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martes, 7 de marzo de 2017

Almas gemelas


La autómata de Edward Hopper

Entró en aquella cafetería porque fue la primera que vio. Podía haber sido otra cualquiera, pero fue esa. Se acercó a la barra frotándose las manos; hacía frío fuera y deseaba con urgencia un café caliente.
Mientras se lo preparaban se fijó en aquella chica del fondo. Le llamó la atención su mirada fija en la taza, su media sonrisa y, sobre todo, tuvo la sensación de que se encontraba muy sola. Igual que él.
Empezó a tomar su café sin dejar de mirarla, pensando qué pasaría si se acercara a hablar con ella. "Quién sabe, puede que necesite hablar con alguien." Bajó un pie del taburete e hizo ademán de acercarse, pero alguien abrió la puerta, entró y se acercó a ella. 

Él pagó su café y salió. La miró de reojo cuándo pasó a su lado y creyó ver una pequeña lágrima rodando por su mejilla. El sabor amargo del café le subió a su boca y juró que mañana lo intentaría. Podía ser. ¿Por qué no?


 
                                                                                       ©María Manrique Fabelo

domingo, 22 de enero de 2017

Nadie lo sabe





Mírala. Ya está aquí otra vez. Nadie sabe quién es. Nadie lo sabe.

Desde hace tres meses, viene a sentarse en la misma mesa. Llega pasadas las ocho de la mañana. Aún es de noche. Sin mirar a nadie, se dirige al rincón junto a la ventana. No se quita el abrigo. Ni los guantes. Ni el sombrero años veinte con el que no puede esconder sus ojos velados. 

El camarero se acerca a su mesa con la esperanza de entablar una conversación que nunca llega. Lo mira sin verlo y pide una infusión. Él pronuncia unas palabras sobre el frío de la calle, solo por hacerla hablar. Ella no responde nunca. Entrelaza sus manos y las deja tensas sobre la mesa. Cuando le lleva el ardiente brebaje, se descalza uno de los guantes. Apenas se humedece los labios antes de quedarse absorta, con la mirada perdida en algún punto del infinito. 

Así permanece durante horas. Ajena a lo que sucede a su alrededor. A la gente que entra y sale. Cuando llegan las tres de la tarde, se levanta de la mesa y, con paso cansino, se dirige a la puerta. Sale. Se pierde entre la multitud. 

Nadie sabe quién es. Nadie conoce su nombre. Hace tres meses perdió su empleo pero nadie lo sabe. Ni su marido lo sabe. Ni sus hijos lo saben. 

Nadie lo sabe.



*Ilustración: "La autómata" de Edward Hopper.

En los posos del café.

Sonríes tristemente al mirar la taza que te acaban de servir. Hace poco más de un año, en aquella misma mesa, leyeron los posos de tu café. Una profusión de buenos augurios: ascensos, dinero, éxito en amores... Y ahora, lacerantes, desfilan por tu mente los hechos que comenzaron dos meses después. El accidente, el "lo siento pero ya no te quiero", la cola del paro, el Alzheimer de papá.
Por fin, con un inmenso suspiro, rebuscas en los bolsillos del abrigo. Aquí están, sí. La carta recogida esta mañana, sobre el maldito desahucio, y el sobrecito de azúcar, que sacas, comprobando que aún contiene la dosis letal de estricnina.
(Manoli Asenjo)

sábado, 21 de enero de 2017

Esperando un nuevo tren

Pintura: La autómata, (Edward Hopper)

El mundo está negro a mi alrededor. La taza de tila que calienta mis manos no consigue calmarme; él se ha ido, se ha ido dejando su taza en la barra, mientras en el aire quedaba suspendida su última frase:"Embarazada no te quiero"; mi mano enguantada tiembla,la otra también, en un momento me he convertido en una autómata que busca en el fondo de la taza una respuesta. El tren en el que llegué ya se fué... pero otro llegará y, sin deshacer la maleta, subiré a el y lloraré todo el camino hasta la primera ciudad desconocida que me sonría.

Amargo café

En algún café del mundo el tiempo se detiene. Una mujer bebe, a pequeños sorbos, el líquido negro y amargo. Hay alguien que la mira, que se pregunta qué piensa y observa sus autómatas movimientos. Pero la mujer no se da cuenta porque ya no está allí. Está esperando a que pase este momento en el que no tiene adónde ir. Pagará el café, en el instante siguiente,  y continuará su rumbo por las calles, pero no podrá recordar nunca el nombre de esta cafetería en la que su alma autómata se detuvo para tomar aliento.
                                                                                                    © Manoli Vicente Fernández
Imagen: La autómata (Edward Hopper)

viernes, 20 de enero de 2017

Recuerdos

Microrrelato basado en imágenes.
Pintura: La autómata, (Edward Hopper)

Le reconocí  al instante.
Dijo que llevaría un sombrero color amarillo tierra y, allí  estaba, escondida bajo él.
Me quedé  postrado en el marco de la entrada de aquella cafetería, observándola. 
Aún recuerdo su cara. Mantenía  un gesto serio. Era evidente  que no estaba acostumbrada a ese tipo de encuentros. La incertidumbre de no conocer a la otra persona  le hacia tener en una actitud retraída.
La primera impresión que tuve no le hacía  justicia. Jamás imaginé que, bajo aquel viejo sombrero, me encontraría  con 53 años  de amor verdadero.
Aún  recuerdo aquel día  como si fuese ayer...
Orgav.
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