martes, 7 de noviembre de 2017

Manteca colorá


Aún recuerdo su olor contundente, familiar, a pueblo;  su gusto sabroso, potente, cremoso en la boca y sutil al cabo de un buen rato. El pan  agradecía la manteca, formaban un tándem perfecto, el pan, feliz, se prodigaba en rebanadas blancas, tiernas y crujientes al tostarse, y el café con leche era su acompañamiento ideal. A los forasteros les fascinaba la manteca colorá.
¿Qué quieres de desayuno?, preguntaba mi madre cada mañana cuando veraneábamos en aquel pueblecito del sur. Mi respuesta era invariablemente la misma: "pan con  manteca colorá.
Paco, el hijo del panadero era mi amigo, él me traía el pan recién hecho y era todo un goce para los sentidos compartir cada mañana ese momento irrepetible que quedará para siempre grabado en nuestras vidas y es de los que hace que ésta merezca la pena disfrutar segundo a segundo.
Una mañana Paco venía serio. Su expresión era grave y meditabunda, como estaba cabizbajo y silencioso preferí no perturbar sus pensamientos. Mamá nos sirvió el consabido desayuno. Paco, poniendo su mano sobre el pan rechazó educadamente la manteca sobre la crujiente rebanada.
-¿Te pasa algo, Paco? ¿Cómo es que hoy no quieres manteca?
-Verá "zeñorita", es que… "z'a muerto mi abuela ¿zabe usté?"
-Vaya, lo siento mucho hombre… pero tendrás que comer. Tu ayuno por desgracia no  le devolverá  la vida.

-Sí pero… el luto, ya ve… bien clarito me lo advirtió mi madre: "Na de manteca colorá con el luto de tu abuela"