lunes, 17 de octubre de 2022

Beatriz Díaz: 'Escribir me mantiene loca en un mundo de cuerdos'


Beatriz Díaz


En la semana en la que conmemoramos el día de las escritoras, recibimos en el blog a Beatriz Díaz, microrrelatista, que nos cuenta como fueron sus comienzos en el campo de la literatura y la minificción.

1.      Cuéntanos cómo fueron tus inicios en las lecturas y la escritura, Beatriz, ¿a qué edad comenzaste a escribir?

Recuerdo una librería que en realidad era una casa con todas sus estancias repletas de libros. Los había nuevos, pero también de segunda mano. Recuerdo el señor que la regentaba. Alto, mayor, con una tupida barba y siempre sus gafas puestas o colgadas del cuello con una cinta, esto último ya no lo visualizo tan nítido. Es curioso cómo la cabeza, en su papel más fundamental de cofre de los recuerdos, te hace dudar de algunos detalles, pero te muestra con total y absoluta nitidez otros de un pasado que se te antoja ajeno. En cambio, recuerdo perfectamente el olor de aquel lugar. Allí compré “Cuentos por teléfono” de Gianni Rodari, libro que instalé en mi mesita de noche junto al tapete de ganchillo que me hizo mi abuela, la botella de cristal para el agua y una pequeña lámpara. Desde aquel día, cada noche leía un rato y a “Cuentos por teléfono” se le sumaron otros libros que, aunque los hubiera acabado, apilaba en mi mesita. Después de leer, avisaba a mi madre para que viniera a darme el beso de buenas noches y le pedía que me arropara, aunque ya usara sujetador.

¿Y la escritura? La primera forma de escritura para una cría, más allá de los deberes, es un diario. Aunque esto no sea muy original. Luego ya vinieron los poemas de amor de adolescente, seguimos con la falta de originalidad, o la correspondencia con mis primos del pueblo y los relatos e ideas que guardaba en un cajón. Hasta que entendí que escribir me liberaba. Ya fuera un cuento o una queja por una multa de tráfico.

Siempre que surgía la oportunidad de escribir yo me apuntaba, como para la publicación interna de la empresa en la que trabajaba de muy joven. El primer día me tocó escribir la editorial, en realidad iba a ser rotatorio entre todos los que colaborábamos, pero le di un cierto aire de ficción y cuento que gustó. Así que me adjudicaron la sección. Al poco de esto fue cuando sucedieron los atentados del 11M en Madrid. Yo viajaba en tren a Barcelona cada día. Por aquel entonces las noticias no corrían tanto y no fue hasta llegar a mi puesto de trabajo que me enteré de lo que había sucedido. Escribí una editorial que la propia empresa consideró que debía ser el texto oficial de condena de los atentados. En ese instante sentí que escribir era algo que se me daba bien.

Pero luego vino la vida y tuve hijos. Aparqué los cuentos y mi mesita de noche fue invadida por otros elementos. Cuando los niños eran pequeños íbamos mucho a la biblioteca. Un día vi un cartel de un taller de microrrelatos, yo no había oído hablar del género, era el año 2016. Pero el taller se impartía en dos tardes en horario en el que yo debía estar con los niños y mi marido trabajaba. Olvidé el tema. Dos días más tarde fue mi marido el que, estando en la biblioteca, vio el mismo cartel, le hizo una foto y me la envió. Se ocupó de los niños y asistí al taller.

Y desde entonces no he dejado de escribir, quitándome de encima la vergüenza o pudor que me suponía que otros leyeran mis textos y que estos pudieran ser juzgados.

2.       Cómo surge tu proceso creativo, de qué partes para empezar a escribir.

La inspiración es caprichosa, juega conmigo al despiste y acostumbra a pillarme con las manos en la masa haciendo croquetas. Soy madre, trabajo y tengo esas obligaciones satélites que vienen incorporadas a la propia existencia y otras muchas que me busco. Al principio, cuando el taller del año 2016, sí que era más abierta a la inspiración que el entorno me ofrecía. Recuerdo un viaje por una carretera de curvas en Tarragona, una escapada de fin de semana, vi un cartel que indicaba donde estaba la “deixalleria” (vertedero) y el cementerio. Y en ese momento cogí el móvil y me puse a escribir un relato en catalán que me salió del tirón: “La bifurcació”. Envié el relato prácticamente sin retoques y salió finalista de ese mes en el Microconcurso de la Microbiblioteca.

Al principio era así, algo sucedía que me activaba la chispa y me hacía escribir lo que en ese momento sentía. Una vez fue la experiencia de una tarde de compras con niños en el Mercado, con uno que te pide ir al lavabo mientras esperas turno en la pescadería y dejas al otro al cargo de los dependientes y a este, a su vez, del carro y los dos patinetes. Al llegar a casa hice la cena, se la puse a los niños y me senté a escribir en la silla de la cocina. Colgué en las redes sociales esta crónica de una madre como otra cualquiera y una amiga reseñó mi publicación al Mercado. A estos les gustó tanto que contactaron conmigo y me regalaron dos vales de 5 euros cada uno para comprar. Era la primera vez que “ganaba” algo por escribir. Fue curiosa la sensación. Creo que cuando algo me remueve por dentro hace que escriba mejor, cuando lo hago sin tapujos ni autocensuras. El día que murió mi profesor de matemáticas de la escuela, lloré como si fuera la muerte de un padre y escribí. También lo publiqué en las redes, junto con mensajes de otros exalumnos. En el funeral, su mujer, me dio las gracias por mis palabras y en la ceremonia las leyeron literalmente. Sentir que algo que yo escribo pueda llegar y, como acostumbro a decir, despeinar a alguien (emocionar, reír, enfadar, llorar…), me hace sentir una persona afortunada.

Después conocí la existencia de otros concursos como Esta Noche Te Cuento o Zenda y Relatos en Cadena con su versión estival de Relatos con Banda Sonora, y entonces la inspiración vino a golpe de imagen, tema, frase de inicio o canción. Era mi manera de no dejar de escribir, de obligarme a sentarme frente al portátil y dejar que las ideas fluyeran. Y ahí es cuando se hace más difícil, porque te exiges a ti misma una inspiración que sabes de sobras que tiene voluntad propia y no se ciñe a horarios ni normas.

 

3.       Qué dirías que aporta a tu vida la escritura.

Una vez sucedió algo maravilloso, se creó como una especie de comunidad o ritual.

En un concurso al que me presenté era requisito tener un blog propio. Así que creé uno: 'Las rubias con descapotable también saben hacer croquetas' 

http://rubiasycroquetas.blogspot.com

 En el blog empecé con la idea de dos mujeres que hablaban de sus vidas, una morena y otra rubia, por supuesto, con descapotable. Una de esas entradas del blog fue “Reto rojo carmesí”. El efecto de su lectura en mis amistades fue increíble: empezaron a enviarme fotos de sus uñas pintadas. Fue como una especie de reivindicación colectiva.  

Pero luego llegó la pandemia y la “sequía” del blog en sus historias de la rubia y la morena. Sí que he ido publicando algún que otro relato, aunque no están todos.  

El efecto “Reto rojo carmesí” es algo parecido también a las “Crónicas francinas”. A raíz del concurso Relatos en Cadena y su esperada llamada de los lunes, ese día por la tarde/noche, cuando era evidente que no me habían llamado, escribía también la crónica de cómo había sido mi día mientras esperaba que el móvil sonara y no fuera una aseguradora o compañía de teléfonos. Nuevamente causó un efecto en quien lo leía que me sorprendía gratamente. Cuando escribía las crónicas lo hacía sin darle demasiadas vueltas a las palabras, sinónimos o signos de puntuación.

Ahora ya no las escribo, concurso poco e investigo otras maneras de narrar historias, podríamos decir que el proceso de escritura actual es más para adentro y menos de cara al exterior. Aunque tengo en mente darle más contenido al blog. Me hace sentir feliz cuando me cruzo con alguien por la calle y mientras charlamos y nos preguntamos qué tal nos va la vida, me dice, además, que le encantó el relato de la sueca o el huracán. Me vienen ideas a la cabeza y creo que quedan retenidas en algún lugar, que desconozco aún, hasta que puedan ser llamadas de vuelta. Me encanta mi vida, pero me gustaría tener dos, otra más. En la otra viviría en un ático, probablemente en Madrid, y me encerraría con una vieja Olivetti. Mientras tanto, me gusta jugar a imaginar ser quien yo quiera cuando me enfrento a una hoja en blanco y el cursor parpadeante. Eso es la felicidad y puedo contarla en y con palabras. Y en mi mesita de noche sigo apilando libros y en mi cajón, sueños.

 

LA ETERNA VIUDA

Ella nunca había sido de mostrar sus sentimientos, y menos en público, pero en el entierro de su marido le dio por llorar y ya no pudo parar. Era tal la mezcla de intensidad y elegancia que fue felicitada por los familiares, amigos, conocidos o simplemente curiosos que habían asistido. Su fama llegó a cada uno de los pueblos de la demarcación, lloviéndole los contratos para que fuera la viuda de todo funeral que se preciara. Pero un día se enamoró de nuevo, volviendo a sonreír. Ya no lloraba con la misma emoción de sus inicios y decidió dejarlo. Sin embargo, los alcaldes de los pueblos afectados se reunieron de urgencia; la situación era de extrema gravedad y debían encontrar una solución. Por unanimidad acordaron que, tras la inminente boda, un fatal accidente la sumiría, de nuevo, en la mayor de las tristezas.

 

EL CABALLERO DESCONOCIDO

Ahí, tras la pantalla, es imposible que percibáis el frío que cala los huesos en estos verdes y frondosos bosques. O el olor nauseabundo de un grupo de hombres malviviendo en comuna. Sin agua, sin comida. Que ya no sé qué es peor. Tener que vigilar dónde pones el pie, llena como está la tierra de defecaciones, o dormir junto a torres inmensas de huesos y carne que no sólo roncan, sino que también han de compensar en las noches la ausencia de hembras. Me ven como a un líder porque mantengo las distancias. Me aíslo en un rincón tallando figuras de madera, cuando por dentro soy yo el que se carcome. Soy un héroe, robo y reparto. El valiente que no teme a los soldados. No, no los temo. Pero ahí, sentados en vuestras butacas, todo os parece fácil. Sabéis que esto acabará bien. Pero no es así, porque yo con quien quiero casarme no es con la bella Marian, sino con él.

 

EXPERIENCIA BONNIE & CLYDE

Salimos del banco disparando al aire. Cuando llegamos a nuestro escondite esparcimos los billetes por todas partes; la adrenalina del atraco excita nuestros cuerpos y lo hacemos allí mismo, sin importarte que aquello no sea muy higiénico. Cuando acabamos, te levantas y caminas totalmente desnuda y desinhibida hacia el baño. Yo te observo embelesado, pero en la parte inferior derecha de mis gafas aparece el símbolo de batería baja. Una vez volvemos a nuestra realidad, coges el bote de lejía y lo limpias todo. Por si acaso, me dices, mientras te abrigas con tu vieja bata de estar por casa.

 

HURACÁN

El viento del norte trajo al sonrosado y rollizo bebé de los Smith, perfecto para ser el hijo de un granjero. Fue el viento del sur el que, sin embargo, dejó en casa del Sr. Grant, el notario, a la delicada niña de piel blanca como la leche y ojos azules. El día de la llegada de nuestros gemelos hubo viento del este y del oeste; desde entonces no se ha producido de nuevo tal casualidad, y los otros niños que fueron llegando lo hicieron de uno en uno. El pueblo se llenó de vida. Construimos una escuela, columpios para las zonas ajardinadas, y pronto nos acostumbramos a las risas y los juegos. También a los gritos y las peleas, y a los dulces besos y abrazos para los que nadie nos había preparado. Los años transcurrieron en un suspiro y, cuando quisimos darnos cuenta, los niños habían crecido dejando atrás canicas y coletas. Un día salieron a la calle, ya no iban de nuestra mano, y dejamos que el huracán los alejara de nuestro lado. Las casas resistieron con nosotros dentro. Y cuando la brisa anuncia su visita, nos asomamos para verlos llegar. A su lado caminan otros hijos del viento que, cuando se echan a nuestros brazos, nos llaman abuelos.

 

ESTUDIANTE DE INTERCAMBIO

En el momento en el que nuestra hija nos anunció que esta noche iba a venir a cenar con su novio sueco y los padres de él, ya sentí pereza. No me acostumbro a ver que se ha convertido en una adulta. Han llegado puntuales y les hemos ofrecido tomar una copa en el salón antes de la cena. Les observo mientras hablan y beben. Él, el padre, debe rondar los cincuenta, tiene un acento extraño y me cuesta entender su inglés; en cambio ella estuvo en nuestro país cuando era joven y sabe nuestro idioma. Mi mujer parece encantada con la idea de unos consuegros suecos, incluso explica un chiste sin gracia de Ikea. Será por los nervios. Nuestra hija también está inquieta, ambos lo están, parecen muy enamorados. Y ahora me planteo cómo explicarles que lo suyo no va a poder ser. Dicen que las hijas suelen buscar a un chico que le recuerde al padre. Debo reconocer que existe bastante parecido si lo comparamos con una fotografía mía con su edad. Qué poco queda de aquel chaval. Pero ella, su madre, la sueca, aún conserva el encanto de entonces; aunque se haga la disimulada riéndose del chiste de Ikea.

 

PUNTO DE PARTIDA

Remuevo nerviosa el café, sentada en la mesa junto al gran ventanal. He traído, como me pediste, la caja donde guardábamos nuestros recuerdos. Miro impaciente la puerta de acceso, hasta que te veo entrar. Aparto rápidamente la mirada, aunque puedo apreciar cómo has cambiado. Pareces un anciano respetable. Vienes directo. Antes de tomar asiento te indico que cometes un error. Señalas decepcionado la caja. La ha olvidado una señora que parecía tener prisa, contesto. Me despido amablemente y te doy la espalda. Para cuando te des cuenta de que te llamé por tu nombre, yo ya estaré lejos.

 

LA BIFURCACIÓ

De tota la vida la deixalleria era acabant el poble a la dreta, i el cementiri, a l’esquerra. Aquell matí però, els veïns de Fossar de Dalt que van voler acomiadar al vell i conegut Tomàs, van haver d’agafar el camí de la dreta, tot fent pujada, segons el nou avís. Amb la pena ningú s’ho va qüestionar, la vídua amb els ulls plorosos no podia més que seguir els passos dels seus veïns, tot recordant i enyorant al vell Tomàs. De tornada, i fent baixada, les llàgrimes s’assecaven i acomiadar-se d’en Tomàs no es feia tan pesat. Varen començar les preguntes, qui hauria decidit aquell canvi? Estaria còmode en Tomàs dins d’aquella banyera rovellada tota l’eternitat? Arribats a la bifurcació es van creuar amb en Joanot, ben carregat amb la seva vella i trencada bicicleta, tot agafant el camí de l’esquerra sense aixecar la vista del terra per veure el nou avís. Ningú però va gosar en preguntar-li res. En part perquè en Joanot era el fill del nou alcalde i perquè aquella bicicleta ben mereixia un bon descans, les vistes i el sol de tarda del cementiri, perdó, de la nova deixalleria, no tenen preu. La seva pena però trigaria més en marxar, la nova deixalleria de tornada fa pujada.

 

Biografía:

Beatriz Díaz Rodríguez (Mataró, 18 de marzo de 1977)

Estudié la licenciatura de Administración y Dirección de Empresas en una época en la que todas debíamos ser economistas o abogadas, pero yo lo que quería era haber estudiado Comunicación Audiovisual. Sin embargo, siempre he buscado acercarme a la creatividad y la escritura y nos hemos convertido en compañeras de piso.

Mis relatos han sido seleccionados en el Microconcurso de la Microbiblioteca o en Esta Noche Te Cuento, apareciendo publicados en sus recopilatorios, también en Zenda y Relatos con Banda Sonora. Se han publicado textos míos en el libro “Los locos del microrrelato” e intento mantener un blog con vida a pesar de la propia existencia.

Me pongo muy seria cuando pronuncio mi nombre del tirón, apellidos incluidos, porque me parece dificilísimo. Y me gusta recordar que nací en Mataró, aunque ya no viva allí ni vea el mar, pero también que mis raíces son sevillanas y que adoro los molletes de Marchena.

Hacer croquetas puede llegar a ser un arte y escribir me mantiene loca en un mundo de cuerdos.


Más sobre la autora en:

http://rubiasycroquetas.blogspot.com

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