteriores á discapacidade que será tamén a protagonista de moitos poemas que reclaman un coprotagonismo coa saúde mental. Unha lírica intimista e descarnada, dende unha ollada existencialista do ser humano e do mundo que o rodea. Negando toda creencia, moralidade ou valor como sociedade. Sentimentos crudos de dor, abandono e desesperanza sempre cun punto de vista melancólico e misántropo, que confronta un futuro mísero e desolador.




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