martes, 13 de septiembre de 2022

Montserrat Espinar Ruiz: Escribo para equilibrar la incertidumbre de un futuro


Montserrat Espinar Ruiz

Nos visita en el blog una de las grandes autoras del género del cuento, Montserrat Espinar Ruiz, escritora valenciana, premiada en innumerables certámenes sobre el género. Preguntamos a Montse sobre su proceso creativo, tratando de indagar en la respuesta a esa necesidad intrínseca de escribir y plasmar historias sobre el papel. 

''Escribo para lustrar mi niñez, para matizar el presente, para equilibrar la incertidumbre de un futuro. Porque en la escritura todo es ese instante que siempre se escapa. Escribo porque soy letras y así perfilo mi identidad, escribo por si alguien, algún día, quiere deletrearme.

 No sigo ningún sofisticado patrón. Más bien me derramo. Cuando todo está vertido, acomodo.

Desde niña descubrí la escritura como una terapia, como un discreto confidente en quien depositar el desorden interno. La lectura fue algo más tardía, cuando nació la curiosidad, pasada la adolescencia.

 Me inspira todo lo que entra por mis sentidos. Soy muy observadora. Un gesto, una palabra, un olor, un tic son capaces de activar el deseo de escribir. De repente algo me conmueve, me estira y necesito acercarlo a mí para borrar el misterio que lo tiñe. 

Vivo la escritura como una pulsión, como una necesidad de resucitar historias de mujeres que la inclemencia del tiempo pretende silenciar''.

(Montserrat Espinar Ruiz)

      Amores imperfectos 

(XIX Paraules d´Adriana 1º Premio Año 2020/03)

Matilde mira sobre el lecho con la muerte engastada en su retina. El murmullo es leve, pero ella lo siente como un zumbido venenoso. El paso de la mañana se ensaña con las ventanas y las paredes de la casa; la alta temperatura lame la vivienda. El calor le corre por las sienes, por el cuello, entre los pechos. Un galope desapacible. Más gente, el dormitorio se estremece abarrotado. Una losa de lamentos se desploma acabando con el aliento de todos. Alguien calma la furia espantando con un trapo las moscas que intentan acercarse al catre. Desaliento. Las cortinas escenifican un baile desesperado. El fuego del aire las obliga a cabriolar de forma inoportuna. Matilde no puede llorar, ni siquiera parpadea, tan solo observa, como un toro de miura, la despedida de una mujer asesinada por su propio padre.

 

22 de septiembre de 1946

Querida madre

No sé qué atrevimiento me conduce de forma imprudente a escribirle esta carta. Ya sabe mis respetos y mi admiración por usted. Desde niña me crió en el amor y la comprensión, en la ayuda y la condescendencia y ahora, ésta que le escribe es su hija, el resultado, quizá, de una madre tan singular como usted.

El sufrimiento me corroe ante la certeza de su amargura ante mi desaparición. Sepa que no tuve otra. Y le escribo precisamente a usted y no a padre ni a la tía Luisa, porque las dos conocemos nuestra complicidad, las dos guardamos, como joya única, aquellas conversaciones inacabables mientras paseábamos en bicicleta con pantalones y a escondidas de padre y del mundo, tanto me escuchó y tanto le conté…

Ahora que recuerdo nuestras travesuras por el monte, me río sola evocando los momentos que buscábamos para cortar y coser ropas cómodas y poder así disfrutar del ejercicio. Qué alivio y qué libertad abandonar las sayas y enfundarse en la ligereza de los camales de algodón. Esos momentos y tantos otros los añoro con toda mi alma.

Volviendo a lo que nos ocupa, madre. Ya conocía usted a Beatriz desde muchos años atrás. No sé si le conté que yo la descubrí cuando, de cría, regentaba la tienda de las legumbres. Una mañana entré a comprar. Tras el mostrador no había nadie, ni un alma. Esperé. Al rato hice sonar una campanilla que encontré prendida de la puerta, a modo de reclamo. Nada. Miré donde la vista me alcanzaba, hacia la trastienda. Tan solo la tenue melodía de una composición clásica llegó a mí para desquitarme de la vergüenza y lanzarme a curiosear. Caminé sigilosa. Algo me invitaba a averiguar de dónde provenía esa cadencia grácilmente perturbadora. En la penumbra la encontré, cuerpo de perfil descansando sobre una pierna extendida hacia atrás, manos formando armónicas figuras, cuello de cisne. Una escena angelical, madre, un querer que se me coló sin compasión.  Y no me diga que son extravagancias mías, no, se lo pido por favor, que fueron muchos años los que enraizaron este amor que me dibujó como persona y mujer.

En aquel momento la belleza del encuentro me enmudeció. No podía dejar de contemplar la hermosura de sus movimientos, la sensualidad de sus brazos al aire, el aroma dulzón que desprendía su cuerpo. Fue su padre el que apareció y de una manotada lanzó el transistor al suelo. Silencio absoluto y tirantez. Beatriz se percató de mi presencia, me miró ofreciendo sus disculpas mientras se colocaba el delantal, visiblemente avergonzada.

Muchas tardes la visité. Ella se excitaba haciéndome entender su pasión por el ballet: el nombre de alguno de los pasos, la evolución de su aprendizaje y su admiración por Galina Ulánova. Ya le conté, una vez en esos paseos nuestros por el monte, y como supe, la interpretación en Leningrado de Romeo y Julieta. Ay, madre, ella consiguió llenarme de esa admiración que sentía por los grandes del ballet, por esa ilusión suya de convertirse en bailarina y llenar los teatros de las más importantes ciudades. Como ve, y desgraciadamente, pura fantasía.

Una tarde la esperé al cerrar la tienda. Caía la noche y la acompañé a su casa. Llevaba tanto tiempo soñando con aquellos labios que, en un impulso, estiré de ella y en la oscuridad de un zaguán la besé. Disculpe, nos besamos, porque Beatriz me correspondió con la miel de su boca, derramándose para mí, aquietando discretamente esa sed mía insaciable. No se puede imaginar qué felicidad. Degusté la gloria, la finura del amor que me completaba. Nada que ver con los besos y las caricias ásperas de Fernando, en absoluto, madre. Que aunque bien sé que no es de su agrado y aun sin comprender los motivos, le digo que el pobre ha tenido más paciencia que un santo conmigo, y se ha conformado con la miseria que yo le pude ofrecer. Nada que ver, madre. Créame.

El cuerpo de Beatriz era un tapiz de seda, de fragancias florales, de sueños y pasiones entre mis manos. Sé que es de difícil comprensión, que seguramente usted esperaba de su hija una mujer convencional con la ilusión de sus hijos y su casa. Yo también lo pienso en ocasiones, me refiero a esa desilusión que le pueda venir al leer tan claras mis palabras, y que hubiera continuado con esas ansias mías por la escritura y las historias en el papel; pero estas cosas no se eligen y a veces pienso que tanto me mimó, tanto me cuidó, tan finas y buenas palabras me regaló que fue usted la que me enseñó a enamorarme de la delicadeza y la gracilidad de la mujer.

Hace unos meses, Beatriz me pidió que dejara de acudir a la tienda. Una solemnidad le comió el rostro. No dijo nada más, me dio la espalda y continuó con el trabajo. Quedé desorientada y busqué una justificación. Fue cuando sorprendí a su padre escuchando en la trastienda. Nos miramos. Salió apresurado hacia mí y de un empujón me lanzó a la calle. Estuve semanas sin saber nada de ella, madre. Y la tristeza me devoraba como una mala enfermedad. Ni al bibliotecario era capaz de ayudar en las mañanas, ni en casa, ni a padre con los arreglos de relojes, imposible. Tal era mi vacío que no sacaba fuerzas para emprender ninguna actividad.

Pero el amor es poderoso, madre, el que cultivamos nosotras desde casi la niñez. Buscó el momento, creyó sortear al padre y vino a refugiarse entre mis brazos. Llegó como un animalillo herido. Cabizbaja, temerosa, y al escrutar su cuerpo con mis dedos comprobé la furia de su padre sobre sus carnes. ¡Qué horror, madre!, ¿qué bestia puede llevar a desarrollo semejante maldad? Le pedí que no regresara a su casa, pensé en esconderla, en escaparnos juntas incluso, pero Beatriz estaba presa del pánico, no era capaz de razonar ninguna propuesta, nada, se despidió con una abrazo que todavía me recoge, un abrazo interminable que me acariciará para siempre.

Ya no volví a verla. Porque lo que yacía en aquel lecho desgraciado ya no era ella. Corrió la mentira de la tragedia. Corrió como una plaga que pretendió mi muerte también. Un mal golpe trabajando en la tienda, eso dijeron, una caída reponiendo las baldas de las legumbres, una fatalidad sobrevenida. ¡Mentirosos!

La mañana de la vela acudí a su casa sin miedo alguno. ¿Miedo a qué, madre? Descubrí al asesino llorando a su víctima, intentando esconder bajo la camisa los arañazos que le ocasionó la lucha con Beatriz. Ella amaba la vida, amaba el baile, me amaba a mí.

Tengo la sensación que el mundo sabe la verdad y calla. Sí, madre, calla porque para todos es más vergüenza nuestro amor imperfecto que este crimen contra Beatriz.

Y si se pregunta cuándo regresaré, sepa que nunca. No soy capaz de poder topar con el energúmeno que me arrancó la vida, no quiero afrentarla a usted, ni a padre, ni a la tía Luisa ante los vecinos, ante nadie. Sigan con sus vidas sabiendo que los quiero y que nadie mejor que usted para haberme dado la vida y su sabiduría.

La quiere,

Matilde

 

29 de noviembre de 1946

Adorada sobrina

En esta soledad que me traga, tu carta ha sido un regocijo discreto. Todos hemos llorado tu ausencia. Pensábamos en tu dolor a cada instante, en tu paradero, en una posible locura tras la muerte de Beatriz. Debes entender, por lo tanto, mi alegría al saberte viva. Viva, sobrina, viva en un cementerio de borrones homicidas en que se ha convertido mi mundo.

¿Sabes?, las explicaciones de tu carta no me han sorprendido. Tu madre y yo te criamos queriendo en ti la valentía que a nosotras nos faltó. Reímos cada gesto, cada gracia y temimos, al ver reflejado en tu espejo, lo que nosotras nos empeñamos en ocultar. Y ahora, a mis años, y tras lo acontecido puedo decir que de poco ha servido. Por tu padre, que es mi hermano, por evitar su sufrimiento, ¿qué puedo añadir de mi admiración hacia un hombre honesto como él?; pero ya es tiempo de desprenderme del negro velo de la mentira, de esta astilla que nos ha ido llagando sin piedad.

El amor es libre, sobrina, libre en el corazón, en la piel, en los deseos, pero preso de la sociedad que nos ajusticia día tras día. Así lo hablábamos tu madre y yo cuando decidimos ser conscientes de nuestro sentimiento, de la ternura que nos sorprendió a las dos.

Las vivencias me han convertido en una mujer callada, incluso hosca en el trato, quizás terminé harta de toparme con necios a cada momento.

Quisiera aclararte, también, que a tu madre nunca le desagradó Fernando, sin embargo, en su ceguera natural de madre, lo responsabilizaba de los posibles malos encuentros que te pudiera ofrecer. Como ella con tu padre, sobrina, tantos años, un fingimiento que no procesaba con alegría. Le dolía el aire que te pudiera soplar, su Matilde, su niña, su trozo de vida. Y al descubrir en ti la llaga de su astilla, sufrió como nadie se puede imaginar.

Pero la vida es caprichosa, sobrina, muy caprichosa.  Porque ahora viene la explicación de ser yo la que responde a tu carta. La noche de tu ausencia tu madre andaba desesperada. Había dado bandazos por las calles, mañana y tarde, por todos los rincones posibles: su único propósito dar contigo. Ni siquiera atendió a tu padre, a nadie. Como digo, esa noche, se vistió los pantalones de algodón, agarró la bicicleta y se perdió en el monte. A ojos de tu padre, de los vecinos, libre de vergüenzas. Aquí nos dejó, sobrina, solos, muy solos, dolorosamente solos. La encontramos a los tres días, despeñada por el barranco de los Sauces.

Ahora no queda nada. Tu padre no remonta, cada día lo contemplo más consumido, casi desaparecido. No concibe la vida sin su mujer y sin su hija, no la concibe porque ya no hay vida sin vosotras. Y yo aquí resisto sin querer resistir. Sentada en la butaca de tu madre, contemplando nada tras la ventana del salón, dejando pasar esta suerte que se empeña en mantenerme en este maldito teatro que me despidió hace sesenta y cinco días. Así es, sobrina, sesenta y cinco largos días de pérfida tristeza. Ya cerré los ojos al público, el telón bajó clausurando mi actuación y yo, sobrina, no voy pronunciar ni una palabra más porque ya las dije todas con esta boca de mujer, que, como tan bien escribiste en la carta, amó, tal vez de forma imperfecta, pero amó con todas sus ganas.

Te quiere

La tía Luisa

 

Email: montsespi@gmail

Instagram: www.instagram.com/montserratespinarruiz

www.tintaenlasgrietas.wordpress.com

Canal de Youtube (Montserrat Espinar Ruiz), donde semanalmente subo contenido literario.

 


Obras publicadas:

Ellas, Editorial La equilibrista, 2020

Los bigotes del gato, Tandaia editorial, 2020


Algunos de los más de cuarenta premios ganados en los últimos seis años:

·        Entierro —XXXIV Concurso de Relatos del BIM, La Rambla, Córdoba, 1º Premio Año 2022/8

Una flor sobre la piel —XIV Certamen Literario Alfambra, 1º Premio Año 2022/8

El capitán barba blanca —XV Certamen Literario Rodrigo Manrique 2º Premio Siles, Jaén Año 2022/7

Mujer de terciopelo y nácar —V Certamen Literario por la igualdad de género, Matria. 1º Premio Denia, Año 2022/6

Ni una palabra —XXXIV Certamen de Relato Corto Biblioteca Pública Municipal de Pilas, Sevilla, 1º Premio Año 2022/02

Date la vuelta —Premio Antares de Relato Corto, Campo de Criptana, Ciudad Real, 2 Premio Año 2021/12

Los ángeles sí tienen sexo —V Concurso de Relato Corto Athenea. Armilla, Granada 1º Premio Año 2021/10

¡Corre, Remedios, corre! —XLVII Certamen Literario Riópar. 2º Premio Año 2021/08

Pequeña española en tierra desconocida— XIV Concurso EuropeDirect, Cáceres, reivindicando Europa. 3º Premio Año 2021/05

Encuentro en el Café Gradier ―XXVII Edición Certamen Literario Burgo de Ebro, 2º Premio Año 2020/11

Amores imperfectos—XIX Paraules d´Adriana, 1º Premio Año 2020/03

La carta —XII Certamen de Cuentos Junto al Fogaril Huesca 2º Premio Año 2019/11

La arboleda junto al río —XXXVII Certamen Literario “Castillo de San Fernando” Bolaños de Calatrava (Ciudad Real) 1º Premio Año 2019/09

El baile —XII Certamen Literario “Fundación Villa de Pedraza” Segovia 1º Premio Año 2018/10


Desde tan lejos —XI Cartas de Amor “Ciudad de Torrelavega” Cantabria 1º Premio Año 2018/5


Nayra —XXIII Ciudad de Cantillana, Sevilla. Poesía. 1º Premio Año 2018/5


Encierro —XV Certamen Villa de Cárcar. Navarra 2º Premio Año 2017/5


Asesinato —XXXII Concurso de Cuentos “Villa de Mazarrón”-Antonio Segado del Olmo. Mazarrón. Murcia 1º Premio Año 2016/7


El casamiento —X Certamen Literario Dulce Chacón. Santa Cruz de Moya. Cuenca 1º Premio Año 2016/6


Secretos —XXI Edición Concurso de Relato Corto “Juan Martín Sauras” 1º Premio Año 2016/5


¿A quién le importa? —VI Premio de Relato Corto “Villa de Mascaraque” Toledo 2º Premio Año 2016/5

Felicidad —IX Certamen Literario “Fundación Villa de Pedraza” Segovia 1º Premio Año 2015/10

Hortensia —XIV Certamen de Narrativa Breve “Mujeres Mayores, Grandes Mujeres” Valencia Finalista  Año2015/9

Emigrantes del recuerdo —Certamen Literario Casa de la dona. Mislata, 1º Premio Año 2015/4

La semilla de la palabra —Certamen Literario Sebastiana Palacios. Jaén, 1º Premio, Año 2015/3

  



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