sábado, 19 de mayo de 2018

Prejuicios escolares



Habiéndome criado siempre solitaria, con la única compañía de mi hermana y mis padres, disfrutando en todo momento del campo y del retozo de los animales, afronté, no sin cierta desgana mi iniciación escolar. Me recuerdo en el patio del colegio, dando vueltas por el mismo, observando con quien podía jugar. Ante mí se repetía el mismo patrón con ligeras variantes: Siempre había un líder que mandaba ante un grupo que se dejaba mandar. Yo valoraba mi libertad por encima de todo, por lo que prefería avanzar sola que someter mi voluntad y así, cuando llegaba la hora del recreo, me entretenía observando en mi paseo a los demás. Pero pronto comprendí que mi elección despertaba grandes recelos y, al volver la cabeza, pude ver que me seguían no pocos niños de aquellos que, solitarios como yo y desprovistos de líder, me veían como tal. Grande fue mi desilusión al ver imposibilitado mi deseo de avanzar sola y, con gran tristeza, a fin de evitar un mal mayor, fingí integrarme en algunos de los grupos más pequeños, formados casi siempre por un par de escolares entre los que yo era, por definición, la tercera en discordia, con lo cual todos teníamos garantizados, mal que bien, un mínimo de libertad.

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