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miércoles, 3 de enero de 2018

La vasija de barro


El barro está blando. Está mojado, el barro es cálido, suave, moldeable, se estremece con regocijo a la cadencia del torno, se diría que tiene un corazón que late, que bulle, que trata de sacar a flote la vida que palpita muy dentro, esa vida que lucha y contribuye a adoptar esa forma que yo, jugando a crear, quiero infundirle con mis manos. Es como un niño recién nacido, la misma piel: pegajosa, húmeda, suave, rosada y cálida, el mismo peso, con fundamento pero liviano, no excesivo, cediendo a la gravedad, ley inherente a su condición terrestre, asumiendo su forma, su esencia, con orgullo, como carta de presentación al mundo, convencido de su lugar en el planeta.

Al conformar la vasija soy responsable de su esencia en este mundo. El niño, la vasija y yo, todos hemos partido del mismo origen: la tierra. Todos estamos sujetos a la misma gravedad y a la levedad del tiempo, ligados a la rueda de la vida, que al detenerse, suspende con ella el pálpito del ser y pasamos a otra dimensión, pero ¿Adónde? sólo queda el despojo, la corteza inerte, la escoria. Todos somos una amalgama de tierra, agua, fuego y aire y todo se convierte en nada y todo me da igual, me dejo llevar; el viento sopla fuerte y la energía creada vuelve a ser materia dotada de vida. Y así el ciclo vuelve a comenzar.

MJT. Fotos subidas de Internet.

martes, 12 de diciembre de 2017

JARDINES


Imagen sacada de la red

Recuerdo el tacto de los pétalos, cuando jugábamos a ser perfumistas, y tú hacías colonia de rosas y violetas, pero te salía un agua añil que usábamos de suavizante en el último aclarado del cabello. ¡Qué suave! nos decíamos, acariciándonos el pelo la una a la otra. Aún recuerdo mis manos pequeñas ahondando en tu frondosa cabellera. Muchos años más tarde, cuando la erosión del dolor comenzaba a hacer mella en tu cuerpo, y yo intentaba atesorar cada instante que vivíamos juntas, sigo recordando el tacto, frondoso, ahuecado, y tan suave... de tus cabellos.
A mi querida hermana Tere.

MVF


INSTANTES DE LEVEDAD Y TERNURA

Fotografía obtenida de la Red.
Cierro los ojos arropada por el fino manto de mi soledad y observando como se van desplegando suaves plumas que vagan por el silencio de un amanecer que empieza a despertarse en mi recuerdo. Nada ni nadie hará que me distraiga de esa eternidad que se columpia levemente en el terso latido de mi corazón. Poco a poco me voy dejando invadir por una extraña sensación de ternura inmensa que acaricia mi espíritu ingrávido. La respiración ensancha mis pulmones y el oxígeno va purificando mis células, mientras permanezco en ese estado de meditación. 
Observo como el tic-tac del reloj deja huellas imborrables, mientras el herrero pule su instrumento bruñendo las aristas que cortan los instantes como gélidas piedras. Entonces, sólo entonces, esa lógica perpetua destruye la sorpresa e impide que suba un nuevo pasajero al tren de la vida sin maletas a bordo y notando en la espalda el escalofrío de lo desconocido.
Una imagen me sorprende y permito que fluya dejándome caer en un abismo donde acaban por unirse los cuerpos tersos, como figuras de papiroflexia hechas con papel charol que irradian sonrisas de felicidad, mientras mis labios de terciopelo rojo buscan en la oscuridad los tuyos en esta apacible tregua.

De pronto, el llanto de un bebé interrumpe la sesión y es el momento justo de abrir los ojos, Adrián me reclama y no puedo perderme esa nueva oportunidad de memorizar la dulzura de sus gestos, cuando le miro embobada cogiéndole de los mofletes, tan sedosos y blandos, como el mullido abrazo del césped bajo mi espalda. Le observo con cuidado como se acurruca en mi regazo, parece un muñeco de felpa. Su delicadeza y ternura infinita me estremecen, cada vez que le miro y le susurro al oído lo que le quiero.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

MANO ENTREGADA

Fotografía de la Red,
recogida por Jesús Hernández 

Antonio tenía las manos ásperas por el trabajo en el campo y el corazón encogido por la distancia de una madre inexpresiva. Se limitaba a responder al afecto de su esposa con la urgencia del deseo.

El nacimiento de la niña abrió en su pecho un lago de aguas dulces y apacibles. Le acariciaba la delicada cabeza, le repasaba la frente, la línea de las cejas y las mejillas con las yemas de los dedos, deleitándose en su fina piel sedosa. 

La niña cerraba los ojitos y sonreía complacida. Después los abría para apretar con su manita el dedo de papá, lo agarraba con firmeza, con premura vital, y Antonio sentía una ternura desconocida que esponjaba todo su ser, un vínculo afectivo que lo unió a ella para siempre. 

Y aprendió a ser cariñoso también con la madre, a rodearla sin pretexto con sus brazos y a rozarla en silencio con la mirada. 

Para Antonio el regreso a casa por las tardes era una fiesta. Alzaba a su hija en el aire y besaba su carita de terciopelo, que quedaba enrojecida por la barba de varios días. En el invierno la sentaba sobre sus rodillas junto al fuego. Ella estiraba las manos. Las del padre respondían de inmediato: con la temperatura de las llamas, las frotaba fuertemente y envolvía las de la niña transmitiėndoles su calor. 

Ahora que el tiempo se le agota en una cama de hospital, es él quien busca el refugio de esa tersa mano entregada que le proporciona sosiego. Después le tantea el broche en forma de avión y le susurra:
-¡Qué viaje tan largo nos espera!  

sábado, 2 de diciembre de 2017

Lobo de mar


La imagen puede contener: océano, agua, exterior y naturaleza
Foto: María José Viz Blanco

Sus grandes y arrugadas manos se acercaban al rostro del niño, cual cazador acechando a la presa. O, al menos, así lo sentía el pequeño. Este añoraba extraordinariamente el tacto suave de las manos de su madre, el abrazo infinito que aún recibía en sus mágicos sueños. Y era esa ausencia, tan presente en él, lo que le hacía alejarse de su abuelo.
El anciano ansiaba acariciar a su nieto y este rechazo constante le entristecía, cada vez más. Tanto es así que aquella noche tormentosa de noviembre retornó al mar, del que se había despedido años atrás. Las olas, con suavidad inusitada, lo empujaron al lugar más profundo y más vacío que jamás haya existido.

María José Viz Blanco (30/11/2017)