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sábado, 2 de junio de 2018

Cita en Casablanca





Enrique y yo Llevábamos tanto tiempo distanciados que los dos habíamos perdido la cuenta de lo que hacía el otro. Convivíamos bajo el mismo techo, pero sin tropezarnos. Cada uno en su mundo y en su habitación. No recuerdo ni en qué momento decidí apuntarme a una página de contactos. Me pasaban factura las noches en vela y la rutina diaria. Por el chat comencé a hablar con un chico bastante simpático. No quisimos intercambiar fotos porque a cierta edad es fácil caer en juicios que no hacen justicia a la realidad. En nuestros perfiles la imagen podía ajustarse a la de cualquiera; él con sudadera, bigote y gafas de sol y yo con el pelo tapándome medio rostro. Nos fuimos conociendo “por dentro”, despacito, como quien no quiere la cosa durante un año. Transcurrido ese tiempo, decidimos abrir la puerta al mundo real y vernos cara a cara.
Quedamos en un bar poco céntrico. Uno de esos refugios para enamorados llamado Casablanca. Pese a que los dos rondábamos la cuarentena, seguíamos conservando el romanticismo. Él llevaría un sombrero a lo Humphrey Bogart y yo un traje chaqueta emulando a Ingrid Bergman.
En cuánto entré lo divisé sentado al fondo del local. Con el sombrero inclinado, mientras leía el periódico, no podía verle el rostro. Llegué hasta él y, al oír mis tacones, alzó la vista para mirarme.

Soy Quique me dijo Enrique, a punto de partirse la caja.

―¡Joder, chico, cuánto hace que no te veía tan guapo! ―respondí desternillándome.

  
¡Para que luego digan que la tecnología nos aísla! Enrique y yo, por llevar la contraria, gracias al chat del ordenador volvemos a estar enamorados.

Texto: Manuela Vicente Fdez ©
Tema: Cita a ciegas




jueves, 31 de mayo de 2018

Olor a casa


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Fuente de la imagen: Pinterest

Después de horas de terapia con los mejores especialistas sin que ninguno de ellos lograse revertir el naufragio de nuestra relación, el último coach de la prestigiosa lista con la que contábamos Guillermo y yo, nos propuso un ejercicio a "todo o nada". Según sus palabras, solo un salto al vacío con los ojos vendados, podría revelarnos si nuestro futuro era estar juntos o, por el contrario, debíamos aceptar la separación y comenzar a pasar página.
A las doce de la noche, según lo convenido, subí al coche con los ojos vendados. Me había vestido con ropa nueva y había comprado un perfume carísimo cuyas notas distaban mucho de la colonia que usaba a diario. Llevaba la cara cubierta de una fina malla de red para evitar ser identificada por el tacto. Nuestro coach nos había expuesto con claridad el escenario al que nos enfrentábamos. Por mi parte, sabía que me esperaban varios hombres en la habitación y que solo uno de ellos era mi compañero de sesiones. También había mujeres. Una fila enfrente de otra. Y nosotros dos, eligiendo.
El primer hombre era muy joven. Maldije en silencio al psicoterapeuta, al comprobar el tono de su musculatura. Pobre Guille, menos mal que mi compañero no podía verlo ni palparlo. Lo deseché de inmediato. No quería pasar por una superflua. No era la flacidez de Guillermo lo que nos había llevado al psicoanálisis.
Al segundo le sobraba bastante volumen. Calvo y bajito. Por favor, cuánto estereotipo. ¿Es que este coach solo barajaba los extremos? al lado de este hombre, Guille era Marlon Brando de joven, aún sin la Harley.
El tercer hombre era una incógnita. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni flaco. Ni flácido ni musculado. No podía tocar su rostro, protegido con una red frente a posibles eventualidades de roce. Procedí a oler su piel. Sin su voz, solo quedaba el tacto y el olor. Olía tremendamente a tabaco. A Ducados negro, para ser exacto. Hay que ver lo torpe que llegaba a ser este coach eligiendo candidatos.
El cuarto hombre tenía unas proporciones perfectas. ¡Madre mía, qué tacto! Cada centímetro de su piel me parecía deseable. Sin estar musculado, y pese a una incipiente barriguita, este hombre despedía olor a casa. Supe que era Guille antes de que él me eligiese a mí también, aunque ambos fingimos no reconocernos. Desde entonces, él y yo no hemos vuelto a tener ningún problema, salvo que los encuentros han de ser en casa del psicoterapeuta y, eso sí, siempre con los ojos vendados.

Texto: Manuela Vicente Fdez ©

viernes, 25 de mayo de 2018

El tiempo no miente

El tiempo se cruzó en mi camino, llevaba los  brazos entrelazados a la espalda y un paso marcado.
-¡Secretos!- dijo parándose frente a mi cara, para luego desaparecer.
De pronto, me vi rodeada de máscaras tiradas por el suelo frente a un grupo de personas desconocidas con las que había compartido toda una vida.
©Orgav
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Imagen usada de Internet perteneciente a: The Closet Club.

miércoles, 23 de mayo de 2018

DESIGNIOS

Robé el billete de veinte euros de la cesta cuando el padre Ángel no miraba. Lo necesitaba para comprarle una pulsera a Amanda mejor que la que le había comprado Guille. Faltaba un día para su cumpleaños y llevaba un mes rogando que un billete de veinte euros estuviese al alcance de mi mano...

Manuela Vicente Fernández

TENTACIONES

Le robé el novio a mi prima Berta. Fue ella quien me enseñó su foto, quién me contó que sus besos sabían a azúcar, quien me dijo que Paulo salía todos los domingos con su bici e iba hasta la antigua ermita. Allí le esperé, con la cadena de mi bici fuera de sitio y el corazón también.
MVF© 

Viajando con el presente

No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que, ni montar en triciclo como los niños grandes, ni  ponerse los zapatos de papá o sus camisas,  le ayudaba a ser feliz. Tal era su frustración que creció con la necesidad de  alcanzar edades mayores, como si la felicidad fuese una cuestión  de edad.
Con el pasado del tiempo,  se dio cuenta que ya había que alcanzado, varias veces, aquellas edades añoradas y que, aun así, seguía sin ser feliz. Sentía que su vida había  ido a  varar  en un vagón que no iba a ninguna parte, y sintió  morir.
A pesar de estar aturdido por los acontecimientos, supo reflexionar:  comprendió que la felicidad no estaba en su futuro y que, por culpa de su obsesión, tampoco formaba parte de su pasado. Comprendió que había  pagado un billete  muy caro al no disfrutar ni del viaje ni del paisaje  y decidió que,  desde ese mismo instante, comenzaría a vivir en un continuo presente, anexo entre un pasado que ya fue y todo lo que estaba por venir, mientras viajaba  en el tren de su vida sin un destino fijo, sin edades...
©Orgav
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Imagen usada de Internet.

Letargo

Letargo.
Seca. Seca de ideas, de palabras.
La inspiración  no me visita y  me aturde su ausencia. La siento a mi alrededor pero no la encuentro y ya no nacen historias...

Él está allí, en la lejanía de un papel en blanco, montado en el tren de la inspiración, esperando un destino incierto. Solo es un personaje más, sin materia alguna. Me mira y exalta con sus manos la distancia que nos separa, me hace entender que se siente encerrado en aquel tren sin rumbo. Siente miedo a morir asfixiado entre un cúmulo de  ideas interrupidas, inacabadas,  que apestan, que le aplastan...Me mira y lanza súplicas, mientras golpea con fuerza un cristal imaginario que solo existe  entre las pocas partículas de realidad que hay entre su mundo y el mío. Agotado, llora de rabia mientras musita su indignación. La impotencia le pesa y se deja caer entre los asientos del vagón. 

Allí  está, tirado en un suelo que no existe, cada vez más lejos de tener una vida, de  tener un camino que seguir, de darle sentido a la levedad de su existencia...

-No puedo hacer nada por ti -le digo- estoy seca...
Y poco a poco veo como el tren se disipa en la lejanía... Sin destino definido.
©Orgav
Todos los derechos reservados sobre el texto.
Imagen extraída de Internet.

sábado, 19 de mayo de 2018

Prejuicios escolares


Habiéndome criado siempre solitaria, con la única compañía de mi hermana y mis padres, disfrutando en todo momento del campo y del retozo de los animales, afronté, no sin cierta desgana mi iniciación escolar. Me recuerdo en el patio del colegio, dando vueltas por el mismo, observando con quien podía jugar. Ante mí se repetía el mismo patrón con ligeras variantes: Siempre había un líder que mandaba ante un grupo que se dejaba mandar. Yo valoraba mi libertad por encima de todo, por lo que prefería avanzar sola que someter mi voluntad y así, cuando llegaba la hora del recreo, me entretenía observando en mi paseo a los demás. Pero pronto comprendí que mi elección despertaba grandes recelos y, al volver la cabeza, pude ver que me seguían no pocos niños de aquellos que, solitarios como yo y desprovistos de líder, me veían como tal. Grande fue mi desilusión al ver imposibilitado mi deseo de avanzar sola y, con gran tristeza, a fin de evitar un mal mayor, fingí integrarme en algunos de los grupos más pequeños, formados casi siempre por un par de escolares entre los que yo era, por definición, la tercera en discordia, con lo cual todos teníamos garantizados, mal que bien, un mínimo de libertad.

Manuela Vicente Fernández

viernes, 11 de mayo de 2018

"Física cuántica"


Nunca pude decidirme. En ningún asunto.  ¿Cereales o galletas?, ¿fresas o plátano?, ¿vestido rosa o azul?, ¿fichas blancas o negras? Prefería dejar que otro tomase partido, sin importar la trascendencia de la elección. Qué denodado esfuerzo decantarme por una sola opción: ¿Café o té?, ¿gimnasia o ballet?, ¿ciencias o letras?, ¿derecho o filología?, insufrible zozobra por nimia que fuese la deriva de la decisión.  
Así, había llegado a ignorar quién era yo, mejor dicho, era "doña Dudas". Aunque con reservas, ya me había resignado a mi penosa condición. Nadie, después de conocerme, se interesaba por mi criterio: "¿Querida, vamos al cine o al teatro?", ¿"mamá, pizza Carbonara o Boloñesa?, que decidan por mí  constituye a la vez un agravio, por cuanto menosprecia mi valía como persona,  y un alivio, por cuanto me libera de una carga. Pero hoy, por casualidad,  he comprendido mi verdadera naturaleza. Fue en una de esas tiendas modernas de decoración, al ver el mensaje pintado en un cuadrito de madera. Tres renglones con caritas: "Soy un neutrón :😔. Soy un electrón.-L. ¡Hurra, soy un protón:+J!". Entonces lo comprendí: Uno no puede evitar ser lo que es. Y yo soy un Bosón,  es decir: una partícula elemental que no cumple el principio de exclusión de Pauli, por lo que ¡puedo estar en dos estados cuánticos a la vez! ¡Bravo! ¡Quizás en otro universo paralelo,  otra yo está eligiendo café en vez de té, o esquiando en Suiza en vez  de estar en una tienda! ¿No es maravilloso descubrir que la vida no se reduce a esto o aquello, sino que en alguna otra dimensión o espacio-tiempo, este caminar tuyo entre  espinas discurre por un sendero de rosas?

©María José Triguero Miranda.
Imagen de Internet


"La gitana de la Alhambra"


Luisa siempre había sentido inclinación por los adivinos: tarot, horóscopos, quiromancia… necesitaba despejar incertidumbre. Necesitaba creer que todo le iría bien, ese clavo ardiendo al que agarrarse en los dilemas que la vida le planteaba a cada paso. Por otra parte sentía pánico de recibir un mal vaticinio. Su personalidad histérica se debatía en la duda entre conocer el futuro, ya fuera  aciago o benévolo, o ignorarlo  por miedo a recibir malas noticias, pero solía ganar su curiosidad y su obsesión enfermiza. Aquel día de visita a la Alhambra, no pudo resistirse a que una gitana que se ofreció a leernos la mano por la voluntad, se saliese con la suya.
Yo me mostré reacia, pero la mujer tomó mi mano y empezó a proferir una perorata que sonaba a cháchara repetida hasta la saciedad: todo eran buenos augurios, larga vida y alegrías, "un mocito moreno" y poco más.  Logré zafarme de un  tirón de su mano, ella agarró la de Luisa, permaneció un instante en silencio y palideció como el papel. Confieso que sentí curiosidad por saber qué pudo vislumbrar. Entonces nos  llamaron para tomar el autobús de regreso y nos quedamos con la duda.
Ahora, amiga mía, con el corazón destrozado, he venido a darte mi último adiós por culpa de ese maldito camión que se cruzó en nuestro camino.
He vuelto a la Alhambra. La gitana seguía allí. Me acerqué. Ella me reconoció. -¿Qué viste?, le pregunté, aunque ya daba igual.
-Nada, me dijo. -No tenía futuro.

©María José Triguero Miranda
Foto de Internet

LA FUGA



El último silbido del tren anunció su inminente salida. Exhaustos pero pletóricos, aguardábamos casi sin aliento a que la máquina arrancase y partiésemos hacia nuestro nuevo destino. Nos apoyamos jadeantes sobre una compuerta, sujetando el preciado maletín e interrumpiendo el paso de los viajeros. Un desvanecimiento me asaltó de pronto: "Tengo sed: mi garganta está seca. Tengo hambre: me rugen las tripas". Como si adivinase mi pensamiento, o quizás experimentando la misma sensación, ella exclamó:
-¡Compremos bocadillos!
- Es tarde, comeremos en el vagón restaurante.
-¡Estás loco! Los camareros podrían dar la voz de alarma. ¿Quieres que nos descubran después de habernos arriesgado
tanto? no debemos llamar la atención. Comamos algo en el compartimento.
-Vale. Espérame aquí, -dije como un idiota. "¿Dónde narices iba a ir?", pensé echando a correr hacia la cantina, desandando el camino recorrido con la lengua fuera. La visión de nuestro próximo futuro, disfrutando de toda aquella pasta, me infundió los arrestos necesarios para el penúltimo gran esfuerzo.
-¡Rápido, dos bocadillos y dos latas de Coca-Cola! Quédese el cambio. -Ordené al camarero, con un hilo de voz.
Alcancé apenas el tren en mi última proeza, justo cuando arrancaba. Ella me lanzó una miraba cínica desde la plataforma, sonriendo la muy pérfida, mostrándome el maletín bien agarrado con ambas manos. ¡Qué tonto fui! Demasiado tarde comprendí mi candidez: enseguida me atraparon los perros y un agente de policía detrás. Esa sinvergüenza me engañó bien, pero la encontraré y me las pagará. Lo juro, como me llamo Inocencio Pardillo.


María José Triguero Miranda
Imágenes de Internet

 


lunes, 7 de mayo de 2018

La otra


Coincidimos en la estación. Se parecía a mí. Resultaba extraño, encontrarse con una desconocida que se me hacía tan familiar. Al mirarla me parecía retroceder en el tiempo hasta llegar al momento de mis diecinueve años. Se movía y gesticulaba como yo, tanto que juzgué que estaba teniendo una alucinación, una especie de flash back en visual. Cuando llegó el tren y subió, decidí seguirla. Presentía adónde iba y no me equivoqué. Estaba haciendo el recorrido que hice yo en su momento y a su edad. Me senté varios asientos más atrás para poder observarla. Era imposible. Como decía Heráclito: una no puede bañarse dos veces en el mismo río en el mismo instante. Una de las dos tenía que ser irreal, pero… ¿Cómo saberlo? Al llegar a su destino se levantó y yo me dispuse a hacer lo mismo, pero entonces algo extraño sucedió. Mis piernas comenzaron a desvanecerse, al tiempo que ella se convertía ante mis ojos en una mujer distinta, una mujer ejecutiva, segura con su maletín y su traje de oficina, que de ningún modo era yo. Quise llamarla, decirle que volviese conmigo, que teníamos varias historias por escribir, pero la duda a lo que pudiese responderme acabo de sacarme de mi ensueño, y otra vez me hallé delante del teclado: sola, preguntándome, como tantas veces, que habría sido de mi vida si en aquel tiempo un giro en mi destino no me hubiese llevado en otra dirección.

Manuela Vicente Fernández ©


El tercer elemento

Desde que aquella noche te oí pronunciar un nombre que no era el mío. Desde que a la mañana comencé a mirarte de otra forma. Desde que comencé a vaciar tus chaquetas, a contar las llamadas de tu teléfono en festivos, a aspirar el profundo aroma de tus cabellos. Desde esa noche,  en la que te oí murmurar en sueños... entre tú y yo comenzó a extenderse un mar.
MVF

La imagen puede contener: una o varias personas, océano y agua

jueves, 3 de mayo de 2018

Mi día



Hoy es mi día, el día que llevo soñando desde que tengo uso de razón. El día más feliz de toda mujer, y sin embargo, estoy triste.

¿Por qué?

Mi interior es como una olla exprés en pleno rendimiento. En su interior hierven nervios, dudas, miedos, brotes de extrema felicidad y  una gran dosis de melancolía. Una fusión que está a punto de estallar.

Una tímida lágrima empieza a asomar por la comisura del ojo.

Mi padre acaba de llegar junto a mí. Me ofrece su brazo y yo, sin dudarlo, lo cojo. Temo caer en redondo, temo salir corriendo. Siento como el temblor que en un principio se había iniciado en mis piernas, asciende a todo el cuerpo.

Emprendemos el camino.

Un pasillo de unos cien metros nos separa. Se me hace eterno. No veo el final.

La música, la gente, el orgullo que desprende mi padre, todo me abruma.

Miro al frente. Lo veo. De pie. Sonriéndome. Todo desaparece, solo quedamos nosotros.

Estamos a punto de unir nuestras vidas, de tejer un futuro juntos.

La olla se abre. Todos los ingredientes salen al exterior, menos los brotes de extrema felicidad.

No puedo parar de reír. Estoy segura. Lo amo.

—Sí.


Imagen libre de derechos de autor, extraída de Pixabay.

martes, 17 de abril de 2018

Fauna en movimiento

No siempre las funciones tienen lugar en el escenario. Del mismo modo que no siempre hace falta un pase al zoo para poder advertir la variedad de la fauna que hay a nuestro lado. Eso lo estaba constatando María a cada paso que daba en las últimas semanas. Invitada de honor para compartir en familia la mayoría de edad de su ahijada, sentada a su lado en el esplendor de la fiesta, veía acercarse a numerosas hienas, con sendas sonrisas traicioneras, para tratar de hacerse con la mayor parte del pastel.
Su ahijada, la famosa heredera del magnate fundador de la Beautiful’s people Company, lucía ajena a la expectación que levantaba a su alrededor, mientras su madrina medía el avance de las tropas enemigas, capitaneadas, a su derecha, por el rey de la selva financiera, el gran Leo Montes quien, acompañado de su bellísima hija, pretendía erigirse con el monopolio del mercado de la moda, engatusando a las esposas de los principales accionistas presentes en el evento; Nada desdeñable resultaba ser tampoco el lento pero inexorable avance de la pantera negra, Yoshima, la cual, sin pudor alguno, exhibía sus últimas creaciones de fantasía, en forma de ceñidas transparencias con pedrería incrustada que causaba admiración y preguntas entre el personal asistente, pero lo que realmente colmó la ansiedad de María fue ver la cara de embeleso de la homenajeada ante la irrupción de Darío, viejo zorro curtido en mil y una pieles, que junto a su hijo mayor, el incomparable tenorio Juan Diego, se acercaba a la mesa, sorteando a hienas, leones y panteras, con su pico de buitre carroñero, para solicitar el honor de abrir el primer baile de la fiesta junto a la preciada heredera.
Barajando en su mente todas las apuestas y midiendo los avances de unos y otros, María se prometía a sí misma no volver a mezclar el trabajo con el tiempo de ocio, o, lo que es lo mismo: no volver al zoo los fines de semana.
MVF

Aprensión


— ¿Y crees que aquí podemos estar tranquilas?
— ¡No lo dudes!
— ¿Y mamá vendrá? —
—Sí, solo hay que esperar a que cicatricen las heridas.
— ¿No tienes miedo? Yo no sé, ya no confío en nada. Nos volverán a encerrar, Nos gritarán constantemente, tendremos que soportar el éxodo hacia uno y otro lado en esos trastos horribles. No sé qué hemos hecho…
Agachó la cabeza.
—Anímate, levanta la cabeza, mira allí al fondo, hay más como nosotras.Mira esa montaña, ese paisaje. Es lo más parecido a la libertad. Hay muchos animales, parecen felices.
— ¿Y no sería mejor que, para ser libres, nos hubieran dejado en la selva? —Se atrevió a preguntar.
—Estás loca, la selva ya no es lo que era, nos están aniquilando. Deja de quejarte, no todos los humanos son iguales. Han hecho leyes que prohíben matarnos por el marfil. Algunos se han dejado la vida por protegernos. Ten un poco de esperanza. No vivirás atada todo el tiempo, no te abrasarán a latigazos, tampoco correrás el riesgo de que te pongan un ojo de cristal, como a mamá, hace ya un montón de años. Estaremos bien. Esto es precioso. Míralo. No dudes más. Vamos…
—Desde luego, hermana, va a ser verdad que tienes memoria de elefante. Ojalá sea como dices.
Esta es la conversación que, si los elefantes hablaran, hubieran mantenido esta pareja de hembras al entrar al Parque Natural Zoológico; podría ser cualquiera (pongamos Cabárceno), tras haber sufrido una larga vida de penalidades, maltratos y miedo bajo la crueldad de un tipo que se lucraba con el circo. Afortunadamente, aunque suene extraño, tuvieron un penoso accidente en una de las muchas carreteras de (pongamos España) que, tras dejar un grupo herido e incluso algún miembro muerto, cambió su destino hasta el final de sus vidas en una imprevista, aunque anhelada, semilibertad.
(Manoli Asenjo) derechos protegidos por Safe_Creative

Imagen Página Web Parque de la Naturaleza de Cabárceno
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El Expreso de las Nueve


Constantino llevaba dos horas en el banco, se metió la chaqueta con dificultad, refrescaba y sus huesos ya no estaban para bromas. Le gustaba mucho sentarse allí, disfrutaba de las vistas de aquellas montañas tras la estación, ya casi muerta, salvo algún mercancías de vía estrecha . Allí pasó su vida, ayudaba con las maletas a las señoras finas con sus galas y tacones; aupaba a los niños al vagón con sus mamás. Era feliz cuando veía a Nieves aparecer con el hatillo de la merienda, refunfuñaba cuando Elías el pastor cruzaba la vía con el rebaño. Pero el rubio, ay, ese era el único recuerdo que le arrancaba sonrisas a veces, otras una lagrimilla. Cómo le hacía rabiar quitándole la gorra, las partidas de tres en raya; las risas cuando le narraba a toda velocidad con su lengua de trapo las aventuras del colegio. Y cuando le imitaba chillando “Viallejos al teeeeeennnn”. Treinta años ya que marchó. Ni una carta, ni una llamada. Quizá si en el pueblo tuviesen aquellos avances de los ordenadores y los teléfonos esos que hablabas en cualquier sitio. Pero qué cosas tienes Constan, si hace poco más de cuatro años que metieron el agua en las casas. Sabía que pronto tendría que coger su último tren, no le había gustado el gesto del médico en su visita del jueves, le dolía todo el cuerpo, notaba su fuerza acabada. Oyó en la distancia el pitido del Expreso de las nueve, que le traía el viento. Se levantó despacio, con gran dificultad, tardaría en situarse en su puerta. Entonces lo vio. Un militar de porte elegante, uniformado, tendiéndole la mano. Su rubio, era su rubio que le invitaba a subir. Aunque canoso, no había perdido la expresión de pillo y bondadoso a la vez. Entre sollozos oyó: “¿Lo ves, abuelo?, te dije que sería algún día Capitán de Tren”.

(Manoli Asenjo) Derechos reservados Safe Creative

El Andén

Hace un rato que me tiene usted hartita, caballero. Desde que llegué no deja de hacerme preguntas. Si  soy de aquí, que donde voy, escrutando mis ojos... ya llevo yo gafas oscuras para no dejarle penetrar mi pupila. No insista en contarme su dedicación a los niños, a las plantas, el milagro de la fotosíntesis ni de los maravillosos amaneceres desde su balcón; nada de eso me interesa. Solo cuando esté llegando, tenga usted la bondad de apartarse. He de ser rápida y certera, no desviarme ni un centímetro,  para que mi cuerpo sea totalmente aplastado por las ruedas.

(Manoli Asenjo) Registro en Safe Creative

jueves, 12 de abril de 2018

Yo me bajo en Atocha

Foto: Sara Nieto

Que dice el señor del altavoz que debido a una avería en la red eléctrica, los trenes están sufriendo demoras en la línea que va a tu casa. Y que tal vez por eso, cada vez tus besos tardan más y cuando llegan ya no saltan chispas.
Molesten las disculpas.

Autora: Sara Nieto

DESTINO

María se sueña todos los días en la estación. Sueña que espera un tren y llega otro. Se ve caminando entre los vagones, buscando un rostro entre los viajeros. Pero ningún rostro es el rostro que está buscando. Ningún tren va en la dirección que ella quiere. Se despierta envuelta en sudores e inquietudes; se prepara un tazón de leche caliente y vuelve a acostarse para soñar de nuevo con la estación. Una noche, harta del bucle, decide cambiar el rumbo de su sueño. Cuando se duerme y ve llegar el tren sube tranquila y toma asiento junto a la ventana. Esta vez renunciará a la búsqueda; irá donde el tren la lleve.

 

Manuela Vicente Fernández ©