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miércoles, 26 de julio de 2017

Hasta mañana


Mujer en el tocador (Gustave Caillebotte)


Amada mía, te vistes con presteza mientras  te observo indolente desde la cama. Adoro contemplar cómo colocas sobre tu cuerpo menudo con minucioso esmero cada una de tus delicadas prendas, con el mismo cuidado con que me acariciabas hace unos instantes. Me encanta ver tus blancas manos deslizarse por cada uno de tus botones, cintas, adornos… Me miras sonriente desde el espejo de la alcoba mientras ordenas tus cabellos, buscando mis ojos escrutándote con fascinado embeleso. Me enloquecen tus suaves cabellos, ¡Adoro esparcirlos por la almohada! y qué grácilmente los recoges ahora con el pasador mientras me sonríes compasivamente. Yo sé que a ti también te duele. El tiempo pasó raudo. Nos hemos entregado sin reservas, has abandonado el lecho y te dispones a regresar a tu sitio en la pared. Sabemos que nos hundimos irremediablemente en esta locura, pero no tenemos el valor de decir ¡basta! Ignoramos adónde nos llevará esta pasión abrasadora pero tú y yo sabemos que ya es tarde. Mi cuerpo está truncado sin el tuyo y el tuyo me busca también como a la parte elemental que le infunde vida por una hora. Sé que un día lograré quebrantar el hechizo. Contaré nuestra historia a los cuatro vientos sin que me tomen por loco. Tú y yo seremos libres para amarnos ante el mundo sin rubor! ¿Y si acaso esa otra realidad ya existe en un mundo ajeno al nuestro? ¡Qué lindo será que tú no seas solo un triste cartel sino una mujer de carne y hueso todo el tiempo, que me ama como yo, cada minuto y no sólo una hora al día!

María José Triguero Miranda


miércoles, 15 de marzo de 2017

Remendando almas

Texto basado en la imagen n°8
Título: Mujer en el tocador.
Autor: Gustave Caillebotte.


Remendando almas.

Tía   Marga era una mujer bonhomia, no hacía  preguntas y  siempre estaba ahí para ayudar. Una vez más, me abrió  las puertas de su casa; era  como entrar en otra época donde reinaba la sobriedad y el silencio.

Llegué  sin maletas, con el corazón desgarrado  y una ristra de lágrimas cosidas a  las mejillas.

-Quédate el tiempo que necesites -me dijo en un tono maternal frustrado.

Tía Marga tenía  experiencia en recomponer  almas. Toda su vida la dedicaba al oficio de dar cobijo espiritual. Decía que no hacía falta lujos, solo  tiempo, una habitación cálida,  una buena sopa y unos baños para meditar.

Mientras los días se descolgaban del calendario de la cocina, las lágrimas se fueron descosiendo. En el exterior, la vida moderna seguía  su ritmo. Allí  dentro, era como si el tiempo se hubiese parado hace ya unas décadas. Nuestras vidas se cruzaban por la casa en un impoluto silencio, no hacía falta  hablar, con la mirada nos entendíamos.

Tia Marga conocía las fases del duelo, sabía cómo actuar, de hecho, cuando llegó el final, ella lo supo antes que yo. 
Aquella mañana, para mí una cualquiera, abrí  los ojos y allí  estaba ella, sentada a un lado de la cama esperando mi despertar:


-Buenos días, hija; ¿cómo estás?

No sé  qué fue, si el ambiente de  aquel lugar, el cariño intrínseco  o la magia de aquellas palabras, pero de pronto sentí  que  la vida volvía  a mí, que mi corazón  volvía  a latir  y que ya no dolía. 

Me levanté, me puse aquella  ropa  con historia y, frente al tocador, me miré  al espejo y decidí  que mi vida continuaba, eso sí, con una nueva melodía...


© Orgav  (Verónica Orozco García)
Todos los derechos reservados.


lunes, 13 de marzo de 2017

El encargo

Mujer en el tocador (Gustave Caillebotte)


Ya estaba hecho y, ahora que había sucedido, lo olvidaría. Como se olvida un dolor de muelas o el ardor de estómago de una mala cena. Se lavó deprisa y se vistió procurando concentrarse en el instante siguiente. Sin mirarse al espejo, para no ver indicios en su rostro de lo que sentía, se abrochó la falda y recogió el dinero. Nunca había tenido en sus manos tantos billetes y, sorprendida de la frialdad y aspereza de su tacto, no pudo resistirse  al impulso de olerlos. No olían a tinta ni a papel, sino a la soledad de aquel cuarto. A la necesidad y al dolor.

Recogió todos los restos y la ropa sucia en un hatillo para enterrarlo en el huerto de la parte de atrás de la casa. No quería llevarse con ella el olor de aquellas cuarenta y ocho horas de trabajo y sufrimiento. Salió despacio, tras comprobar que la respiración de la joven era serena. Lástima que al despertarse no pudiese contemplar, ni por un breve momento, el bello fruto de sus entrañas; el mismo que a otra madre, sin sangre ni dolor, se le daría.


                                                                                   © Manoli VF