Nunca había estado en París. A mis dieciséis años ni siquiera había salido
de casa. Aquél era el último curso, culminaba un ciclo. Se imponía el
viaje, calmaría a mis padres,
súbitamente preocupados por mi supuesta sobreprotección. Sucumbí a
la parafernalia de preparativos que enardecía a mis compañeros. Debía enfrentarme al mundo, perder el miedo,
aquél sería mi "viaje iniciático". Decidí desinhibirme y sortear las
miradas escrutadoras de quienes observaban nuestras carcajadas recorriendo los
Campos Elíseos o esperando ante la Torre Eiffel, miradas que yo presentía,
intuía, percibía, en los silencios y
sombras en torno a mí. No
intentaré explicar las excelencias que la Ciudad Luz nos reservaba, aunque
fuéramos una pandilla de adolescentes ciegos.

Siguió después un baile de lenguas, alientos y paladares: saliva fusionada
con chocolate, avellana, nata y caramelo: "adivine este nuevo sabor, es
especial y exótico". Ahora confundo
ilusión y realidad, se me hace la boca agua al recordar aquel juego
fantástico que me descubrió el deleite de los besos adolescentes en la mágica
tarde de un café de París.
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