Mostrando entradas con la etiqueta Fotografía 3. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fotografía 3. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de julio de 2017

Meditación



La imagen puede contener: 1 persona, de pie y exterior
La Turista (Vadim Borovyk)
¡Por fin!, suspiró Génesis aliviada, apoyándose para descansar en el pretil del puente. Hizo balance de su periplo mientras se materializaba en un ser humano: se descalzó para sentir mejor el contacto con la superficie terrestre. Había sido un largo viaje a través del espacio cruzando millones de galaxias. Los vientos siderales no habían logrado desviarla de su ruta, dejándose llevar por la voz in...terior que le servía de guía, a merced de tormentas cósmicas en regiones de formación de estrellas, donde las presiones de radiación y las ondas de choque de supernovas ponían en serio peligro su vida y su integridad. Ya dentro del Sistema Solar, los pedazos de lunas de otros planetas como Marte, la golpearon con violencia convertidos en meteoritos poco antes del amanecer. Pero ahora estaba a salvo en este bello planeta y nada importaban las adversidades sufridas: "ser uno con el espacio-tiempo, ser uno con la luz y saber que la fe en la victoria es mucho más fuerte que los vientos siderales y la llama de millones de soles y que yo misma soy parte de ese polvo de estrellas, eso es lo que hace posible el triunfo". Sus remembranzas le producían una inmensa satisfacción: "he dibujado un arcoíris con las moléculas de agua que encontré dispersas en el universo y me dejé llevar por esos vientos hacia el fondo del agujero de gusano adonde mi voz interior me condujo con autoridad".
Después de tomarse ese ligero respiro Génesis pensó: "tengo hambre", y dejando su bolso sobre la barandilla del puente, volvió su rostro hacia el tímido sol que surgía entre las nubes y dejó que sus rayos le procurasen su energía vital.

María José Triguero Miranda

¡

domingo, 28 de mayo de 2017

Un trocito de cielo







  El corazón palpitaba desbocado de dicha. Natacha se recostó sobre el poyete, contempló su casa nueva y dejó que los rayos del sol le cosquillearan la punta de la nariz. Poco a poco se fue dibujando en sus labios una sonrisa. Cerró los ojos y rememoró el largo camino que había recorrido hasta llegar allí.

  Su padre había sido buhonero. Vendía baratijas de pueblo en pueblo en un carromato pintado de rojo y azul, tirado por Willa, una burra muy coqueta que se negaba a andar si no la engalanaban con cintas de seda amarillas. A Natacha le parecía oler la fragancia que desprendían las amapolas en primavera. Al pasar por los campos florecidos, Willa se paraba en medio del camino a comer las margaritas sin que las voces de su padre tuviesen poder alguno sobre el testarudo animal. 

  Pero a Natacha le cansaba tanto ir de pueblo en pueblo sin detenerse en ninguno sino unos días. Contemplaba con envidia a las muchachas de su edad que se acercaban al carromato a comprar una peineta de plata, una cajita forrada de terciopelo o un abanico de encaje. Soñaba ser como ellas y se preguntaba cómo sería vivir en una casa y ver el mismo trocito de cielo cada mañana al despertar.

  En una bolsita de tela, guardaba sus ahorros que para cumplir algún día su sueño. Así pasaban los días, las semanas, los años, sin que el montoncito de monedas se elevara una pulgada.

  Pero la espera se había visto recompensada. Su padre, abrumado por la fatiga de los años, vendió el viejo carromato y compró una casita en la ciudad. Natacha ya podía contemplar el mismo trocito de cielo cada día y Willa deleitarse a su placer con las margaritas.



© Ana Madrigal Muñoz
Todos los derechos reservados

sábado, 27 de mayo de 2017

Aires de cambio


La imagen puede contener: 1 persona, de pie, cielo y exterior
La Turista (Vadim Borovykh)




Cuando avistó el puente suspiró, liberada, por primera vez en mucho tiempo. El verano ruso era lo más parecido a la fresca primavera o los primeros albores del otoño de su región. Después del año maratoniano que acababa de pasar, había decidido tomarse un largo descanso. No soportaba seguir viviendo en el mismo sitio, recorrer los mismos caminos de regreso a la soledad de su casa, como si nada hubiese pasado. Como si los árboles no siguiesen siendo los mismos que acogieron las promesas de amor que habían hecho bajo sus ramas. Como si las farolas, los cafés, las paradas del metro y hasta el empedrado de las calles, no fuesen mudos testigos de sus noches, sus horas compartidas, el eco acompasado de sus pisadas. Ahora, descalza y apoyada en el muro, de espaldas al río Volkhov, saboreaba en toda su intensidad la experiencia de sentirse turista en una tierra nueva. Había venido por unas semanas pero, contemplando las formas cambiantes de las nubes, se le ocurría que quizás estaría bien dejar que decidiesen las circunstancias.
 
                                 
                                                                            
                                                                   Manoli VF