martes, 7 de marzo de 2017

La luz de los recuerdos



Escena de noche de Peter Paul Rubens

La abuela la llevaba de la mano. Así la recordaba ella; una abuela algo más joven que la que ahora veía. 
Se le acumulaban los recuerdos esa noche, tan frescos y tan hermosos, que le dolían. Sí, porque ya no podría vivirlos como antes.
Recordaba sus paseos con la anciana mientras le hablaba de la naturaleza, de las propiedades medicinales de las hierbas que iban encontrando por el camino, de las estrellas, del sol, que era la luz que nos alumbraba a todos.
Pero ahora, los ojos de la abuela no percibían la luz. Ella era ahora la luz de sus ojos. Era sus manos, las manos que con tanto amor habían cultivado un pequeño jardín de rosas, solo para ella.
Cada noche, la niña encendía una vela y se la acercaba para que notara su calor; para que supiera que no estaba a oscuras. Se le acumulaban los recuerdos en esas noches frías, en que la anciana la arropaba y le contaba cuentos.
A la débil luz de una vela, ella le leía y su abuela ponía toda su atención en escucharla. Le contaba historias y cuentos inventados por ella y eso les hacía feliz a las dos. Se reían, se abrazaban y se despedían hasta la mañana siguiente. La vela se apagaba y en el humo desaparecían recuerdos llenos de amor.
                                                                                       
                                                                                              ©María Manrique Fabelo.