miércoles, 15 de febrero de 2017

Velando sueños


Escena de noche (Peter Paul Rubens)

Abuela Inés creía que encender velas ayudaba a las ideas a cobrar forma. Decía que cualquier sueño, por imposible que pareciese, tenía su hueco en la imaginación, y para encontrar la salida necesitaba luz, mucha luz. Si alguna vez me sorprendía pensativa, con cara de preocupación o llorosa, me hacía una seña para que la siguiese. Yo trataba de disimular, porque en casa todos decían que no hiciese caso a la abuela, que tenía floja la cabeza desde que se cayera por coger moras, y continuaba un tiempo con la tarea que tenía entre manos antes de seguirla. Las dos sabíamos que las cabezas flojas son las que mejor ven todo tipo de ideas, porque estas cosas vienen de otros mundos, y en las cabezas duras no entran.

Abuela tenía su propio ritual, en el que me invitaba a describir mi idea, con todo lujo de detalles, en las hojas de un cuadernillo hasta completarlo. Después doblábamos cada cuartilla, echándolas en su cesta de mimbre a la espera de la media noche. A la hora indicada, encendíamos unas cuántas velas y quemábamos las cuartillas en un plato de acero que colocábamos sobre una toalla mojada. Abuela Inés decía que, con los cuatro elementos representados, la idea abandonaba el mundo de la imaginación y se concretaba.

Aún hoy, tropecientos años después de la muerte de abuela Inés, en cada víspera de su aniversario, escribo nuevos deseos al tiempo que me parece verla, a la luz de las velas, con su cesta de mimbre llena de moras, aquellas que en su día se le escaparon de las manos.
                                                                                                                   
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