lunes, 12 de febrero de 2018

Los pliegues de la memoria


La memoria es selectiva. Tendemos a arrinconar lo que nos hiere. Pero los sentidos también recuerdan y un leve vislumbre puede avivar momentos olvidados clave de nuestra vida. Sucedió una tarde invernal, volviendo a casa tras las últimas compras navideñas. En el autobús atestado de gente se mezclaban voces y olores de la más variada gama. De pronto un perfume característico se abrió paso entre  los demás efluvios invadiendo mi conciencia y despertando vivencias dormidas desde hacía más de  treinta años. Un río de lágrimas brotó de mis ojos y un sudor frío cubrió mi frente.

El entorno se transformó en una vorágine que me engullía arrastrándome lejos en el tiempo, hasta aquella exigua habitación en la sacristía de la parroquia. Aquel calor a las cuatro de la tarde era antinatural a finales de mayo. Las niñas que tomaríamos la primera comunión el sábado siguiente esperábamos nerviosas, pasando de una en una, para superar la prueba de conocimientos sobre nuestra fe católica, que debía verificar el cura párroco, don Matías, el hombre cuya mano solíamos  correr a besar en señal de respeto, esa mano suave, cálida, delicada, casi paternal,  mano que olía a lavanda inglesa de Atkinsons,  distinguida fragancia que  yo no identifiqué  hasta mucho después. El examen versó sobre cuestiones de rigor que todas habíamos preparado a conciencia… y en algo más, una exploración tortuosa, obscena, pérfida, que primero no comprendí  y luego me quemó cual hierro candente grabándose sobre mi tierna piel infantil. ¡Oh Dios y cómo dolía!, tanto que mi instinto de supervivencia decidió alguna vez relegar tan amarga experiencia a lo más recóndito del subconsciente. Ahora, ese olor a lavanda, salvia, almizcle y bergamota, esa fragancia que reconocía,  me devolvía al abismo del terror.

-¿Se encuentra bien? -oigo voces inconexas, voy recobrando la conciencia. -Sí, sí, gracias, son muy amables, me he debido de marear…  el calor, el estrés, tanta gente... creo que bajaré aquí.


© María J.Triguero Miranda.
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