lunes, 27 de marzo de 2017

La niña de las trenzas en rama


Robin de Truls Espedal

Roberta recogía pájaros solitarios lo mismo que mucha gente recoge gatos callejeros o cachorros de perro que nadie quiere. Desde niña se entendía mejor con los gorriones y con las palomas que con los niños de su edad o incluso con las personas mayores. La única que parecía comprender su amor por los seres alados era Aurora, su abuela. Solo ante ella, Roberta se sentía libre de actuar sin vergüenza ni culpa, sin esa extraña sensación de que la dieran por loca cada vez que atraía a estas pequeñas criaturas.
El mejor momento era siempre el paseo por el bosque cuando iban las dos juntas. Aurora contaba que entonces, Roberta estiraba sus largas trenzas y siempre aparecía algún gorrión dispuesto a posarse en ellas. Durante mucho tiempo me negué a creer estas cosas, convencida de que solo eran cuentos de una abuela que adoraba a su única nieta. Cuando entré en su casa como asistenta, me pareció que Roberta era una joven como cualquier otra, que sentía pasión por los animales y cursaba el último curso de veterinaria en la ciudad vecina.
No volví a pensar en el tema hasta después de la muerte de Aurora, cuando su hija me mandó recoger su habitación y hallé, en uno de los cajones del armario, una extraña fotografía. En la imagen podía verse a una niña de espaldas, con las dos trenzas elevadas en horizontal y, sobre una de ellas, posando con la misma naturalidad que si estuviera en la rama de un árbol, un pequeño petirrojo.

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