martes, 14 de noviembre de 2017

Agruras


La imagen puede contener: cielo, naturaleza y exterior
Foto: elcaminodejp.files (wordpress)

Fue durante la temporada de recogida de la aceituna que mi madre descubrió a su mejor amiga en los brazos adúlteros de mi padre. Yo, que estaba dentro de su vientre, al sentir el galope enfurecido de su corazón, pegué un brinco tan grande que casi salgo por su garganta. Desde entonces, madre comenzó a padecer agruras que no se calmaban con ningún remedio. Tanta era su acidez que, cuando llegó el día de mi nacimiento, decidió llamarme Mara, nombre de origen hebreo que puede traducirse por amargura, tal era la raíz que la atormentaba. Crecí con el Sambenito de la traición paterna, la misma que hacía que madre recordara su sufrimiento cada vez que me llamaba. Harta de ser hija adoptiva del desamor, decidí cambiarme el nombre al llegar a la mayoría de edad, y tuve la ocurrencia de llamarme Deborah, por eso de los contrastes. Desde entonces, mi progenitora comenzó a mostrar ante todos un comportamiento muy diferente, tanto que, en la última temporada de la aceituna, la encontré bajo los olivares con un amante. Si en algún momento tuve miedo de que la historia se repitiese, este se me esfumó de golpe al contemplar el rostro justiciero de mamá, convertida ahora en una vengativa y gigantesca mantis.

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