martes, 7 de marzo de 2017

El último verano


  
Cuadro: Paseo a orillas del mar de Joaquín Sorolla


Carmen se vestía ante el enorme espejo heredado de su tía-abuela Asunción. Justo a su lado, de un baúl con la tapa abierta, la joven iba sacando toda clase de prendas: enaguas, cintas de todos los colores, faldas largas con algún volante; maravillosas blusas de encajes, sombreros de invierno y pamelas de verano. Se agachaba rebuscando dentro, hasta encontrar algo que le combinara con las ropas que se iba probando. " Me hubiese gustado vivir en aquellos años "-decía- mientras miraba su imagen reflejada en el espejo. 

Encima de la cama esperaba otro vestido; su amiga Leonor estaba a punto de llegar. Se la imaginó vestida de blanco y con la bonita pamela que había reservado para ella.
Terminó de arreglarse y le gustó lo que veía. Una preciosa damita de antaño, rubia y delicada, igual que la del cuadro que presidía el salón. Su antepasada.
Impaciente, se asomó a la terraza a contemplar el mar. La tarde estaba soleada y el mar azul y en calma. De vez en cuándo, el suave murmullo de sus olas plácidas desparramaban su blanca espuma en la rubia arena.

Vio llegar a Leonor y salió corriendo a recibirla. Al principio, su amiga no la reconoció hasta que no estuvo a su altura; Carmen reía dando vueltas a su alrededor con la sombrilla y ella la miraba y reía a medida que le preguntaba de dónde había sacado aquella ropa tan bonita. La cogió de la mano y tiró de ella para que corriera. Subieron los escalones del porche hasta la habitación, mientras le decía que le tenía preparada una sorpresa.

El verano se presenta prometedor. El último que pasarían en aquel  encantador lugar.

La casa de la playa desaparecería porque iban a construir un balneario, por eso prometieron vivirlo como lo hicieron de niñas: corriendo, recogiendo caracolas, bañándose... Y pasear en las tardes con el aire fresco rozándoles el rostro, deshaciendo cintas y levantando faldas.
                               
                                                                                      
                                                                                        © María Manrique Fabelo