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miércoles, 23 de mayo de 2018

Viajando con el presente

No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que, ni montar en triciclo como los niños grandes, ni  ponerse los zapatos de papá o sus camisas,  le ayudaba a ser feliz. Tal era su frustración que creció con la necesidad de  alcanzar edades mayores, como si la felicidad fuese una cuestión  de edad.
Con el pasado del tiempo,  se dio cuenta que ya había que alcanzado, varias veces, aquellas edades añoradas y que, aun así, seguía sin ser feliz. Sentía que su vida había  ido a  varar  en un vagón que no iba a ninguna parte, y sintió  morir.
A pesar de estar aturdido por los acontecimientos, supo reflexionar:  comprendió que la felicidad no estaba en su futuro y que, por culpa de su obsesión, tampoco formaba parte de su pasado. Comprendió que había  pagado un billete  muy caro al no disfrutar ni del viaje ni del paisaje  y decidió que,  desde ese mismo instante, comenzaría a vivir en un continuo presente, anexo entre un pasado que ya fue y todo lo que estaba por venir, mientras viajaba  en el tren de su vida sin un destino fijo, sin edades...
©Orgav
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Imagen usada de Internet.

Letargo

Letargo.
Seca. Seca de ideas, de palabras.
La inspiración  no me visita y  me aturde su ausencia. La siento a mi alrededor pero no la encuentro y ya no nacen historias...

Él está allí, en la lejanía de un papel en blanco, montado en el tren de la inspiración, esperando un destino incierto. Solo es un personaje más, sin materia alguna. Me mira y exalta con sus manos la distancia que nos separa, me hace entender que se siente encerrado en aquel tren sin rumbo. Siente miedo a morir asfixiado entre un cúmulo de  ideas interrupidas, inacabadas,  que apestan, que le aplastan...Me mira y lanza súplicas, mientras golpea con fuerza un cristal imaginario que solo existe  entre las pocas partículas de realidad que hay entre su mundo y el mío. Agotado, llora de rabia mientras musita su indignación. La impotencia le pesa y se deja caer entre los asientos del vagón. 

Allí  está, tirado en un suelo que no existe, cada vez más lejos de tener una vida, de  tener un camino que seguir, de darle sentido a la levedad de su existencia...

-No puedo hacer nada por ti -le digo- estoy seca...
Y poco a poco veo como el tren se disipa en la lejanía... Sin destino definido.
©Orgav
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Imagen extraída de Internet.

viernes, 11 de mayo de 2018

LA FUGA



El último silbido del tren anunció su inminente salida. Exhaustos pero pletóricos, aguardábamos casi sin aliento a que la máquina arrancase y partiésemos hacia nuestro nuevo destino. Nos apoyamos jadeantes sobre una compuerta, sujetando el preciado maletín e interrumpiendo el paso de los viajeros. Un desvanecimiento me asaltó de pronto: "Tengo sed: mi garganta está seca. Tengo hambre: me rugen las tripas". Como si adivinase mi pensamiento, o quizás experimentando la misma sensación, ella exclamó:
-¡Compremos bocadillos!
- Es tarde, comeremos en el vagón restaurante.
-¡Estás loco! Los camareros podrían dar la voz de alarma. ¿Quieres que nos descubran después de habernos arriesgado
tanto? no debemos llamar la atención. Comamos algo en el compartimento.
-Vale. Espérame aquí, -dije como un idiota. "¿Dónde narices iba a ir?", pensé echando a correr hacia la cantina, desandando el camino recorrido con la lengua fuera. La visión de nuestro próximo futuro, disfrutando de toda aquella pasta, me infundió los arrestos necesarios para el penúltimo gran esfuerzo.
-¡Rápido, dos bocadillos y dos latas de Coca-Cola! Quédese el cambio. -Ordené al camarero, con un hilo de voz.
Alcancé apenas el tren en mi última proeza, justo cuando arrancaba. Ella me lanzó una miraba cínica desde la plataforma, sonriendo la muy pérfida, mostrándome el maletín bien agarrado con ambas manos. ¡Qué tonto fui! Demasiado tarde comprendí mi candidez: enseguida me atraparon los perros y un agente de policía detrás. Esa sinvergüenza me engañó bien, pero la encontraré y me las pagará. Lo juro, como me llamo Inocencio Pardillo.


María José Triguero Miranda
Imágenes de Internet

 


martes, 17 de abril de 2018

El Expreso de las Nueve


Constantino llevaba dos horas en el banco, se metió la chaqueta con dificultad, refrescaba y sus huesos ya no estaban para bromas. Le gustaba mucho sentarse allí, disfrutaba de las vistas de aquellas montañas tras la estación, ya casi muerta, salvo algún mercancías de vía estrecha . Allí pasó su vida, ayudaba con las maletas a las señoras finas con sus galas y tacones; aupaba a los niños al vagón con sus mamás. Era feliz cuando veía a Nieves aparecer con el hatillo de la merienda, refunfuñaba cuando Elías el pastor cruzaba la vía con el rebaño. Pero el rubio, ay, ese era el único recuerdo que le arrancaba sonrisas a veces, otras una lagrimilla. Cómo le hacía rabiar quitándole la gorra, las partidas de tres en raya; las risas cuando le narraba a toda velocidad con su lengua de trapo las aventuras del colegio. Y cuando le imitaba chillando “Viallejos al teeeeeennnn”. Treinta años ya que marchó. Ni una carta, ni una llamada. Quizá si en el pueblo tuviesen aquellos avances de los ordenadores y los teléfonos esos que hablabas en cualquier sitio. Pero qué cosas tienes Constan, si hace poco más de cuatro años que metieron el agua en las casas. Sabía que pronto tendría que coger su último tren, no le había gustado el gesto del médico en su visita del jueves, le dolía todo el cuerpo, notaba su fuerza acabada. Oyó en la distancia el pitido del Expreso de las nueve, que le traía el viento. Se levantó despacio, con gran dificultad, tardaría en situarse en su puerta. Entonces lo vio. Un militar de porte elegante, uniformado, tendiéndole la mano. Su rubio, era su rubio que le invitaba a subir. Aunque canoso, no había perdido la expresión de pillo y bondadoso a la vez. Entre sollozos oyó: “¿Lo ves, abuelo?, te dije que sería algún día Capitán de Tren”.

(Manoli Asenjo) Derechos reservados Safe Creative

El Andén

Hace un rato que me tiene usted hartita, caballero. Desde que llegué no deja de hacerme preguntas. Si  soy de aquí, que donde voy, escrutando mis ojos... ya llevo yo gafas oscuras para no dejarle penetrar mi pupila. No insista en contarme su dedicación a los niños, a las plantas, el milagro de la fotosíntesis ni de los maravillosos amaneceres desde su balcón; nada de eso me interesa. Solo cuando esté llegando, tenga usted la bondad de apartarse. He de ser rápida y certera, no desviarme ni un centímetro,  para que mi cuerpo sea totalmente aplastado por las ruedas.

(Manoli Asenjo) Registro en Safe Creative

jueves, 12 de abril de 2018

Yo me bajo en Atocha

Foto: Sara Nieto

Que dice el señor del altavoz que debido a una avería en la red eléctrica, los trenes están sufriendo demoras en la línea que va a tu casa. Y que tal vez por eso, cada vez tus besos tardan más y cuando llegan ya no saltan chispas.
Molesten las disculpas.

Autora: Sara Nieto

DESTINO

María se sueña todos los días en la estación. Sueña que espera un tren y llega otro. Se ve caminando entre los vagones, buscando un rostro entre los viajeros. Pero ningún rostro es el rostro que está buscando. Ningún tren va en la dirección que ella quiere. Se despierta envuelta en sudores e inquietudes; se prepara un tazón de leche caliente y vuelve a acostarse para soñar de nuevo con la estación. Una noche, harta del bucle, decide cambiar el rumbo de su sueño. Cuando se duerme y ve llegar el tren sube tranquila y toma asiento junto a la ventana. Esta vez renunciará a la búsqueda; irá donde el tren la lleve.

 

Manuela Vicente Fernández ©