miércoles, 26 de julio de 2017

Hasta mañana


Mujer en el tocador (Gustave Caillebotte)


Amada mía, te vistes con presteza mientras  te observo indolente desde la cama. Adoro contemplar cómo colocas sobre tu cuerpo menudo con minucioso esmero cada una de tus delicadas prendas, con el mismo cuidado con que me acariciabas hace unos instantes. Me encanta ver tus blancas manos deslizarse por cada uno de tus botones, cintas, adornos… Me miras sonriente desde el espejo de la alcoba mientras ordenas tus cabellos, buscando mis ojos escrutándote con fascinado embeleso. Me enloquecen tus suaves cabellos, ¡Adoro esparcirlos por la almohada! y qué grácilmente los recoges ahora con el pasador mientras me sonríes compasivamente. Yo sé que a ti también te duele. El tiempo pasó raudo. Nos hemos entregado sin reservas, has abandonado el lecho y te dispones a regresar a tu sitio en la pared. Sabemos que nos hundimos irremediablemente en esta locura, pero no tenemos el valor de decir ¡basta! Ignoramos adónde nos llevará esta pasión abrasadora pero tú y yo sabemos que ya es tarde. Mi cuerpo está truncado sin el tuyo y el tuyo me busca también como a la parte elemental que le infunde vida por una hora. Sé que un día lograré quebrantar el hechizo. Contaré nuestra historia a los cuatro vientos sin que me tomen por loco. Tú y yo seremos libres para amarnos ante el mundo sin rubor! ¿Y si acaso esa otra realidad ya existe en un mundo ajeno al nuestro? ¡Qué lindo será que tú no seas solo un triste cartel sino una mujer de carne y hueso todo el tiempo, que me ama como yo, cada minuto y no sólo una hora al día!

María José Triguero Miranda