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jueves, 16 de noviembre de 2017

El amargo camino de la resiliencia.

Escribiendo con los cinco sentidos, sabor: amargo.
Título: El amargo camino de la resiliencia.
Hoy voy a dejar que duela,
voy a dejar que la herida escueza,
que sangre...
Voy a meter los dedos en ella.
Voy a llorar por cada palabra
y por cada silencio,
por los intentos y  sueños frustrados,
por los años invertidos
y por el  fracaso...
Sí, hoy voy a dejar que duela
mientras lloro.
Y voy a dejar, con estas palabras, 
que el dolor se pronuncie
y que sean  las lágrimas
las que acaricien mi cara,
mientras los recuerdos
retuercen mi cuerpo
en un duro abrazo...
Hoy voy a llorar
y voy a dejar que duela.
Lo haré  por ti y por mí,
por el cariño
que aún nos procesamos
y por el respeto mutuo.
Pero sólo será  por hoy...
Y si mañana me ves sonreír,
si ves un matiz de felicidad,
te pido que no me juzgues,
que respetes el modo en que elegí
llevar mi sufrimiento,
que entiendas que no existe egoísmo
en querer sobrevivir,
y que todos debemos ser resilientes
para dejar marchar los demonios
que llevamos dentro.
Hoy dejo que duela mientras lloro...
©Orgav
Todos los derechos reservados.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Un trago amargo

                                               Imagen bajada de Internet



Tumbado en la arena de la playa, Ernst sondea, con la ayuda de una vara, el sitio marcado; cuando topa con algo metálico, aparta la arena que tapa la mina, luego con sumo cuidado desenrosca el tapón y la desactiva. Recuerda sin cesar las palabras del sargento danés: «Hay miles de minas enterradas en esta playa, minas que colocaron vuestros compatriotas; ahora os toca a vosotros desenterrarlas.»

A los cinco meses, la playa estaba limpia. De los catorce presos alemanes, adolescentes y niños, que empezaron la tarea, solo quedaron cuatro.

martes, 14 de noviembre de 2017

Agruras



Fue durante la temporada de recogida de la aceituna que mi madre descubrió a su mejor amiga en los brazos adúlteros de mi padre. Yo, que estaba dentro de su vientre, al sentir el galope enfurecido de su corazón, pegué un brinco tan grande que casi salgo por su garganta. Desde entonces, madre comenzó a padecer agruras que no se calmaban con ningún remedio. Tanta era su acidez que, cuando llegó el día de mi nacimiento, decidió llamarme Mara, nombre de origen hebreo que puede traducirse por amargura, tal era la raíz que la atormentaba. Crecí con el Sambenito de la traición paterna, la misma que hacía que madre recordara su sufrimiento cada vez que me llamaba. Harta de ser hija adoptiva del desamor, decidí cambiarme el nombre al llegar a la mayoría de edad, y tuve la ocurrencia de llamarme Deborah, por eso de los contrastes. Desde entonces, mi progenitora comenzó a cambiar su comportamiento, tanto que, en la última temporada de la aceituna, la encontré bajo los olivares con un nuevo amante. Si en algún momento tuve miedo de que la historia se repitiese, este se me esfumó de golpe al contemplar el rostro justiciero de mamá, convertida ahora en una vengativa y gigantesca mantis.

 


MVF©


Sevillanas sin leche ni azúcar

De niña era frágil y delicada. El médico me recetó aceite de hígado de bacalao para estimular el apetito pero, como suele ocurrir con los niños, yo odiaba ese sabor. Siempre pensé que era lo más amargo que uno podía degustar en el mundo. Después, diversas enfermedades se cebaron conmigo, lo cual motivó el consiguiente tratamiento a base de medicinas varias que yo me resistía a tomar. Mi pobre madre se las ingeniaba para camuflar el remedio en bollos y pasteles de apariencia suculenta que llamasen mi atención, pero por mucho que lo intentase mi sensible paladar captaba la perversa maniobra y lograba detectar el funesto brebaje, lo cual provocó mi odio exacerbado de por vida a dulces, tartas, y todo aquello que me recuerde, aun de lejos, mi sufrida y a regañadientes medicada infancia. Con el tiempo mi naturaleza logró salir adelante con la ayuda de las medicinas y las elaboradas tretas de mamá.
Cuando nos comunicaron su enfermedad el mundo entero se derrumbó. Fueron meses de preguntas sin respuesta, de lucha tenaz contra lo inevitable, de un dolor insoportable. Una mañana de domingo ella nos dejó. En una radio cercana alguien del hospital escuchaba música de sevillanas. Siempre amé esa música alegre que infundía dinamismo en el corazón, y hasta lograba aminorar la amargura del aceite de hígado de bacalao antes del colegio (mamá intentaba distraerme con cualquier cosa con tal de que fuera buena chica y cumpliese las prescripciones médicas).
Llevo días sin dormir. Desde que ella partió tomo litros de café negro, solo, amargo, como homenaje a su memoria. Creí que encontraría algo más amargo que el aceite de hígado de bacalao, algo más amargo que las sevillanas junto a una moribunda, algo más amargo que el café negro, pero no. Ahora sé que no hay nada más amargo que su ausencia.
MJT.